Entrevista

Cristina Monge: “Hay que enseñar a la gente a leer periódicos”

Ha estado en la capital grancanaria estos días participando en la presentación de un estudio realizado por el Consejo Social de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) y la Asociación Democracia Canarias XXI. Lo que a Cristina Monge le ha permitido aplicar su doble condición de socióloga y politóloga y conocer particularidades de aquí, por ejemplo que la universidad pública grancanaria es más feminizada respecto a la media. Y fijarse en una faceta que le sacudió durante la presentación, cuando un veterano educador universitario planteó la ausencia de referentes en la docencia. 

¿Qué destacarías de este informe sobre la juventud estudiante de Gran Canaria?

Este estudio ahonda en la línea de otros que conocemos acerca de cómo están viviendo los y las jóvenes los principales desafíos del momento, pero lo hace incorporando las peculiaridades propias de Gran Canaria. Vemos cómo la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria es una universidad más feminizada de lo que suele ser la media habitual, hay más mujeres que están estudiando, tenemos más estudiantes mujeres que hombres. Y el estudio de alguna forma también incorpora lo que son los desafíos de lo local, cómo están viviendo aquí los jóvenes, todo lo que suponen los movimientos migratorios. Ahí encontramos diferencias con cifras que nos dan las universidades de otras partes del país.

Pero lo que hace es profundizar en los temas fundamentales que están definiendo el momento político actual y hacerlo intentando comprender cuál es la visión de los estudiantes de la universidad de ellos y de ellas. Y digo de ellos y de ellas porque es bastante diferente. Vemos que empieza a haber ya una clarísima distinción en todos los sitios sobre cómo viven los asuntos fundamentales las jóvenes y los jóvenes.

Y los alumnos, ¿más reacios a los cambios que propone el feminismo?

Estamos viendo que ellas generalmente suelen mantener actitudes bastante más abiertas a los nuevos temas, bastante más progresistas en muchas cuestiones y tienen muy claro que los avances del feminismo son irrenunciables. Sin embargo, estamos encontrando a muchos hombres, a muchos estudiantes en masculino, que empiezan a sentirse incómodos con algunos de los avances sociales que se han dado, sobre todo el feminista, y reaccionan a veces de una forma muy a la defensiva o incluso directamente contrario a esos avances.

Hay que decir que no son todos los estudiantes, todos los varones estudiantes, ni muchísimo menos. De hecho el gran grueso de ellos adoptan posiciones positivas y acogen con satisfacción los avances feministas, la preocupación por el cambio climático, una gestión solidaria del fenómeno migratorio. Pero es cierto que hay un porcentaje, en torno al 20-25% aproximadamente, que está mostrando actitudes de rechazo hacia esos valores sociales. Y creo que tenemos que preguntarnos el motivo. ¿Por qué está pasando eso?

¿Por qué existen esos rechazos? Y cuando preguntamos por esos motivos nos encontramos generalmente varios factores. 

¿Cuáles?

El primero es la pérdida de poder. Creo que es de sentido común. Ellos sienten que pueden perder poder en beneficio de ellas y por lo tanto reaccionan. Pero hay más cosas, eso no es todo. Hay también un auténtico despiste, si me permites la expresión, acerca de qué rol tengo que tener yo ahora como varón, como hombre, para adaptarme a esta nueva situación que ha creado el avance del feminismo. ¿Qué se espera de mí? ¿Cuál tiene que ser mi papel? Y en ese sentido vemos que hay inquietud, inseguridad, mucha inseguridad, incertidumbre y cierta zozobra. Hay problemas, por ejemplo, a la hora de que este sector de los jóvenes se relacione con ellas. Hay problemas de relación en el sentido de que estos chicos están alguna forma faltos de referentes de cuál es ese nuevo rol masculino que tiene que desarrollarse en un entorno feminista.

¿Existe un momento en el que esto se jodió, en el que los avances sociales y de derechos de la gente se frenaron en seco para darse la vuelta y correr en sentido contrario?

Son fenómenos complejos que interactúan todos. Yo creo que no se puede establecer una relación de qué fue antes, el huevo o la gallina, pero sí que hay una relación entre todos ellos de una forma muy compleja. Estamos viviendo en un momento de enormes transformaciones sociales, todas ellas con un ingente potencial disruptivo.

De forma simultánea estamos viviendo un cambio climático que lo cambia todo y que no solamente lo dice la ciencia ya de forma casi unánime, es que lo estamos viviendo en primera persona. Solamente en España y solamente en este año, los incendios que asolaron Castilla y León, Galicia, la dana horrible de Valencia… Estos días hemos tenido hasta 11.000 personas evacuadas en Andalucía y Extremadura por las inundaciones. Por lo tanto, estamos en primer lugar siendo conscientes ya de ese cambio.

En segundo lugar, una revolución tecnológica que nos obliga a vivir en un espacio distinto al que habíamos vivido hasta ahora. Un espacio que, por cierto, no es público. A veces hablamos de la red como el nuevo espacio público. No, no, es un espacio absolutamente privado, sujeto a las reglas, a las leyes de las empresas que lo están gestionando y con enormes desafíos. Por ahí se está colando todo lo que tiene que ver con la desinformación.

Desinformación que se manifiesta en asuntos muy concretos…

Por ejemplo, vivimos un momento en el que vemos cómo crecen los flujos migratorios en todo el mundo y eso supone desafíos de gestión para las sociedades. Desafíos de gestión que hay que hacer bien, pero porque si se hace mal se puede convertir en un problema y en ningún momento tiene que ser un problema.

Todos estos cambios están ocurriendo en el peor momento de confianza en las democracias. Todos estos cambios y enormes desafíos están teniendo lugar en un momento en el que el elemento esencial de las democracias se está viniendo abajo. ¿Cuál es ese elemento esencial? La confianza. Cada vez tenemos más cifras y este estudio, por cierto, lo refleja también muy bien, de que no confiamos, apenas confiamos ni en las instituciones, los gobiernos, los ayuntamientos, las cámaras legislativas, ni en los agentes de intermediación, partidos políticos, medios de comunicación, organizaciones de la sociedad civil, ni siquiera nosotros mismos como sociedad. 

En primer lugar porque cada uno de esos actores ha ido dando motivos para que se deje de confiar en ellos. La percepción, que en este estudio se ve muy bien, de que los políticos se dedican a sus cosas, las cosas de los políticos y no se dedican a nuestras cosas, que gobiernan de manera ajena a la sociedad. Todo esto empezamos a verlo a raíz de la crisis de 2008, que dio lugar al movimiento del 15M en 2011. Y curiosamente, muchos de los elementos que aparecen hoy, cuando estudiamos la falta de confianza, cuando estudiamos la desafección, son elementos que estaban ya hace 15 años, estaban ya en 2011 en las plazas y en las calles, que llenó el 15M de indignación. Y sin embargo, esos movimientos, esos malestares, esos descontentos siguen allí. No se ha sido capaz de dar una respuesta satisfactoria para el conjunto de la población y eso ha generado falta de confianza que ya existía, pero que se está agrandando y una enorme desafección.

Nos hemos cargado la idea de futuro. El futuro es un sitio apocalíptico al que nadie quiere ir y no hemos sido capaces de generar una imagen de futuro al que queramos ir

¿Es un problema de referentes, de referentes de confianza?

Cuando tú te enfrentas a estos problemas, a estos retos de futuro tan tremendos, el cambio climático, la revolución digital, los movimientos migratorios, todo este tipo de fenómenos tan, tan, tan, tan globales, tan grandes, y no tienes a quien mirar en el que confíes, ni a un gobierno, ni a un parlamento autonómico, ni a un sindicato, ni a un medio de comunicación, ni a nadie de referencia, lo que se está generando es mayor desconfianza, mayor individualismo y una especie de retraimiento de cada uno consigo mismo. Por eso, cuando miramos al futuro y nos da miedo, hay una reacción humana que es mirar al pasado.

Y en este contexto hay líderes, hombres fuertes llamamos, también hay alguna mujer, pero son hombres fuertes que lo que te están planteando cuando, por ejemplo, ven a estos jóvenes inseguros, inciertos, con falta de referentes, lo que te están planteando es: “Chaval, tú no te preocupes, familia tradicional, vuelve a lo que allí había, donde tú sabías cuál era tu rol, tú tienes todo el poder intacto y tú no tienes que hacer más que reproducir los roles tradicionales que venían siendo”.

De alguna forma, este tipo de discursos están dando a un sector de la población, el que los acepta, una falsa, pero una sensación de seguridad. Devuelve a un estado en el que ya estabas, donde ya sabes cómo son las cosas y por lo tanto estás seguro frente a un futuro incierto y muchas veces distópico, porque estamos generando la imagen del futuro desde la distopía. Para mí eso es uno de los principales problemas a día de hoy.

Y este estudio también lo refleja muy bien, nos hemos cargado la idea de futuro. El futuro es un sitio apocalíptico al que nadie quiere ir y no hemos sido capaces de generar como sociedades con toda la pluralidad ideológica, más a la izquierda, más a la derecha, pero como sociedades democráticas no estamos siendo capaces de generar una imagen de futuro al que queramos ir. Esto que ahora llamamos de los futuros deseables. Las democracias necesitan esperanza y necesitan tener un futuro, si no, volvemos hacia atrás.

Va a ser muy relevante ver qué pasa en noviembre en Estados Unidos con las Mitter, porque si Trump perdiera esas elecciones, aunque siga siendo presidente de Estados Unidos, probablemente este movimiento se iba a ver ya más cuestionado, pero de momento no es así

Y en ese caldo de cultivo crecen partidos políticos como Vox, que en Aragón acaba de obtener unos resultados inquietantes.

A ver, no solamente Vox está creciendo, está creciendo la ultraderecha. Hablabas de las elecciones en Aragón de este último fin de semana. Yo soy aragonesa. Efectivamente, Vox tuvo unos magníficos resultados, pero alguien como Alvise se acabó la fiesta, se quedó a 1.200 votos de tener representación en el parlamento aragonés, 0,08 puntos, o sea prácticamente nada, rozando el alero. 

Este tipo de partidos, ¿qué están recogiendo? ¿Qué tipo de votantes están recogiendo?

Votantes muy enfadados, votantes cabreados con el gobierno, con el sistema, votantes indignados y votantes muy beligerantes.Por eso cada vez que el Partido Popular exacerba las espirales de odio y de vigilancia política lo que está haciendo es poner una alfombra roja para que sus votantes vayan a votar a Vox.

Cuando ahora plantean que entren a gestionar, que entren a gobernar, primero dudo mucho que Vox quiera entrar a gobernar porque ya estuvo en los gobiernos y salió. Y salió no por capricho, salió porque se dio cuenta de que, en la medida en que entraba a gobernar y por lo tanto a gestionar, tenía que pactar con alguien, dejarse pelos en la gatera, asumir contradicciones, equivocarse como nos equivocamos todos y perdía esa imagen de pureza antisistema que tan buenos resultados le está dando.

Por lo tanto, dudo mucho que a Vox le interese y también dudo mucho que le interese el Partido Popular porque cuando han gobernado conjuntamente han tenido muchos problemas también entre ellos, con lo cual yo no sé si es muy buena idea.

Ahora bien, está por ver que a día de hoy la ultraderech,a por entrar puntualmente en uno o en dos gobiernos, está por ver todavía que le pase factura. Porque estamos hablando de una ola global, estamos hablando de un movimiento que viene de Estados Unidos, de otros países europeos, yo no diría imparable, pero diría que está en un momento álgido, está en un momento de ascenso. Caerá, caerá también como todo este tipo de movimientos de un lado y de otro, pero en estos momentos están en una fase de su vida.

Por ejemplo, va a ser muy relevante ver qué pasa en noviembre en Estados Unidos con las Mitter, porque si Trump perdiera esas elecciones, aunque siga siendo presidente de Estados Unidos, probablemente este movimiento se va a ver ya más cuestionado, pero de momento no es así.

Ante este crecimiento de la extrema derecha, hay quienes opinan que debe dejársele gobernar –cediéndole las cuotas de poder que pide— y quienes insisten en el cordón sanitario.

Yo creo que desde un punto de vista teórico son una propuesta no solamente legítima, por supuesto, sino también interesante. Pero desde el punto de vista práctico está demostrado que no funcionan. Cada vez que se aplica un cordón sanitario y se deja a esas fuerzas de la ultraderecha fuera de acuerdos, fuera de gobierno, de una forma tajante, todos contra ellos, la siguiente vez que se ponen las urnas obtienen más resultados. ¿Por qué? Porque se les refuerza en esa imagen y en ese aspecto de estar outside, de estar fuera del sistema, de ser diferente. Si tú haces toda una cámara contra ellos y les dejas solamente a ellos fuera, les estás reforzando en esa imagen y en esa idea.Siempre que se han aplicado cordones sanitarios lo que ha pasado ha sido eso.

Tenemos un ejemplo más claro de Francia, no por cordón sanitario formal, sino porque al ser un sistema mayoritario de doble vuelta acaba operando esa especie de cordón sanitario.

Y estamos viendo cómo la fuerza de la ultraderecha, además ya varias, no ha dejado de crecer en todos estos años.

Entonces, ¿por dónde hay que buscar las soluciones?

Yo creo que las soluciones para parar a la ultraderecha no pueden venir por los cordones sanitarios. Quizá no sepamos lo que hay que hacer, pero sí que sabemos lo que no hay que hacer. Y no hay que hacer varias cosas. Primero, comparar su discurso. En ocasiones a la ultraderecha ni siquiera le hace falta gobernar porque las derechas europeas no ultras le están comprando su discurso. Y le están comprando su discurso cuando cuestionan el Pacto Verde, que por cierto fue aprobado y liderado por Úrsula von der Leyen, presidenta conservadora, y ahora ese mismo partido lo cuestiona como consecuencia de la influencia de la ultraderecha. Se compra su discurso cuando se asume un discurso migratorio ligado a la criminalidad. Ligado a lo peor, a todo lo que suponen crímenes, problemas, etcétera. Se asumen los postulados de la ultraderecha cuando se cuestiona la política y cuando se hace gala de una antipolítica.

Y estamos viendo aquí en España, pero en toda Europa, cómo las derechas no ultras en muchas ocasiones están asumiendo esos postulados. Entonces eso no funciona para parar la ultraderecha.

Y segundo elemento, no subir permanentemente la beligerancia, el insulto, la crispación política contra el otro. Eso sabemos que tampoco funciona. Porque insisto mucho en esta idea, lo que tienen en común los votantes del PP que deciden optar por la papeleta de Vox es que son los votantes más enfadados con el sistema, más cabreados contra el gobierno y por lo tanto, esa beligerancia al final, ¿quién la capitaliza? Pues lógicamente Vox, que es el partido del cabreo.

La desinformación es uno de los factores determinantes para que esto esté ocurriendo. El cabreo, más la desinformación…

Hay líneas de pensamiento y teorías que culpan directamente a todo lo que tiene que ver con Internet y las redes sociales, y yo no descarto que eso tenga una responsabilidad en todos los fenómenos de la desinformación. Pero lo que tengo muy claro es que si siguiéramos confiando en los medios de comunicación y en los periodistas, no nos creeríamos cosas que nos llegan por firmas sin acreditar a nuestro WhatsApp o a las redes sociales. Si nos creemos ese tipo de mensajes de personas que no sabemos si tienen un código deontológico, de medios de comunicación que vemos que nos mienten… Si nos lo creemos es porque hemos dejado de confiar en aquellos a los que democráticamente les habíamos encomendado la tarea de articular la conversación pública, que son, sois, los periodistas y los medios de comunicación.

Si volvemos a recuperar la confianza en los medios y la confianza en los periodistas, la desinformación yo creo que bajará rápidamente, aunque sigan existiendo redes sociales, porque nos creeremos aquellas personas o aquellos medios que efectivamente se hayan ganado nuestra credibilidad.

¿Y el concurso de la educación? ¿Crees necesario educar en información?

Hay que enseñar a la gente a leer periódicos, a consumir información en general, a distinguir la información de calidad de la que no lo es. De la misma manera que hay que enseñar a la gente, tenemos que enseñar cómo funcionan las democracias, dónde están las legitimidades, quién toma las decisiones, en clave a qué presupuestos. 

En esta encuesta se ve muy bien que uno de los principales motivos por los que los jóvenes dicen que no confían en el sistema democrático es porque no entendemos cómo funciona. No sabemos cómo son las cosas. 

¿Qué es esto de que yo voto a uno pero luego gobierna a otro? ¿Cómo van esas mayorías?

¿Cómo van esos acuerdos? ¿Qué conchaveo es este? No, no es ningún conchaveo. En los sistemas parlamentarios nosotros elegimos a los representantes parlamentarios y luego ellos eligen quién tiene que presidir la cámara. Bueno, pues ese tipo de cuestiones, de entender cuáles son los fundamentos de las sociedades y de los sistemas políticos democráticos, tenemos que enseñarlos efectivamente en los coles, en los institutos y las facultades.

Y en esa clave también enseñar cuál es la función de los medios de comunicación y las democracias que consideramos es algo que no está en la conversación pública. Los periodistas sois agentes de democracia. Y un medio de comunicación, me da igual que sea público o privado, que sea una empresa, es un agente de democracia. Los profesionales tienen que ser conscientes del papel que juegan. Y la sociedad también tenemos que ser conscientes de su relevancia.

Hay una cosa que hago mucho en clase. Cuando mis estudiantes de repente empiezan a criticar a los medios de comunicación habituales, son todos unos vendidos, se venden a los que ponen la publicidad… A lo mejor es así. Por cierto, ¿cuántos de vosotros estáis suscritos a algún medio que merezca vuestra confianza? ¿Cuántos euros invertís cada mes en suscribiros a algún medio que os interese? Ninguno. Bueno, pues también la sociedad tenemos que corresponsabilizarnos de eso.

Y si queremos información de calidad, tendremos que asumir que efectivamente tiene un coste. Y luego podemos discutir cómo se paga y quién paga más y quién paga menos, y la financiación pública. Podemos discutir todo eso, pero partiendo de la base de que necesitamos como sociedades democráticas, información de calidad.