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Nunca digas de este agua no beberé ni este cura no es mi padre

A Rajoy le salpica el atasco monumental de la AP6. (CA).

Mira que lo tengo dicho: nunca digas de este agua no beberé ni este cura no es mi padre porque luego pasa lo que pasa; o sea, lo que acaba de pasarle a Rajoy, sepultado como está por los videos que le han sacado rajando de Magdalena Álvarez, ministra de Fomento con Zapatero. A Álvarez, recuerden, le tocó la nevada que en 2009 cerró Barajas y el PP arremetió contra ella con su lamentable estilo político, el que ya mostró Rajoy tras su inesperada derrota en las generales de 2004. Entonces, sigan recordando, lanzó la especie de que PSOE y ETA habían sellado un pacto secreto por el que la organización terrorista ayudaría a los socialistas a hacerse con el Gobierno de España a cambio de no se sabe qué concesiones a los etarras, una vez “perfeccionado” el contubernio con el triunfo electoral socialista. Aquella forma de hacer política marcó toda una etapa de relaciones interpartidistas lamentable. Desde siempre ha caracterizado al PP su falta de escrúpulos a la hora de hacer política y si algo han ganado los catalanes con sus movidas es haberse quitado de encima al PP de Albiol.

En el párrafo de entrada ya se señalan algunos antecedentes al que debo añadir otros para poner en evidencia que Rajoy es un ser que no puede ser, que diría Pancho Guerra. No hay por donde cogerlo. Ni a él ni a su partido que han demostrado tener en poco la inteligencia de los españoles al pretender que dieran por sentado un poderío de ETA capaz de condicionar la victoria en todo el país de quien le diera la gana. Incluso trataron de “vender”, los peperos y la derecha carca de toda la vida, el criminal atentado en la Estación de Atocha, de Madrid, como la acción capital del supuesto apaño PSOE-ETA para facilitarle el triunfo a Rodríguez Zapatero.

No es preciso ser un gran especialista para detectar que en la actitud del PP sigue vivo el desprecio por el pueblo. Algo que, con frecuencia, se advierte en su propaganda o en el modo de analizar las situaciones políticas. Aún recuerdo el estupor de no pocos derechistas cuando Felipe (¡un socialistas, adónde vamos a llegar!) ganó las elecciones de 1982. Por poner un ejemplo de ahora mismo, el modo en que discurre bajo tierra, que no oculta porque estaría feo, la información sobre los pagos a Gürtel por el PP valenciano, vía la caja B esa que no existe, qué va. La carajera catalana les ha venido pintiparada y ni les cuento que el Madrid dé por perdida la Liga.

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Todo por el turismo

Donald Trump y Kim Jong-un (CA).

No deberían tomarse a broma la disputa de Kim Jong-un y Donald Trump acerca de quien lo tiene más grande y poderoso; no el tamaño de lo que están pensando sino el botón nuclear que el “ hombre-cohete” dice tener sobre su escritorio, listo para alcanzar cualquier lugar de los USA; en lo que el “ viejo chocho” amenaza con borrarlo del mapa, a él, a su país y alrededores: cosa de quien desenfunda primero, que a los dos les sobran botones.

Entre otras gracias, se empeña Trump en indisponerse con todos los países afectados por alguna crisis bélica o efecto equivalente de inestabilidad. Va de bravucón de cantina. El Año Nuevo lo celebró entrándole duro a pakistaníes e iraníes y en el caso de los segundos apoyando abiertamente la insurgencia dándole al régimen el resobado pretexto del enemigo exterior. Su objetivo, romper el acuerdo nuclear de 2015 con Irán y ponerlo en piedras de ocho para cargárselo en los próximos meses dejando todo dispuesto para una bonita barbacoa. Trump alienta abiertamente las revueltas contra el régimen iraní sin que le preocupe ni mucho ni poco que no favorezca, precisamente, a los que se han echado a las calles con sus bendiciones. Lo suyo es la obsesión por marcar las distancias respecto a la política de Obama que trató de reducir las tensiones que su sucesor persigue como perro a por cáscaras de queso.

Moon Jae-in, actual presidente de Corea del Sur. (EFE)

Moon Jae-in, actual presidente de Corea del Sur. (EFE)

Mientras, Kim Jong-un, el hombre-cohete, ha aprovechado el “ American first” de su antagonista para seguir adelante con el programa nuclear que le permite amenazar ya, directamente, el territorio USA; además de requebrar a Corea del Sur, aliado incondicional de Washington desde el armisticio de 1953 que puso fin a la guerra de las dos Coreas. Ni qué decir tiene que los surcoreanos se están dejando querer y lo mismo envía Pyongyang una representación deportiva oficial a la Olimpiada de Invierno que organiza Corea del Sur. No hay duda de que, al margen del interés occidental en mantener la división establecida en el armisticio, hace más de 60 años, los coreanos son los primeros interesados en entenderse entre ellos lo que ha dejado medio fuera de juego a Trump: Kim Jong-un se arrayó el millo. Los coreanos son un pueblo partido por imposición internacional.

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Felipe VI por Navidad

Felipe VI durante su mensaje de Navidad. EFE

Durante  la campaña electoral Inés Arrimadas dio por segura su victoria con la que se superaría el dichoso procés y volvería España a ser la envidia de la galaxia. Nada de particular pues todos los candidatos pretenden mojar, o sea, ganar o al menos conseguir un buen resultado con buenas palabras y eslóganes que hacen bonito en los carteles, aunque sean menos creíbles que el “lava más blanco” de algún producto de limpieza.

Desde luego, a Arrimadas le salió bien el invento hasta el extremo de entusiasmar a Aznar que salió a felicitarla efusivamente; para darle a Rajoy por ahí, lo que le encanta, o también porque no está el ex presidente pepero muy lejos de los círculos en que se fraguó Ciudadanos a quien nadie reclama, como a Podemos, que dé a conocer sus fuentes de financiación. Que deben ser abundantes y de rápida resolución porque nada más saber que los primeros sondeos les daban posibilidades, los dirigentes de Ciudadanos aumentaron en casi dos millones de euros la cantidad destinada a la campaña. Sin que nadie rechistara aunque, eso sí, sin perder de vista la financiación de las andanzas de Puigdemont.

A Arrimadas le salió bien casi todo pero no arrasó, posiblemente contaminada por la idea de la derecha, del PP y de Rajoy, de que en Cataluña no hay problema político alguno sino cuatro enredadores y que bastará desenmascararlos para que todo se calme. Pensó Madrid que con diversos gestos de autoridad, con su rebaba autoritaria y unas cuantas contusiones bastaría y se equivocó lo que obliga a Arrimadas en la mar y sin remos para asumir las iniciativas que le corresponden como cabeza de la candidatura más votada, para tratar de formar Gobierno: simplemente no tiene quien le escriba. Aunque de la inteligencia política catalana, no sólo de los secesionistas, cabe esperar cualquier cosa. Dicho sea sin ocultar que esta vez lo veo difícil. Arrimadas, como digo, no arrasó pero se llevó por delante al PP, lo que tampoco está mal. El estropicio pepero ha sido grande, sin duda y ya se notan las primeras resultas. Empezando por Aznar que cada vez se muestra más desconsiderado con su sucesor. Dicen que no anda el ex presidente pepero demasiado lejos de los círculos en que se fraguó Ciudadanos. Lo que fue, sin duda, una buena maniobra de la derecha para desplazar al PP que ha brindado a Aznar la oportunidad de mortificar a su sucesor.

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Cataluña: no hay estabilidad que valga

Principales actores políticos de las elecciones catalanas

Los resultados dieron la razón a quienes pensaban que las elecciones de este jueves pasado no resolverían la situación catalana; no el problema o la cuestión catalana, sino la que tienen montada ahora mismo. Puede entenderse que, con el acaloramiento de la campaña, a Inés Arrimadas se le ocurriera que en cuanto ella llegara al Palau de la Generalitat, lo que daba por descontado o casi, mandaría a parar y colorín, colorado. La engañaron, sin duda, no sus buenas perspectivas electorales, que los resultados confirmaron al ser su candidatura la más votada, sino los nada brillantes de los socialistas de Iceta y el partigazo del PP de García Albiol. Si los socialistas no acaban de encontrar su lugar en medio del marasmo de la socialdemocracia, la patinada pepera parece ser la constatación de que Ciudadanos vino al mundo de la política para sustituir al PP que, en el tratamiento al problema catalán, apaleamientos incluidos, mostró la tradicional torpeza de la derecha española en el tratamiento del problema de la organización e integración territorial española. Torpeza que igual no es tanta porque siempre le ha resultado rentable.

Por el lado independentista habría también que señalar excesos y una inclinación tremendista a la que el Gobierno central echó más madera, como si dijéramos, al tratar de meter en cintura al catalanismo, primero mediante la judicialización de un problema político más que secular; después con un estilo de gobierno desconsiderado y ya, por último, cuando a los catalanes se les subió el gallo y perdieron de vista la perspicacia política y el seny del Honorable Tarradellas, con la acumulación de episodios que ha desembocado en lo que presenciamos ahora mismo. Es grave indicio, por lo sintomático, que un asunto como éste ya nos canse por repetitivo y comiencen a circular chistes sobre él.

Simpatizantes de Ciudadanos celebran el triunfo de Inés Arrimadas

Simpatizantes de Ciudadanos celebran el triunfo de Inés Arrimadas Efe

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Macron: ¿esperanza europea 2018?

Emmanuel Macron, presidente de Francia. (CA).

Julio Cortázar dio el nombre de “Theodor W. Adorno”, nada menos, al gato callejero negro y francés que encontró un día en Saignon. Nada que ver, comprenderán, con el genuino Adorno, el filósofo de la escuela de Frankfurt que tuvo entre sus herederos al sociólogo y no menos filósofo Jürgen Habermas, que es lo que se quería demostrar. El hombre, Habermas, se tomó tan a pecho sus reflexiones morales sobre el desarrollo del capitalismo avanzado que marcó distancias con la ortodoxia marxista de fábrica al convencerse de que la obsesión productivista en la organización de la sociedad empobrece el ámbito vital de la gente. Una idea que lo hubiera encasillado como puto revisionista ante el mester de rojería patrio de los años 60; no sé si por pensar distinto o simplemente por pensar, a secas. Y ni les cuento de su idea de que ese productivismo exacerbado trae consecuencias como la creciente burocratización de la sociedad y la despolitización de los ciudadanos. Al menos, eso fue lo que me pareció entender pues nunca sabes a qué atenerte con estos pensadores alemanes y sus “breves” introducciones de cuatro o cinco espesos volúmenes que te hacen añorar los breves cuadernos populares con que la chilena Marta Harnecker divulgaba los conceptos elementales del materialismo histórico.

Viene todo esto a cuento de que Habermas acaba de proclamar su admiración por Enmanuel Macron, el todavía flamante presidente francés; aunque poniendo por delante, o mejor, entre ellos, que una cosa es una cosa y otra cosa son dos cosas; por el qué dirán digo yo que será. Pero lo cierto y verdad es que el filósofo hace del político una valoración positiva que rebaja, a mi entender, la trascendencia dada hoy a la supuesta (o real) superación de la vieja dialéctica de izquierdas y derechas que proclaman esos jóvenes impacientes siempre agobiados porque aún ignoran que no deben preocupar los medios días habiendo días enteros. Pero a lo que iba: para Habermas, Macron pulverizó los fundamentos de la demoscopia al demostrar que una sola persona es capaz de hacerse, en el breve lapso de una campaña electoral, con la mayoría de los electores mediante un programa de defensa de la cooperación europea frente al “ pujante populismo de derechas al que uno de cada tres franceses había dado su voto”.

Habermas no oculta, sin insistir en la diferencia, la distancia ideológica que lo separa de Macron en un artículo publicado en El País sobre las propuestas europeístas que el mandatario galo hizo, hace unos meses, ante el estudiantado y dirigidas a la clase política alemana, sospecha el filósofo; quien asegura, además, que para Macron sólo Europa, y “ no los Estados nacionales”, puede garantizar la soberanía a sus ciudadanos; que sólo la protección de una Europa unida les permitiría afirmar sus intereses y valores. En resumidas cuentas: el presidente francés contrapone claramente la soberanía real a la quimérica de los soberanistas y pretende refundar una Europa capaz de actuar políticamente tanto en el interior como en el exterior de la Unión; quiere, en fin, leyes y listas electorales transnacionales, incluso ministros comunes que cohesionen el entramado y permitan al viejo continente seguir jugando un papel en el concierto de naciones.

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El Gobierno no tiene quien le informe

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno español. (EFE).

Los catalanes andan ahora entretenidos con las elecciones que les ha convocado Rajoy. Y mientras los peperos gallean que como España, la suya de ellos, no hay nada, la diplomacia portuguesa echa la pata alante al que, vuelven a decir los peperos, es el Estado más antiguo de la galaxia. Ahí es nada que António Guterres fuera elegido secretario general de la ONU y que Mário Centeno sea el nuevo presidente del Eurogrupo en lugar del holandés impronunciable que en su momento dejó con la miel en los labios a Luis de Guindos, quien, al parecer, optará, en febrero a ocupar una vacante en la ejecutiva del BCE donde no hay, al parecer, ningún español en estos momentos. En definitiva: Portugal, a pesar de su menor peso económico, supera a España que no ha conseguido en los últimos años ningún cargo relevante. Y como era de esperar, el entorno gubernamental del PP trata de explicar el asunto poniendo de manifiesto, una vez más, la escasa consideración en que la ignorante carquería patria tiene al país vecino: como es un país pequeño e irrelevante, no le crea problemas a nadie, dicen. No les vendría mal coger algún recorte de Manuel Marín, fallecido estos días. 

La actitud desdeñosa con Portugal que refleja semejante “explicación” muy bien pudiera ser, mutatis mutandis, la que corresponde al trato que da Madrid (la administración estatal, no los madrileños, aclaro para evitar reclamaciones) a los asuntos de las Islas; a los de interés general, por supuesto, porque los que interesan a los empresarios corren mejor suerte. El nuevo aplazamiento de la toma en consideración de las enmiendas a la parte económica del REF (Régimen Económico y Fiscal, por más señas), más de un año después de aprobada la fiscal, la que aprovecha nada casualmente a los empresarios, lo dice todo. Por un lado, cuentan los gobiernos españoles con que Canarias no puede colocar en la Gran Vía a unos cuantos miles de isleños con sus pancartas. Es decir, que depende Canarias de sus diputados parlamentarios entre los que hay, no se sabe para qué, nacionalistas que, la verdad, no parecen sentirse concernidos sino cuando les toca cumplir con los empresarios, que son los que tienen capacidad (dinero, o sea) para moverlos, aunque carezcan de sentido de la solidaridad respecto a los intereses generales. La mentalidad empresarial isleña, salvo contadas excepciones, no les permite entender las razones de los cuatrocientos empresarios USA para pedirle a Trump que no les bajara los impuestos. Se trata, ya saben, del mismo Trump que tanto se esmera en acabar con el planeta, torpedeando la lucha contra el calentamiento global, poniendo en trance de liquidación los espléndidos parques nacionales de su país y ordenando el traslado de su embajada de Tel Aviv a Jerusalén, con lo que liquida o al menos deja muy maltrecho el statu quo de la ciudad, santa para la tira de religiones. La que se puede formar es para echarse a temblar.

Representación de la independencia de Portugal en 1668. (DP).

Representación de la independencia de Portugal en 1668. (DP).

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Feo panorama político

Fachada del Congreso de los Diputados. (CA).

Parece que la “excitación” catalana remite, aunque sus resultas ya se perciben en la política española, no sólo en Cataluña. Uno de los efectos es que ha creado las condiciones para que Rajoy avance en el proceso de recentralización de las autonomías. O sea, en quitarles mordiente para el mejor reinado del centralismo. Rajoy, recuerden, compartió las reticencias anticonstitucionales de Aznar, especialmente las referidas al título VIII, el de la organización territorial del Estado. Aznar relegó el legado de Fraga a quien no le gustó inicialmente el alcance de dicho título entronizador de las autonomías, si bien dulcificó su percepción negativa del sistema autonómico durante los quince años en que presidió Galicia; incluso hay quien asegura que acabó convertido en autonomista de toda la vida.

Aznar y Rajoy mantuvieron parecida actitud reservona, más evidente en Aznar, cautivo de sus escritos de falangista, que en Rajoy, del que no se sabe si baja o sube la escalera cuando está en mitad de ella, que ya saben como son los gallegos. Y si Aznar confesó a hablar catalán en la intimidad, Rajoy viene incordiando lo mucho y lo bueno a los catalanes desde por lo menos los años 2000, cuando organizó la recogida por toda España de firmas contra el Estatut. Dicen, no sin razón, que contribuyó con sus iniciativas y ocurrencias al incremento de los efectivos del independentismo catalán al tiempo y al reverdecimiento del nacionalismo español, incluida la derivación ultra de choque. Mientras tanto, él silbaba mirando en otra dirección para pasar en la siguiente etapa al atrincheramiento en el plasma que evitara preguntas indiscretas y/o embarazosas y acabar con el más elaborado escaqueo de los trabalenguas tipo un plato es un plato y el alcalde que quieren los ciudadanos, el alcalde y mientras peor, mejor y todo lo contrario que llevaron a pensar a muchos que presidía el Gobierno un totorota.

Pero si el fin justifica los medios, como parece, Rajoy está más que justificado pues salió ileso de las imputaciones por corrupción al mismo PP del que fue dirigente antes de convertirse en máximo responsable del partido. El ideal, supongo, porque ni enterarse de cuanto ocurría a su alrededor porque no se enteraba de que a su alrededor se estaban poniendo las botas. Una corrupción de la que ya ni se habla, silenciada por la escandalera catalana y diluida por la política de cambios en la judicatura de los juristas menos influenciables por las tesis que se desprenden de la afirmación rajoyana de que eso, la corrupción o sea, es un asunto viejo. Por fin, después de tantos años de siembra, el estallido secesionista inducido le dio a Rajoy la oportunidad de aplicar el artículo 155 de la Constitución, es decir, de suspender la autonomía catalana, la más determinante del actual Estado de las Autonomías y una hora menos en Canarias, ya les digo. Le mola más la unidad de España “estilo Imperio”, con los canarios de indios ultramarinos y la renuncia implícita a una democracia moderna, esto es, sensible a la diversidad; no para molerla a palos sino para integrarla en una concepción moderna de Estado democrático.

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Quisicosas del Estado Español

Bandera española

Cuando  Pedro Sánchez recuperó la secretaría general del PSOE, dijo que dedicaría sus esfuerzos a la reforma de la Constitución en clave plurinacional. No precisó en aquel momento ni en otro posterior qué cosa sea esa, quizá desbordado por la virulencia sobrevenida al procés catalán merced a la pejiguera nacionalista que el Gobierno central se negó a abordar como el problema político que es debido, se me ocurre, a algún gen todavía sin escachar del autoritarismo franquista que no soporta la insubordinación. Pero estaba con la plurinacionalidad de Sánchez quien anticipó, para empezar a hablar, que por lo menos Cataluña, Euskadi y Galicia son naciones, con lo que mandó al pelotón de los torpes a las restantes comunidades que tienen también su corazoncito. Debería echar un vistazo a la Constitución federal nonata de la Primera República, la que acabó de enterrar en las Cortes Fernando de León y Castillo y a la nacida pero muerta en plena infancia de la Segunda. Por eso recurrí a viejas lecturas esclarecedoras de este cuento de nunca acabar. Y empecé por   España: un Estado plurinacional , título del libro de Carles Gispert y Josep M. Prats, publicado en 1978, año de la actual Constitución.

Gispert y Prats abren su trabajo con una descripción del escenario. Se refieren, en primer lugar, a la gran meseta central que ocupa más de un tercera parte de la Península Ibérica y ofrece gran uniformidad en sus rasgos físicos. Circundan la meseta central cadenas montañosas a las que se añaden otras periféricas no menos importantes, de modo que sólo queda abierta hacia el Oeste, por donde se extiende Portugal.

Fuera de la meseta, un número notable de sistemas montañosos compartimentan diversos territorios y sus gentes, lo que ha facilitado el nacimiento y la pervivencia en el tiempo de formas de vida locales con sus implicaciones psicoculturales, económicas, organizativas, etcétera. Son las formas que ha tratado de anular un centralismo estatal tan exacerbado que quiso imponer la unificación por la fuerza, en ocasiones de forma sangrienta. Sin conseguirlo.

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El duelo Madrid-Barcelona

Rajoy en un encuentro electoral popular en Catalunya. (EFE).

Cuando Pedro Sánchez recuperó la secretaría del PSOE propuso una reforma constitucional que defina a España como Estado plurinacional. Poco después la explosión catalana puso todo patas arriba y Sánchez no ha vuelto a insistir; ni ha explicado qué cosa sea eso de la plurinacionalidad, como no lo han hecho tampoco quienes se llevaron las manos a la cabeza ante la ocurrencia. Ahora, tras la derrota del secesionismo catalán, los partidos autodefinidos “constitucionalistas” se proponen hacer no sé qué reforma sin contar para nada con los independentistas, lo que se comprendería mejor si no apestara al vengativo propósito de ahora se van a enterar de lo que vale un peine. No se trata, por supuesto, de compensarlos por su supuesta derrota sino de que los “constitucionalistas” hagan un cernido de sus actitudes y actuaciones y detecten sus errores, que en este tipo de conflictos los hay por las dos partes: si los cometidos por los catalanes se han reconocido no merece menos la fea trayectoria de Rajoy que más de una vez, como en ésta, ha alentado al viejo anticatalanismo de palabra y de obra dentro de las tradiciones de la más feroz derecha españolista. Un conspiranoico que se precie no puede olvidar algo así. Lo que no quita para que, llegados a este punto, lo importante sea mirar hacia delante y evitar la repetición de salpafueras como el que aún vivimos. Que se repetirá si es acertada la impresión de que todo quedará en un cerrarle la bolsa a los catalanes durante un tiempito: hasta que estén “preparados” para volver a la carga. Lo que no quiere decir que sea de recibo que los principales responsables catalanes sigan en política. Rajoy anda diciendo allí dondequiera que se siente que Puigdemont, Junqueras, etcétera, han engañado a los catalanes pero, qué quieren, me pregunto yo quien engañó a los engañadores, en el buen entendido de que en el mundo de la política se desprecia al engañador y se desconfía de la capacidad del engañado. Y esto al extremo de que existe ahora mismo la muy conspiranoica que el procés, la DUI, los encarcelamientos, la escapada de Puigdemont a Bruselas, sus denuncias políglotas del franquismo fueron golpes muy medidos al hígado del Gobierno con daño, no sé si colateral o finalista, para la Unión Europea (UE).

La UE, ya saben, nació para anular o contener los nacionalismos que tanto tuvieron que ver con las dos guerras mundiales libradas en los primeros cincuenta años del siglo XX. Los mismos nacionalismos, mutatis mutandis, que han comenzado a levantar cabeza en varios países de los que algunos no ocultaron sus simpatías por los catalanes. Es chocante que esos nacionalistas suelan definirse como antieuropeístas, suelan ser xenófobos e incluso fascistas a mucha honra; que no sería, creo, el caso de los catalanes aunque nunca se sabe y es verdad que el falso eslogan de que “España nos roba” se presta a interpretaciones poco favorecedoras.

Ahora Puigdemont, que parece sentirse derrotado, apunta a la existencia de otras posibilidades de entendimiento con el Gobierno español; Carme Forcadell, presidenta del Parlament, dice que la declaración de independencia fue simbólica; en lo que Joan Tardá y otros atribuyen el fracaso, como ya he indicado, a que “ no estábamos preparados”. Lo que traducido a romance indica que no analizaron la situación, despreciaron las vías que no fueran formarla y se lanzaron a la buena de Dios, sin el suficiente respaldo social que tratarán de conseguir para la próxima vez, según se desprende de las palabras del propio Tardá que me obligan a insistir, desde mi natural conspiranoico, en que no fueron ellos quienes fraguaron el plan sino que les vendieron la burra ya preñada. Creo que eso explicaría que hablen todos ellos como si fuera un juego, meros gajes del oficio, que cojan vuelo nada menos que 2.000 empresas de las que la mitad han decidido pagar en adelante sus impuestos en la comunidad a la que se llevaron su domicilio social. Además de obligarme con su irredentismo irreflexivo a comprar el cava navideño a escondidas; que no me ocurra como hace unos años en que una señora me lo afeó en la cola de la caja del súper y no encontré otra salida que confesarle que no soy muy de cava y sólo pretendía ayudar a los extremeños que suministran tapones de corcho a las bodegas catalanes. Quiero decir que han operado o hablan ahora como si sus acciones no afectaran al ciudadanaje raso y a Cataluña en general.

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El "relato" de Rajoy

Mariano Rajoy en una sesión de control en el Congreso de los Diputados

Tenía razón José Bono al quejarse el otro día, en el hotel Santa Catalina, de que se califique de “fachas” a quienes están por la unidad de España. Aunque es verdad que todos los fascistas van de unidad nacional (la que ellos consideran tal) no todos sus partidarios son fascistas. Le faltó al ex ministro explicar que ese ideal, aspiración o conveniencia de unidad, lo ha utilizado el fascismo como una suerte de   deus ex machina  para justificar sus acciones “patrióticas” que abarcan la violencia e incluso el asesinato. Pero esto no implica que querer la unidad nacional se corresponda necesariamente a semejante connotación ideológica. Esta confusión se debe a que el fascismo franquista impuso a sangre y fuego su concepción de la unidad proscribiendo todas las demás y apoderándose de sus símbolos. No es raro que gente de mi generación reconozca que no acaba de habituarse al espectáculo de jóvenes en los estadios envueltos en la bandera española o con la cara pintada de rojo y gualda para animar a la selección. Sin duda no estarán menos perplejos esos mismos jóvenes con la que lió el añorante del franquismo que vio el morado de la bandera de la II República camuflado en la nueva camiseta de la selección de fútbol. País.

Ya he dicho otras veces que de los cuatro problemas de España al iniciar el siglo XX, el único sin resolver todavía es el de la integración territorial; los otros tres, la Iglesia, el Ejército y la reforma agraria, quedaron atrás. No recuerdo dónde leí esa observación ni quien la hizo, pero la he usado alguna vez y con más razón ahora pues da idea de la gravedad y profundidad del conflicto catalán. No en vano se trata de una cuestión tan secular como la incapacidad del Gobierno para asumir la personalidad política de Cataluña a fin de integrarla en España. En lugar de procurar seducirla como se ha dicho estos días, volvió Rajoy a tirar del anticatalanismo fomentado durante siglos desde el centro sin lograr vencerla.

Sublevación catalana de 1640, también llamada Guerra de los Segadores. (Antoni Estruch)

Sublevación catalana de 1640, también llamada Guerra de los Segadores. (Antoni Estruch)

En realidad estamos ante una doble impotencia pues si España no tuvo la fuerza necesaria para integrar Cataluña, tampoco los catalanes la tuvieron para independizarse, como hicieron los portugueses. En el clima de mistificación de la historia que se aprecia en este asunto, debería España reconocer su fracaso unificador (ahí está, por ejemplo, el concierto vasco, el régimen navarro, no pocas excepciones en la misma Cataluña, etcétera) y los catalanes recordar que si no lograron la independencia en el levantamiento de 1640 no pueden actuar ahora como si aquella derrota no hubiera ocurrido. Quiero decir que la solución no es que España vuelva a recurrir al anticatalanismo para enterrar las aspiraciones de toda una comunidad de semejante peso en España; ni que los catalanes se apunten a brutos y difundan falsedades como la de que España les roba lindando ya con la xenofobia.

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