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Esa persona por la que preguntan

Mariano Rajoy

Como debo escribir esta colaboración antes de que se haya votado la censura a esa persona por la que ustedes preguntan, iré en sentido contrario al del Gran Wyoming: si él inicia El Intermedio, en La Sexta, dando por descontado que los telespectadores ya conocen las noticias y que a él toca contarles la verdad, yo adelantaré la verdad que recuerdo a la noticia. Dicho sea desde la indignación que provoca esa misma persona que, como fin de fiesta, se resiste a coger puerta.

La feroz campaña contra Zapatero

Llevo meses recordando en estos artículos la trayectoria de esa persona desde 2004, el año en que Zapatero lo derrotó en las urnas. Desde entonces, se convirtió en el inspirador o consentidor, táchese lo que no proceda, de la feroz y canallesca campaña pepera contra el presidente electo que trataron de pasar por ejercicio de oposición política. Lo acusaron de cómplice y aliado de ETA para llegar a La Moncloa y de tener también acuerdos con los catalanes para romper la unidad de España. Llegaron a afirmar que a Zapatero lo movía el afán de vengar a su abuelo militar, fusilado por los franquistas durante la guerra civil. Como recordarán, en plena jornada de reflexión de aquellas elecciones de 2004 saltaron por los aires los trenes de Atocha que el PP, su gente y armada mediática atribuyeron a los etarras aliados de los socialistas negándose a aceptar durante el resto de la primera legislatura de Zapatero la evidente autoría yihadista que se vengaba, así, de la participación de España en la agresión a Irak. Todo para salvarle el palmito a Aznar que arrancó del Congreso de los Diputados la autorización para intervenir. Una vez ganada la votación, los diputados del PP puestos en pie aplaudieron con entusiasmo el “éxito” que permitiría a su líder, Aznar o sea, poner los pies en la mesa de centro del rancho, creo que tejano, de su amigo Bush. Aznar se pasó por el arco del triunfo el sentir de la opinión pública. Franco no lo hubiera hecho mejor.

Es posible que la campaña se urdiera en los sótanos de esta derecha. Incluso diría que el PP pudo limitarse a “dejarse querer” y a valorar en cuanta medida le favorecía la armada mediática de la que han trascendido casos de financiación por el partido para evitar cierres o facilitar aperturas de medios adictos. En definitiva, pudo evitar no pocos excesos pero los dejó porque le venían bien. La tónica siguió igual en la segunda legislatura de Zapatero, que terminó con las elecciones anticipadas de 2011, a las que no concurrió Zapatero y que hicieron presidente a esa persona que saben ustedes. Durante este segundo periodo socialista, que no llegó a completarse, la campaña del PP continuó con la misma virulencia. Además de las imputaciones acumuladas, aprovecharon que no era la economía el fuerte de Zapatero para hacerlo responsable o poco menos de la crisis internacional en términos que apuntaban al líder socialista como el hombre más poderoso del planeta al frente de una economía, la española, capaz de arrastrar al desastre al resto de las naciones. La campaña, pues, prosiguió con el PP machacando a Zapatero, oponiéndose de la peor de las maneras a cualquier iniciativa suya, lo que no deja de ser grave deslealtad con el país pues sólo buscaba impedirle gobernar. Como se vio cuando, tras las elecciones 2011, esa persona que les dije se sentó en La Moncloa y comenzó a aplicar las mismas medidas que criticó a su antecesor, agravadas en perjuicio de los ciudadanos rasos y siguiendo asimismo fielmente las órdenes de Merkel. El monotema de la escasa competencia económica de su entonces rival socialista lo tiene esa persona tan asumido que la aludió, al menos dos veces en el debate de la censura del jueves pasado.

La mentira y la manipulación, armas del PP

La mentira, la exageración, las manipulaciones y demás han sido siempre las armas del PP. Por señalar algunas situaciones: cuando el rescate de la Banca esa misma persona compareció ante la Prensa, con prisas porque quería llegar a tiempo al fútbol, para explicar que aquellos miles de millones de euros eran un crédito muy ventajoso que devolverían los mismos bancos, por lo que el rescate no le costaría un euro a los españoles. Una mentira más porque vaya si los estamos pagando. Y nada digo que ustedes no sepan de las autopistas de peaje, símbolos de la grandeur aznárica, además de pasar de los casos de corrupción porque sería un no parar la simple mención de los más graves y el relato de los prolongados aplausos con que las reuniones peperas respaldaban a quienes se lo habían llevado crudo sin que esa persona regateara elogios a los homenajeados, tipos ejemplares a los que juraba que estaría con ellos delante, detrás, al lado hasta completar las veintitrés preposiciones registradas por la RAE.

Algunos ejemplos de mala fe

No tengo registro completo y actualizado de todas las pasadas de rosca del PP pero bastan unas pocas para que se aprecie la escasa honestidad política. El primer caso que recuerdo fue la manipulación de unas palabras de Zapatero, concretamente de aquel compromiso con los catalanes de que aceptaría la reforma del Estatut que saliera del Parlament. Esa persona y acompañantes se rasgaron las vestiduras y consideraron aquellas palabras la prueba, ya irrefutable, de que Zapatero planeaba la destrucción de la unidad de España y con esa nueva salió la armada a predicar. Fue otra de las muchas ocasiones en que el PP jugó con la escasa cultura política de los españoles. El engaño consistió esta vez en difundir el compromiso de Zapatero obviando que, por muy presidente del Gobierno que fuera, no estaba en su mano la potestad de ignorar a la Cortes a las que corresponde conocer, debatir, corregir y aprobar las reformas estatutarias. Comprenderán que Zapatero, como profesor de Constitucional, no podía ignorar este extremo que, por otro lado, es materia de cultura general ciudadana.

Son muchos los casos ilustrativos pero para no extenderme citaré la insistencia de la dirección pepera en que el fallo de la Audiencia Nacional (AN) no condena al PP como organización. Lo que es muy cierto pero ocurre, queridísimos míos, que se debe a que el Código Penal aplicable en el momento de los delitos no autorizaba a declarar penalmente responsable a un partido político. Lo que no impidió a los magistrados que redactaron la sentencia establecer que la declaración de esa persona no aportó verosimilitud suficiente para rebatir la contundente prueba de la existencia de la Caja B dichosa. Ocultan ese extremo y vuelven a utilizar el truco de confundir a la gente al no diferenciar entre lo jurídico penal y lo político e hincharse personajes como Maillo y esa persona a asegurar que en ningún rincón de la sentencia se condena al PP. Lo que es cierto, insisto, desde la perspectiva penal, no desde el punto de vista político que es, precisamente, del que se trata en el Congreso de los Diputados. Esa supuesta confusión y la idea de que un éxito electoral anula las responsabilidades penales es el complemento de esta mistificación.

Por si fuera poco, otra muestra de la calaña pepera es que aventurara la posibilidad de utilizar su mayoría en el Senado para crearle dificultades al nuevo Gobierno, si llega a formarse. Se aprovecharía para incordiar que aún no han pasado por él los Presupuestos Generales del Estado ya aprobados en el Congreso.

El conflicto catalán

Tantas veces me he referido a lo mal que ha llevado la persona que les digo el conflicto catalán que malicio lo peor, o sea, que no se trata de errores sino de una política deliberada que le de el pretexto para aplastar a los catalanes de una maldita vez. Quizá tras la marcha de la persona que les digo quede más claro el papel de Rivera, su relevo. O parece necesario que les recuerde la recogida de firmas del PP contra el Estatut; el recurso ante el Tribunal Constitucional (TC) contra un texto que cumplió con todos los requisitos legales; que fue “afeitado” a conciencia en las Cortes y sometido por último a referéndum; y por fin la sentencia de 2010 que dejó fuera de combate a los autonomistas, que pasaron a segundo o tercer plano para ser definitivamente rechazados como opción por los secesionistas. Estos tuvieron en las elecciones catalanas de aquel mismo año su primer estirón, el que acabó rescatándolo de su posición de fuerza residual hasta convertirse en sentimiento tan compartido que resulta hoy determinante. El último disparate fue la represión del referéndum del 1-0. Es cierto, por supuesto, que fue una convocatoria ilegal pero no lo es menos que las medidas del Gobierno sugerían el aprovechamiento de otra oportunidad de darle un golpe al catalanismo y de poner en pie de guerra a otros sectores de opinión no catalanista que ha convivido de siempre. Logró, pues, dividir a la sociedad catalana que, se sabía, es capaz de aguantar carros y carretones y ahí sigue resistiendo. Una política que ha acabado brindando la posibilidad de internacionalizar el conflicto con el apoyo, curiosamente, de sectores antieuropeístas cuando es precisamente la europeidad uno de los rasgos destacados de los catalanes.

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