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Las adelfas

Luego comprendí que no serviría de nada. La infancia, los olores de la casa antigua y de la abuela eran irrecuperables. Verlas crecer me daba más angustia que alegrías; más tristeza que alborozo.

Siempre fueron un signo para mí. Un signo de esperanza. Como el viento. Hace años escribí un libro de poemas con ese título. “El Viento y las adelfas”. No era un título romántico o elegido al azar. Era un símbolo, una constatación de ser yo misma fuera a donde fuera. Las adelfas habían estado presentes en mi vida a lo largo de las rutas de las carreteras de la isla de La Palma y en muchas de las autopistas del mundo que había cruzado de adolescente. Recuerdo la primera vez que las vi fuera de la isla. Fue en Portugal y me quedé asombrada descubriendo que había otros lugares hermosos que no eran los que yo había vivido. Las habían plantado en el centro de las inmensas vías separando los distintos carriles de tal manera que quienes iban o volvían por ellas podían contemplarlas a gusto. Las plantaban de diferentes colores, intercalando los distintos tonos, imagino que para no adormecerte con un blanco continuo o un rosa aburrido y constante. Y uno, durante aquellos interminables viajes, podía entretenerse contando por pares las clases de adelfas que existían en el mundo.

¿Quién las plantó? ¿Para qué sirven? ¿Qué utilidad tienen en medio de esas inmensas autopistas? ¿Cómo crecen? ¿Cómo respiran? Me preguntaba yo sentada en el asiento trasero mientras cruzaba mesetas y más mesetas y ellas aparecían ante mis ojos a un lado y otro de la carretera para recordarme que aún seguía viva. En la isla las bambolea el aire y están libres, pensaba, pero aquí, en mitad de estos eriales, ¿cómo hacen para sobrevivir? ¿Cómo hago yo para sobrevivir en estas tierras de nadie donde el mar no se ve nunca, donde el mar no existe? Esas eran las preguntas que yo me hacía. Poco a poco fui descubriendo otras adelfas plantadas en carreteras inhóspitas, en jardines elaborados por la mano del hombre y que aparecían recortadas y formando caminos o rincones. Y cuando tuve casa propia con tierra alrededor planté cinco pegadas al porche y tres a la entrada. Una de cada color. Pensaba en mi abuela y pensaba en mi madre, en su afán por verlas crecer y repoblar sus jardines. Las planté por ellas igual que por ellas conservé el magnolio que había a la entrada como si con ese gesto pudiera devolverles la vida.

Luego comprendí que no serviría de nada. La infancia, los olores de la casa antigua y de la abuela eran irrecuperables. Verlas crecer me daba más angustia que alegrías; más tristeza que alborozo. Y las dejé morir. Aún las veo cuando vuelvo a Madrid y siento esa nostalgia de lo que vamos dejando atrás. Pero ya no me importa si florecen o no, si pierden las hojas o si se esponjan y ocupan aceras y jardines que una vez fueran míos. Y si me importan es más por el amor y la preocupación de verlos crecer y hacerse fuertes, que por ser terrenos comprados y vividos en otro tiempo. Más por la mirada de quienes heredan mi memoria que por la mía propia. Así es la vida y así son los paisajes que nos acompañan hasta el final del camino. 

Elsa López

22 de abril de 2018

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