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En el amor

Te seguiré mirando cuando este cuerpo falte. Más fuerte que el deseo de vivir es la necesidad de verte.

Este texto no es una historia de amor para regodearse en él, o el aire de un suspiro que aleja la forma de amar. Esta es la historia de un diálogo permanente, que jamás ha dejado de existir, desde un sillón a otro, para que cuente el deseo innato del ser de reencontrarse en el amor.

La primera vez que te vi, el día se detuvo en aquel preciso lugar y tiempo. Una posibilidad de amar y la circunstancia, cierta, de desnudarse ante el vacío y caer; pero caer como el río cuando llega al mar. Todas aquellas mañanas en las que soñé, en la que esbozaba una vida inmensa de caminos; forjaba un miedo que dolía para que aparecieras en corazón abierto y que el sueño continuara; contigo. Sabe el amor que no podemos decirlo, sino serlo. 

Si dos o algunos más nos reunimos en nombre del amor, amor hacemos. Y el amor que dio impulso en el tiempo de los avisos y las citas es el mismo que nace en el momento de estar juntos y el mismo que renace después en el recuerdo. Amor es como el agua, o como el viento: eternamente mismo y eternamente nuevo.

El cuerpo atardecía en tu regazo y quiso volar en la noche como si las estrellas acabaran su eterna voluntad de encontrarse y se posaran en nuestros pies descalzos y lloviznados. Las hojas del árbol dejaban atrás sus ramas. La libertad de una mariposa que arrasa los campos y caricia el viento con la yema de las alas. El mar de los delirios, corazones que en fuga renacen y vuelven a serlo.

Soy el trovador de tus deseos. La sensación constante de que el presente es recuerdo, y al revés. Amarte es encuentro permanente. Siembro el amor en la tierra dañada y la tierra cura y la cosecha es una espiga de trigo suave y tierna que recogiste aquel día que nos vimos por primera vez. 

Las estaciones van dominando nuestro viaje, porque siempre es el lugar donde queremos estar, porque siempre está a punto el suceso de algo; como la primavera que no quiere llegar y es ese segundo antes de florecer, o el otoño que son esas manos que se sueltan por minutos sabiendo que regresarán, o el invierno que al mismo tiempo te ofrece abrazo, o el verano donde escribimos el resto del beso. 

He imaginado que tú también tenías algo que decir del amor y me he sentado en el sillón a esperarte. Te gustaba que el tiempo corriera antes de llegar y que cuando tu mirada verde asomara el último escalón de nuestro lugar, allí encontraras una tarde de historias. Mirabas como si estuvieras aprendiendo a hacerlo, me inculcabas la infinita creencia de nacer de nuevo, de aventurarse a lo desconocido como si estuviéramos en una llanura africana salvaje al ritmo de bandas sonoras melódicas que motivaran una esencia permanente de conexión con la naturaleza necesaria y primitiva. Encuentro siempre fugaz y de una ternura alcanzada. Te veré eternamente.

No sé cómo, y la vida en la que ahora estamos también consiste en no saber los cómos; pero sí sé que te estaré mirando. Te seguiré mirando cuando este cuerpo falte. Más fuerte que el deseo de vivir es la necesidad de verte.

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