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Pablo Díaz Cobiella

Graduado en Información y Documentación por la Universidad de Salamanca. Amante de las bibliotecas y de todo aquel razonamiento utópico realista. Nieto de un amigo y compañero de palabras, de momentos.

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Te miraré en los ojos que con amor te miren

Existe un día feliz en el que logro escribir algo y en ese momento me acerco de alguna manera al lugar donde he imaginado a Luis, ya sea en el beso de mi abuela o cuando lo veo sentado en su sillón creyendo y afianzando un mundo bueno. O cuando logro ver una mariposa volar y disfruto con la fábula de que puede ser él. O en la música de sus manos sobre el piano y la palabra que logra ser lágrima en la certeza de una mirada con otra antes del abrazo. O cómo perder maravillosamente el tiempo que nunca fue. O finalmente, la creencia en el amor porque jamás voy a saber lo que es. 

Entonces le he escrito esta carta, como tantas otras en las que fantaseábamos con la suelta de la utopía como palomas. 

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Desayuno literario con Frida Kahlo en la Biblioteca Municipal de Los Llanos

Frida Kahlo es quizás una de las mujeres más universales de la historia de la vida, cuyo recuerdo sigue contribuyendo a la comprensión interior y a la lucha por un planeta diverso y libre. Quizás ese sufrimiento tan puro, tan cercano y verdadero que desnudaba por completo su alma y acariciaba su máxima expresión en el arte, en el diálogo con el resto de personas ha provocado la globalización del nombre de Frida Kahlo y su figura. 

Por todo ello, con muchísima determinación y osadía, hemos querido proyectar de nuevo un Desayuno Literario de su vida más cercana, compartiendo textos e historias menos conocidas que se alejan de ese boom mediático que la rodea y rodeará siempre, de cómo un icono de la lucha feminista y humana se dedicaba en su día a día a la contracultura y al desafío al sistema sin tener que rozar los extremos, y todo ello con su arte, con su literatura artística. 

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Desayuno literario con Silvio Rodríguez

La evolución de los Desayunos Literarios de Seroja Cultura sólo ha parado para dar ese espacio de tiempo, fundamental en la cultura de cualquier idea, para reflexionar sobre qué ramas se pueden ir incorporando a un evento que cada vez tiene más fuerza.

Pretendemos difundir la literatura desde una perspectiva gastronómica de calidad y que además encaje en una circunstancia de debate social y de la vida. Y todo ello desde las bibliotecas convirtiendo estos espacios en lugares infinitos donde nada tiene un límite. Y todos sabemos que una cultura ilimitada trae consigo unos beneficios implacables en el conjunto de la sociedad.

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Desayunar en la Biblioteca

Desde que empecé los estudios de Biblioteconomía y Documentación imaginé una biblioteca llena de fiesta. Me costaba muchísimo comprender ese silencio reclamado para no molestar. Parecía que los libros fastidiaban ¡en una biblioteca! Una pequeña anécdota. Una mañana llegó un niño de la mano con sus padres, y nada más abrir la puerta se soltó y se lanzó corriendo a los estantes donde estaban los libros de animales, gritaba que quería un libro donde aparecieran jirafas. Desde otras mesas lo mandaban a callar, incluso algunos colegas de profesión desanimaron el desparpajo y la alegría con la que ese niño llegaba al mundo de los libros. El niño se ruborizó muchísimo y fue reprendido incluso por sus padres. Me levanté enseguida de mi puesto y le ofrecí varios libros que contenían historias de jirafas, me dijo que ya no los quería que se habían enfadado con él por haber gritado. Aquel niño se fue de la biblioteca, con sus libros de jirafa en las manos de los padres pero sin la simpatía con la que había entrado. Me marcó muchísimo, y fue ahí cuando imaginé una biblioteca revolucionaria, una biblioteca que proyectara de verdad ese amor, esa pasión por lo que contiene. Esa esencia de transmitir de verdad la cultura, de ser un lugar total que englobe el sentido social, educativo y humano que tanto necesitamos, y que tanto nos impiden. 

De todo esto surge la idea de un desayuno literario. Elegimos un autor, escogemos algunos de sus libros e ideas y desayunamos. Pero no sólo se queda ahí. Los alimentos, su sabor, su olor, su tacto están integrados en la obra del autor. Experimentar la lectura no sólo leyendo, sino saborearla, olerla, incluso, tocarla. Todo ello con una interacción que se provoca sola. Y creedme, los libros no se manchan, ni se llena el suelo de fiscos, los libros nos sonríen. 

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Minutos

Han pasado varios minutos desde que recordé esta mañana mi último encuentro con Luis. Y he sentido unas ganas enormes de proyectarlo de alguna manera, esa sensación efímera de crear, esa desesperación contradictoria de desnudar lo que había pensado y poderlo expresar de la única forma que se, escribiendo. Y me sigue costando, pues soy más de aventurarme en las explosiones del interior y regodearme en todas esas historias. Escribir por dentro, además de para dentro. La mirada perdida en algún suceso del pasado. La posición de una mano que señala al sur, algo así como ir cuesta abajo. Las piernas moviéndose de un lado para otro, en señal de inquietud; como toda disciplina artística a punto de producirse. Y el silencio. El buen desgarrador silencio. Nadie habla, pero se escucha todo.

Me conmueve la sensación de querer alcanzar todos los campos. De que nada me gusta más ni menos, de lograr una equilibrada euforia, al mismo tiempo que una iluminada decepción. De amar ilimitadamente, sin agotar el soplo que libera el primer beso. Perdonar sin sentir que es un mandamiento ilustrado. Caminar y perderse alguna vez, sin darte una explicación que haga la raíz más fuerte, no importa si desaparece un instante la cordura y las ansias de supervivencia. Y una mañana en espera, dejando que el tiempo caiga sin esperar que vuelva.

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En el amor

Este texto no es una historia de amor para regodearse en él, o el aire de un suspiro que aleja la forma de amar. Esta es la historia de un diálogo permanente, que jamás ha dejado de existir, desde un sillón a otro, para que cuente el deseo innato del ser de reencontrarse en el amor.

La primera vez que te vi, el día se detuvo en aquel preciso lugar y tiempo. Una posibilidad de amar y la circunstancia, cierta, de desnudarse ante el vacío y caer; pero caer como el río cuando llega al mar. Todas aquellas mañanas en las que soñé, en la que esbozaba una vida inmensa de caminos; forjaba un miedo que dolía para que aparecieras en corazón abierto y que el sueño continuara; contigo. Sabe el amor que no podemos decirlo, sino serlo. 

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“La agenda cultural palmera está a la altura de cualquier ciudad europea”

Pedro Díaz es de esos músicos que plasman muy bien la sencillez, la elegancia y la pasión en las composiciones que realiza. Amante incansable de su trabajo, siempre ha disfrutado de todo lo que ha hecho, y eso es lo más difícil de un artista. Ha sido la clave de su éxito, aunque él no lo asuma de ese modo; digamos la cuerda desde la que ha construido una forma de hacer música desde la más pura humildad, proyectando una verdad que traspasa la piel, hasta la sabiduría que irradia de su guitarra. Aunque lleva mucho tiempo fuera de nuestra isla, ha llevado siempre en sus manos la esencia palmera en todos los sentidos, mostrando sus acordes por todo el mundo. Siempre soñé con un momento así ante mi primo y amigo. Recuerdo que con 15 años fabulábamos con que él sería un músico famoso, y se enfadaba conmigo porque nunca le ha gustado ese alardeo. A mí tampoco, pero aquel guitarrista, niño aún, conseguía hipnotizarnos a todos.   

-De La Palma a Holanda pasando por Madrid… 

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La fuga y la lucha

Extraviarse, por cualquiera de las razones que puedan conmovernos, ha sido un dogma esclavizado a nuestra forma de pensar. No hace falta esforzarse por poner ejemplos que de una y otra manera hemos tomado en consideración alguna vez. Yo me he fugado. Una tarde de invierno, de esas que calma el hielo y no se resbala de las manos, en la necesaria forma de encontrarse con la verdad pues hasta en la más recóndita lágrima del dolor se puede dibujar, igual que en la máxima expresión de un cuerpo sobre otro hay abrigo y el amor se estremece, mientras el alma curaba y los sillones vacíos daban, aún más, y me apoyaba en la escalera como el desencuentro de una gaviota con su hambre, supe que Luis esbozaba una partitura y soñaba sobre ella el verso. Era su fuga, el desgarro natural de la piel para dar paso a los compases que dieran una verdadera razón para sentir que existe, que es real ese fuego que equilibra y destruye los muros que lo impiden. Y no estoy diciendo que se equivoca, tampoco diluyendo en un café la esperanza por cada acto que hacemos por el otro, tampoco es un diálogo con dios, o algún testaferro corrupto postrado a los pies de algún gobernador que ha ganado demasiadas veces. Digo que hay que huir al interior, igual que los sherpas del Himalaya ayudan a contemplar la cima del mundo o como si Nelson Mandela te susurrara al oído que aprendió que el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. El hombre valiente no es aquel que no siente miedo, sino el que conquista ese miedo.        

De esas raíces han nacido muchos hijos que alientan a un mundo mejor. El conformismo de sentir incomprensión y gritarla al viento cruel que jamás devuelve, ese viento en el que vivimos cada día porque hemos abandonado el respeto por la naturaleza, esa misma que nos dio la oportunidad de ser y enseñar el sentido común, el árbol madre de todos que no necesita de inclinaciones sino de querer, de abundar el cariño y la caricia, de elevar la circunstancia y saber tejerla, de sentir honor por la casualidad de una explosión que quiso belleza y no horror. La lucha es dentro también. Y sé que el sacrificio es alto, sé que hemos construido sobre hipocresía, pero también sé que ésta no hiere y que muchas veces la incertidumbre tiene cabida en el camino. Abuelo dio sentido a su muerte porque hablaba mucho de ella, la poetizaba y la tocaba al piano. Sentía esa furia artística de hacer comprender que el recuerdo es la forma de resurrección de los que se van y la manera delicadamente bella de observar que de alguna manera la vida sigue. Y era común, era un abuelo común, como un amigo suyo que labraba la tierra mañana tras mañana y enseñaba a su nieto exactamente lo mismo que me enseñó el mío. Importa salvar la tristeza, eso sí que es una lucha legendaria.

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Dimensiones del todo

El ser y la vida

Imaginemos cómo es por dentro. Cada uno a su manera. Imaginemos también las palabras de cada día y que una consecuencia tras otra, de fenómenos absurdos o no, nos lleva más allá del tejado que guarda nuestra cama. Palabras que pueden ser silencio o gritos de esperanza. Es fabuloso ese lugar común y lleno de sentido en el que todos confluimos, en el que se producen encuentros y desencuentros, en el que todos estamos alguna vez. Esos pensamientos que vamos perdiendo o ganando de la noche al amanecer como resultado del incalculable poder de un sistema abrasado por el afán de proyectar una imagen distorsionada de la autenticidad, cuando el raciocinio es superado por la derrota o la victoria. Una bella teoría, para muchos conspiratoria, para asomarnos a algo más. O también la nada, para los que no importa ganar o perder. Esa fábrica de deseos, lugar para los que viajan de aquí para allá desde un desamor hasta un planeta inalcanzable. Un recorrido que empieza y acaba desvaneciéndose sin dejar rastro alguno de nuestra existencia, más allá de ser recordados o no. Pero la nada es algo, al menos un diálogo con la inquietud. La vida del ser y ese ser en la vida, es una consecuencia de múltiples sucesos en el amor y la tristeza de un átomo.

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El bibliotecario fiel

Mi abuelo me dijo una vez, muchas veces, que expresara para comunicar, no para la victoria o la pérdida sino para hacer sentir la verdadera y difícil intención de descubrirse a pecho abierto, esto es: sin importar el dolor en su oscuro ejercicio de ser o la alegría en cuanto a la inmensidad de la exaltación. Tampoco importa si el mar llega a ser mar, o si las mariposas logran una sinfonía en su vuelo, importa el suceso de comunicar, dulcemente eso ya es mar, eso ya es mariposa y su vuelo.

Recuerdo las dos primeras veces que fui a una biblioteca. Mi padre me llevó en un mismo día a La Cosmológica, que por aquella época se ubicaba debajo de mi casa, y a la antigua biblioguagua. Maravillosa por sí sola, que aún existe en un garaje, llena de polvo y descuidada, que creaba colas inmensas para entrar y que normalmente solía parar en La Alameda. Creo que desde esos dos acontecimientos pude entender la necesidad de poseer comúnmente un espacio de libertad, no con esas palabras, pero me imagino que si en un lugar de mi mente que aún no comprendía pues no sabía lo que era cultura, hoy tampoco lo sé, es muy difícil saberlo, y es mejor no intentarlo, ni literatura ni poesía, era libre en aquel lugar, sin más. Me crié en casa de mis abuelos donde nació y nace una biblioteca fruto de su fe por los libros y el gozo de leer en compañía. Así fui creciendo hasta conocer que se podía, existía la posibilidad de estudiar una carrera universitaria que tuviera que ver con las bibliotecas. Luis alimentó ese encuentro ofreciéndome un Quijote de doscientos años al acabar mis estudios. Mis ojos brillaban en cualquier caso. Así empecé a sentirme bibliotecario.

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