Silencio cultural

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Vaya por delante que todo lo que leerán en las siguientes líneas no es una crítica con ánimos de dar respuestas a nadie, ni si quiera preguntar. Tampoco es una absolución a los problemas, ni una escalada a la montaña más alta del mundo para contemplar las mejores vistas, ni si quiera es un dilema, ni un texto para ser recordado. Ni más ni menos, es una opinión más de las que cada vez me siento más abrumado, angustiado conmigo mismo por hablar de lo que siento en este mundo donde la hipocresía excesiva ha fulminado cualquier posibilidad de entendernos. Y, además, en una posibilidad de trescientos sesenta grados, voy a seguir cultivando en el interior mientras observo todo lo que ocurre en el exterior, con detenimiento, pausa y estima, ¿creían que iba a decir que iba a ignorar lo de fuera? La cultura es extraordinaria en su propia naturaleza y existencia, realice quien los realice. A todos, a las amigas, a las compañeras, también en masculino por supuesto, a las personas que les apasiona competir, a las que quieren ganar y pierden, a las que no les importa perder, a las que muestran una actitud de no querer ganar pero en el escondite más cercano se lo repite una y otra vez, a los muros de hormigón que atraviesan de lado a lado un corazón cualquiera, a los seres alternativos, los buenos y los malos, que desean cambios, revoluciones de claveles sin arrancarlos, a los egoístas e ignorantes, se den cuenta o no de la realidad, a las personas que no encuentran las palabras adecuadas para expresar lo que sienten, a los tiradores de ideas y se quedan ahí, a los que sueñan con cosas imposibles y a los que no sueñan con nada por que todo les parece aburrido o simplemente no desean soñar. Y también a mí mismo, sin puertas ni ventanas, ni una tinta a medias, ni si quiera una absurda contemplación de lo que valgo para hacer creer que valgo, simplemente por escribir unas palabras. Ni grises, ni blancos o negros, ni matices, ni circunstancias especiales, ni nada. Cargarse todas las posibilidades existentes de un plumazo, porque es algo empírico: este sistema no funciona.

Y mientras escribía en la megafonía, en mi pequeña manifestación ortodoxa, me acordé de una historia de hace mucho tiempo y que por supuesto he modificado, eliminando cualquier posibilidad bohemia de mantener intacta la historia y su naturaleza, y cuántas cosas más que deseamos que sean bonitas, por el simple hecho de pensar que son bonitas. Pues no, esta es la historia, la que está en cursiva, no iba a ser todo perfecto.

La cultura y su silencio. Era una mañana de verano, a la orilla de un mar de otoño, o lo que es lo mismo, una mañana contemplativa y cariñosa, tenue y amable, de respiro y emociones distraídas. Se disponía a pasear de lado a lado de la playa. A sus espaldas una ciudad sumergida en su propio encanto, y en frente el océano inequívoco y atrapado. Era una tarde de verano, con el baile de los pinos de un lado a otro por las brisas que llegaban del norte, o lo que es lo mismo, una tarde nostálgica como si de repente una hora fuera medio siglo, la historia recorriera cada centímetro de tu cuerpo, y fueras a morir en aquel instante, solitario y en paz. Era un día de verano en una isla encantadora, no por su puesta en escena, tras un telón que no necesita, ni por el teatro que en ella hemos construido, ni si quiera por la mentira que hemos construido, ni por inventarnos una forma que tampoco necesitamos.

No han pasado demasiados años de aquel momento. Y todo ha ido tan rápido, que si lo extrapolamos a otras etapas de la historia, hemos hecho en dos décadas lo que se haría en un siglo, y todo por que unos pocos abstractos nos hacen ir cada vez más deprisa. Ya no disfruto casi nada, no me da tiempo de saborear como quisiera, y además encogemos los hombros, justo en este instante, haciendo alarde del gesto humano más repetido, en el silencio, el desánimo y la entrega de nuestra alma al sistema y su forma. Y no, ya no nos vale con aquello de las tecnologías, mal usadas por cierto, y que estamos en una nueva era, que no seamos antiguos y que hay que seguir hacia adelante con una palmadita en la espalda. Que los problemas van y vienen, y que ya saldremos adelante con aquellas palabras que gustan mucho en las redes sociales: lealtad, verdad, apoyo, seguridad.

La cultura y su silencio aterrador. Y claro que si, creamos sin parar, trabajamos sin dejar caer ni un solo segundo la 'guataca' cultural, construyendo proyectos magníficos y preciosos, genuinos y de alta calidad. Sin excepciones. Y algo falla. No nos estamos abrazando, no estamos aflojando el odio, ni el miedo, para apretar amor. Nos hemos cansado de amar al otro. Nos hemos agotado de entender el amor del otro. Nos hemos rendido ante el perdón del amor del otro y al otro. Nos hemos desinflado del conjunto para mirar en una sola dirección, sin importar la destrucción. Seguimos viendo al contrario como el contrario, pese a que crezcan las banderas en todas partes para la imagen que creemos imprescindible y la visibilidad traicionada. Cada vez menos, queremos ensuciarnos las manos de tierra o de agua salada. Y cuando tenemos todas las raíces de acuerdo en lo mismo, en vez de enredarlas para que el árbol crezca fuerte e invencible nos decimos adiós, de lejos, en una despedida tímida y recelosa.

He encontrado refugio en una hermosa librería aún por construir porque me faltan todas las personas de este planeta para poder darle forma. He encontrado en la utopía un alivio existencial en el que respiro bien y soy capaz de quererme, para poder querer al resto del mundo, o no. Estoy refugiado en los libros como única vía de escape al horror en el que tenemos que convivir, sin preguntas o respuestas, en la resignación y el altruismo, en la premura y la insensatez. Y por supuesto, en la lectura. No hay nada que me reconforte más. Y perdón a todas las personas que amo.

No temo hablar de cómo es mi escritura: alborotada, desordenada, engreída, alucinógena, pero también existe sentido, sentido a no perder ni un segundo en lo que no soy, aunque me pierda una y otra vez, necesariamente. Ser mi escritura, ser mi forma, ser el agua del arroyo, ser el agua del arrollo cuando alcanza el mar. Y aprovechando que ya he llegado, y la sal corre por mis venas, voy a hablar de la muerte.   

No tengo miedo a la muerte. De hecho, sé que ella vendrá a mí y yo estaré de pie. Lo he pensado un millón de veces, y estaré de pie. Aún cuando el dolor y la herida arda como en el mismísimo infierno, estaré de pie, y moriré de pie. Sin alardes, alabanzas, admiración y orgullo. Con delicadeza, un plumaje multicolor, o en blanco y negro, da igual, y la certeza de haber aprendido hasta el último aliento, sin expectativas o creencia indómita.

Y no era el final la muerte. No era el final la forma de morir. No era el final. La cultura sin hablar de cultura, la cultura del silencio, o para que reflexionemos en la única conclusión de este texto: Nacer, vivir, enramar la vida, cambiar, florecer, morir y recordar, o volver a pasar por el corazón una y otra vez, y otra vez.

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Publicado el
17 de agosto de 2020 - 11:52 h

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