El baño de cabras del Puerto de la Cruz

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Como todos los años, en el municipio porteño se ha repetido el tradicional baño de cabras, costumbre que viene desde la época en la que los aborígenes la consideraban un rito de fertilidad. Como casi todos los años últimamente, en redes e incluso en prensa, voces de escasa cualificación y muchas veces con bastante mala baba, se han manifestado en contra de esta tradición diciendo que se les provoca un sufrimiento innecesario a los animales.

Es cierto que las cabras se estresan cuando se bañan en el mar. Y cuando se vacunan. Y cuando se desparasitan con fármacos. Y cuando se transportan en un vehículo. Y cuando se cambian de cuadra. Y cuando se identifican con crotales y/o bolos ruminales… Por no hablar de sus primas salvajes ante el casi permanente merodeo de depredadores, hasta el punto de “inventar” el rumen para poder almacenar comida y después masticarla con tranquilidad en un sitio menos expuesto.

Y entonces, para evitar el estrés de nuestras cabras, ¿qué hacemos? Las opciones de no vacunarlas, no desparasitarlas y no cambiarlas de corral, cuando lleguen a una cierta edad, quedan descartadas, al menos en una granja moderna. No identificarlas es incumplir la ley. Evidentemente, con otros animales domésticos pasa algo muy parecido, especialmente si son rumiantes. Llevamos las veces que sea necesario a nuestras mascotas a la consulta veterinaria, lo que indudablemente le produce un estrés a la mayoría, de la misma manera que se le produce al separarnos por un tiempo de ellas. Son inevitables estas situaciones, como ocurre con nosotros en una visita al dentista.

A ciertas personas les da asco bañarse en una playa en la cual, previamente, han estado las cabras. Suponen un mar lleno de excrementos cuando la realidad es que la introducción en agua fría se refleja en una contracción de los esfínteres y no en lo contrario. Les puedo asegurar que la liberación de oxitocina, imprescindible para activar a la musculatura lisa de nuestros intestinos, decrece de manera considerable con el chapuzón. Igual alguno de esos individuos nunca se ha tirado al mar y por eso no lo ha sentido. Incluso se ha comparado la introducción de las cabras en la marea con el efecto de un emisario, donde lo más que contamina no son precisamente las deyecciones humanas. El gran daño al medio ambiente lo producen plásticos, jabones, desinfectantes y otros productos de origen químicos difícilmente biodegradables. Solo las cremas solares y otros aceites de los habituales bañistas contaminan más que un rebaño de cabras.

Hace unos treinta años el Instituto Canario de Investigaciones Agrarias (ICIA) participó en un proyecto de la UE que pretendía eliminar, en la medida de lo posible, el uso de hormonas en la reproducción asistida de rumiantes. Aquellas investigaciones, coordinadas por la Dra. Fresno en nuestra autonomía, respondían al creciente interés por parte de las políticas europeas en la disminución del uso de hormonas y medicamentos en tratamientos y sincronizaciones, habituales en el manejo de los animales domésticos de consumo. Veinte años más tarde, se me invitó a evaluar un congreso en Berlín sobre parasitología. No era mi especialidad, pero unos años antes había hecho una estancia en Carolina del Norte, donde colaboré en unos estudios, coordinados por el Dr. Luginbuhl, sobre las propiedades antiparasitarias de una leguminosa. Finalmente, realizamos en Canarias, con resultados positivos, un experimento similar usando Tedera (Bituminariabituminosa), una planta con mucho uso tradicional en Canarias como forrajera. Tanto en el congreso como en los estudios reseñados se estimulaba los métodos naturales de eliminación de parásitos. El baño de cabras es un potente y natural eliminador de parásitos externos, sobre todo debido a la deshidratación de los mismos por efecto de la sal marina. Nuestros ancestros llevaban las cabras al mar convencidos de que era una manera de aumentar la fertilidad, justo en el momento en el que se “sueltan” los machos. Y tenían razón, como casi siempre: los animales desparasitados se convierten en más aptos para iniciar el periodo reproductivo.

Por supuesto, aprovechando el evento, hay quien llama despectivamente magos a los cabreros y amenaza con denunciar la práctica ancestral. Con respecto a lo primero, le sugiero que lea a Cervantes. En la primera parte de su Quijote pone estas palabras en boca de un cabrero: “Rústico soy; pero no tanto que no entienda cómo se debe tratar con los hombres y con las bestias”. A lo que el cura le contesta: “… las cabañas de los pastores encierran filósofos”. En cuanto a lo segundo, si alguien va a presentar una denuncia, por favor inclúyanme entre los denunciados. Yo participé activamente en el baño de cabras hace tres años y lo hice porque algunos mascotistas habían amenazado con querellarse.