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Juan Capote

Juan Francisco Capote Álvarez es biólogo, doctor en Veterinaria, miembro de la Real Academia de Medicina de Canarias y coordinador de programas y director de la Unidad de Producción Animal, Pastos y Forrajes del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias (ICIA). Su carrera profesional se ha centrado principalmente en el estudio del ganado caprino. Ha participado en 26 proyectos de investigación y/o desarrollo, y ha sido evaluador o asesor de otros muchos, a nivel autonómico, nacional o internacional. Es autor o coautor en 201 publicaciones y ha presentado 171 trabajos en congresos nacionales e internacionales. También ha realizado estancias de carácter científico o docente en Escocia, Argentina, EEUU y Malta, y ha visitado por razones profesionales 27 países. Desde hace15 años se encuentra vinculado a la International Goat Association (IGA), organismo global, con sede en Little Rock (EEUU), que promociona el nivel científico y de desarrollo en el ámbito del ganado caprino, en la que es actualmente su presidente. Fue la primera persona que leyó en La Palma su Tesis Doctoral y el discurso de entrada en la Real Academia de Medicina de Canarias.

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Un regalo en el alféizar

Cuando los británicos ganaron la batalla de Inglaterra a los alemanes, alguien describió a aquellos jóvenes héroes como muchachos que, diez años antes, tenían una rata blanca en su bolsillo. Efectivamente, hubo una época en la cual esos animalillos de laboratorios estaban de moda, pero no recuerdo que ningún niño de mi época y de mi entorno la tuviera. Quien sí la poseía era mi héroe del momento, Guillermo Brown, personaje literario mediante el cual la genial Richmal Crompton satirizaba a una vida social llena de prejuicios británicos y de caspa victoriana. Y no solo eso. Guillermo llegó a organizar “la quincena de las ratas”, como oposición a “la semana de los pájaros” que una cursi señorita vegetariana había puesto en marcha en su pueblo. En este caso mi héroe consiguió concentrar a un montón de ratas, de todo tipo menos blancas, a base de robarlas de las ratoneras y proporcionarles un opíparo banquete diario sustraído de las despensas de su familia y las de sus amigos. El relato acaba cuando Guillermo, sin ser consciente de ello, aparece en un concurso disfrazado del flautista de Amelín, llevando detrás un séquito de roedores. Por supuesto ganó el premio tras provocar una desbandada entre el público asistente.

Me sentí, por tanto, muy feliz cuando me la consiguieron y la tenía encima cada vez que era posible. Por eso el día en que se me perdió me llevé un gran disgusto, pero, inesperadamente, la rata afloró en el patio trasero de la casa, a la semana siguiente. Estaba hecha un desastre con varias mordidas propiciadas por sus congéneres de alcantarilla, una de las cuales le había partido el rabo. A esas alturas ya era una adulta, había perdido la gracia de su etapa juvenil y, francamente, tenía un aspecto deplorable. La cogí y, con toda la delicadeza que pude, le practiqué lo que yo creía que eran los primeros auxilios. Un poco más tarde volvió a escaparse y nunca más la volví a ver.

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La mirada de Lola

Un día Kulber, el perro Pastor Garafiano que teníamos en la granja, se acercó hacía mí agitado. Al llegar me di cuenta de que tenía sangre en la mandíbula, justo antes de verlo desplomarse y morir. Alarmado llamé a Manolo, un compañero de trabajo experto cazador, para que corroborara mi opinión acerca de que el perro había sido envenenado. Por desgracia, en el mundo de los podencos no es nada raro que los vecinos de la zona envenenen a los perros pertenecientes a cuadrillas foráneas, e incluso sus propietarios suelen llevar un antídoto, cuando salen de cacería, que han salvado unas cuantas vidas caninas. Mi amigo no lo tenía claro y, haciendo un desagradable esfuerzo, decidimos abrirlo para tomar muestras. Cuando seccionamos el corazón emergieron una multitud de filarias: el perro había muerto de un infarto, pero ¿por qué? Recorrimos el camino que había usado el animal en sentido contrario y, tras adentrarnos en la nave más cercana, revisamos los corrales hasta que nos encontramos con el espectáculo: junto al comedero que también hacia de valla, se encontraba un cabrito muerto con el cuello seccionado. El instinto cazador dormido de Kulber había aflorado para ensañarse con el animal. Aquel enorme número de parásitos existentes en su torrente sanguíneo terminó completando la faena.

Un par de años después, todavía sin perro pastor, fui al Sur de Tenerife para visitar una floreciente explotación caprina, junto a mi compañero Morín, que había sido cabrero desde pequeño. Allí se encontraba una perra garafiana parida y él pensaba recoger algunos cachorros para entregarlos a pastores. Los fue probando uno a uno por el sistema de agarrarlos de la piel del lomo dejándolos en el aire. Si se quejaban no servían. Con el convencimiento de que estábamos haciendo algo bueno para los ganaderos, llevamos los perros a nuestra granja para repartirlos en la siguiente semana. Así pues, Morín, satisfecho con lo que íbamos a hacer, se fue al norte de la isla con tres animalitos, pero volvió con una cachorra. El potencial dueño no podía tenerla porque ya se había hecho con otro perro de pastoreo y, como consecuencia, la perrita regresaba al centro. Ya nos había costado desprendernos de todos esos simpáticos garafianos por lo que fue recibida con alegría y decidimos que iba a ocupar el puesto de Kulber. Lola había llegado a casa.

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Penélope

Tito se bajó del furgón y le dio una patada a la puerta. Al mismo vehículo en el que había cargado todas sus pertenencias para trasladarse a Canarias y cambiar su vida segura, como profesor de un colegio francés, por la incertidumbre de ciertas cuadras ubicadas en el filo brumoso de unas cumbres. Él acababa de arrollar a una pequeña cabra que yo le había conseguido por un módico precio. Murió al instante. Yo no estaba delante y no recuerdo qué pasó después, si el profesor de equitación se ciscó en sus muertos, si se emborrachó o, más probablemente, hizo las dos cosas.

Una cabrita de corta edad es siempre adorable, muy fácil a la hora de tomarle cariño y por eso, cuando empecé a trabajar con ellas, convencí a mis padres para cambiar el menú de la cena de navidad. A partir de ese momento dejaríamos de tomar cabrito para sustituirlo por una especie de puchero cuya enjundia era carne de gallina. Con el tiempo un empresario, quien entre sus negocios tenía una granja de caprino, quiso corresponder la labor de asesoramiento que yo había realizado, tanto en mi horario de trabajo como en mi tiempo libre, y me hizo algunas propuestas, alguna de ella deshonesta. Se lo agradecí, al mismo tiempo que le especificaba mi falta de hábito y de gusto por ciertas expediciones, y aproveché para pedirle que me regalara una baifa, a ser posible hija de los machos que le habíamos cedido. Así fue y al poco tiempo me llegó de Gran Canaria una bonita cría recién destetada de Raza Majorera. Tito tuvo repuesto y, a partir de entonces, se andaría con mucho cuidado cada vez que se iba a colocar en el asiento del conductor.

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Un ojo azul y otro marrón

Lo primero que hicimos, cuando mi perra dálmata llegó a casa fue cambiarle su nombre. El que llevaba en la cartilla era Loretta y el de mi madre Loreto, por lo que optamos por el poco original de Perdita, apelativo de la protagonista de 101 dálmatas. Desde mi adolescencia tenía fijación con esa maravillosa raza de perros dóciles, simpáticos y de gran belleza. Por esta razón, cuando aprobé con nota, por única vez en mi vida universitaria, el Selectivo de Ciencias, mi padre me preguntó qué quería como premio. No lo dudé un instante y le pedí un dálmata. Era prácticamente imposible conseguir un cachorro, pero no me disgustó nada el que fuera una hembra de un año. Cuando llegó a casa nos dimos cuenta de una serie de detalles: tenía un ojo azul y otro marrón; era bonita y sorda como una tapia; soltaba pelo en cantidad. Esta última característica hizo que tuviera prohibido entrar en las habitaciones con moqueta en el suelo y la perra fue lo suficientemente inteligente como para dejar de introducirse en un cuarto donde se habían cubierto las baldosas con ese tapiz, poco después de que ella llegara a casa.          

Durante el siguiente verano la perra entró en celo, por segunda vez, se la llevamos a un macho que tenía nuestro pariente Manuel Poggio, muy bonito, por cierto. Allí se quedó con el galán y, cuando fuimos a recogerla, el mago de turno nos dijo que no perdiéramos el tiempo, que no estaba preñada. Nos explicó cómo se deberían hacer las cosas: soltarla en el barranco durante una semana para que los chuchos del lugar “la abrieran” y después llevársela al dálmata. Así que nos fuimos, un tanto con la mosca detrás de la oreja y desde ese momento me dediqué a observarla con interés.      

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Acero y plata de Luna

“…es pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera, que se diría todo algodón”.

Quizás ese sea el primer texto literario que recuerde haber oído, que no leído porque, con cuatro años, aún no sabía hacerlo. Y quizás por eso, mi padre, empecinado lector, me dijo que aquel burrito se llamaba Platero, sin parase a pensar cuál era su verdadero nombre. En 1957 subimos a veranear a una pensión de San Pedro, ya que en el invierno anterior una terrible borrasca se llevó la casa de mi abuela, donde lo hacíamos antes, junto con 22 preciosas vidas. Casi todos los días hacíamos un tramo de carretera para acercarnos a un pajero que el pequeño pollino compartía con dos vacas y algunas gallinas que entraban y salían. Era el momento culminante de mi jornada y prácticamente lo único de que me acuerdo sobre aquel verano. Contemplaba su panza, sus orejas, antes de acercarme para acariciarlo. Y me gustaba su color gris, “acero y plata de luna” diría el poeta. Un día mi felicidad llegó al colmo cuando me dejaron sujetarlo por el cabestro. Por un momento era mío, Platero era mío.

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Una mirada tierna

Cuando sus hijas eran niñas, mi hermana Concha y su marido decidieron hacerse con un perro que diera cierta seguridad a la casa. Siempre es recomendable adquirirlo desde cachorro, pero determinadas circunstancias que planeaban sobre el entorno vecinal les hizo decidirse por un adulto. Relativamente cerca vivían un hombre y su atractiva amante, de quienes en el barrio se comentaba con insistencia que él la dominaba de forma implacable, e incluso la torturaba aprovechando su corpulencia y perverso carácter. Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que de ese tipo de individuos se conoce las barbaridades que hacen, pero no hasta dónde pueden llegar. Por tanto, mi familia se decidió por Ursus, un supuesto pastor alemán, el cual delataba su falta de pureza en el excesivo tamaño, y que se reveló como un verdadero lunático. Las noches en que el mar se manchaba perpendicularmente con la incuestionable luz de la Luna llena, dejaron de ser para ellos un periódico acontecimiento felizmente esperado, porque la preocupación los desbordaba ya que entonces el perro solía escaparse con un destino incierto.

Por lo demás, aquel animal hacía el mismo papel de guardián que un congénere disecado. Nos alegrábamos de que no supiera preparar café porque, en caso contrario, no hubiera dudado en invitar a quien entrase por la puerta, fuera o no con fines delictivos. Los visitantes, gente conocida o desconocida, lo miraban con admiración, recelo o aprensión, y a él le daba lo mismo. Inmutable, cuando no casi dormitando bajo una mesa o en la terraza, los observaba con una mirada tierna que desdecía el vigor de su mandíbula.

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‘Grillo’ y la Calle Real

Dos veces entró el Grillo en el Real Nuevo Club. Las mismas en las que se había paseado por la Calle Real. Una de ellas lo hizo en la sede náutica, a la espera de participar en el circo carnavalero, organizado el año después de la exitosa Boda del Siglo. Se suponía que el caballo iba a ser el protagonista involuntario del número acrobático que pensábamos realizar Maurito, Isidoro y yo, a sus lomos, durante el desfile por la calle principal. Previamente fuimos a caracterizarnos de bailarinas circenses en casa de Malula y Mauro, donde sabíamos que una buena provisión de whisky nos esperaba en el hogar de un abstemio. Para insuflar nuestro valor nos bebimos media botella a un ritmo más que rápido. Quizás por eso tuvimos que esperar a vernos fotografiados, dos días después, para ser conscientes del aroma a prostíbulo francés de la belle époque que embargaba a nuestro aspecto.

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Un obstáculo peligroso

El Grillo terminó por viajar a La Palma para intercambiar su lugar con Lapepa, una yegua pura sangre cuyo temperamento sobrepasaba las capacidades de mi hermana. Para entonces, acostumbrado a viajar y a cambiar de cuadra, el caballo no tuvo problemas en adaptarse a los expertos cuidados de Isidoro. Mi hermana no encontró otra dificultad con él, aparte de la complicación que representaba su alzada para subirse, y desde el primer momento compartió el caballo con María José, la hija adolescente de Miguel, un íntimo amigo. Yo, como ocurriera desde que tuve que irme de la isla, aprovechaba cualquier oportunidad para visitarla y ahora tenía un nuevo y entrañable aliciente. Siempre al llegar junto a él, Grillo mostraba parcamente su alegría con una mirada atenta, pocas veces acompañada de un tenue resoplido. Ya ninguno de sus ojos me parecía maligno y confiaba plenamente en su segura solidez cuando estaba sobre la silla.

En una de mis primeras visitas salí de paseo con Lucía, entonces una niña con enorme capacidad para la equitación. Caminábamos por caminos reales, entre viejas casas, hasta llegar a la Montaña de la Breña. Cuando subimos a esta, nos encontramos con mi hermana y mi sobrino Pablo quienes serían los primeros testigos de lo que ellos consideraban una “proeza”. Los caballos, cuando están correctamente montados, se desplazan con igual o mayor facilidad descendiendo que ascendiendo, pero hay bajadas que realmente impresionan. Aquella, quizás por la perspectiva, era una de estas. Entre los gritos de mi hermana, suplicándome que no lo hiciera, y de mi pequeño sobrino, animándome a lo contrario, Lucía y yo descendimos tranquilamente por la montaña. 

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La caída más peligrosa

Poco tiempo después de la llegada de Grillo a Tenerife, cometí un error. Sorprendido en un principio por la facilidad con que el caballo aceptó mi nada despreciable peso en su silla y tras una semana montando con extrema prudencia, decidí sacarlo al campo. Mi amigo Luis llevaba la otra montura, que también había respondido con docilidad en las primeras semanas de doma y ambos trotamos tranquilamente por los prados colindantes a las cuadras.

Todo iba bien hasta que Tito, nuestro profesor, nos pidió que hiciéramos un galope para ver como respondían los animales. Cuando estaba en el suelo, sangrando por un codo, comprendí que no había sido la mejor idea iniciar la carrera en dirección a las cuadras. Más tarde supe también que un potro, que se ha criado con el contacto humano, puede admitir en el primer momento la silla y el peso del caballista, pero también que antes o después se va a medir con su jinete. Grillo esa vez me ganó y su triunfo terminó costándome varias volatas más.

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En un cercado lleno de primavera

No recuerdo haberlo distinguido cuando lo vi por primera vez. Estaba con otros caballos, pastando en un cercado lleno de primavera, y las gramíneas, crecidas, le tapaban parte de las extremidades. Eso dificultaba la apreciación de sus características morfológicas y, por tanto, su valoración. León, el responsable de aquella yeguada cordobesa en la que todos los animales tenían un estribo grabado a fuego en su muslo izquierdo, me mostraba los jóvenes animales en venta, señalándome el origen y peculiaridades de cada uno. Yo, confuso y emocionado por la primera compra de un potro que realizaba en mi vida, apenas podía establecer preferencias. Mi acompañante seguía comentando. “Aquel alazán entrepelado es un magnifico animal. Tiene un gran mecanismo saltando en libertad”. Uno de los equinos que estaba a la derecha del señalado mostraba un bonito cordón corrido en la cara y su mirada le hacía parecer bondadoso. Otro, que pasó trotando por detrás, captó la atención de mi acompañante. “Este posiblemente es el mejor de todos, aunque necesitará un jinete experto para domarlo. Tiene mucha clase”. Al final quedamos en que el mayoral mantendría al día siguiente en las cuadras a este último potro y al del cordón corrido, para poder verlos con detenimiento.

Cuando llegamos de nuevo a la finca lo primero que me sorprendió fue la docilidad de aquellos dos animales. “Es que tengo un yegüero que hace maravillas” me explicó León, a quien no le hizo falta ninguna pregunta. Tenían cinco años y yo desconocía que, con esa edad relativamente elevada, suele complicarse la doma de un caballo. Esta ignorancia, junto con la tranquilidad que manifestaban los potros en sus boxes, me confundió lo suficiente como para pagarlo más tarde.

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