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Jorge Luis Lozano: in memoriam

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No quiero escribir aquí sobre el Jorge Luis Lozano académico, intelectual de prestigioso currículo, catedrático y gran comunicador. Eso ya lo han hecho sus colegas, quienes tienen más conocimiento que yo sobre la disciplina que profesaba. Quiero referirme a un hombre seductor, de voz grave, ojos azules y párpados que expresaban cierta melancolía. Quiero citar a una persona con gran sentido del humor, a un amigo.

Como no podía ser menos, han sido numerosos los obituarios y reseñas después de su fallecimiento. Desde las más académicas, donde se destaca su amplio currículo, hasta las más entrañables, escritas por sus ex alumnos:

 "Nos miró, suspiró, bajó la mirada y subió a la tarima. Nos fuimos callando. Y, entonces, ya con el corral atento, lo anunció. Nunca se me olvidará. 'Señores', dijo, 'hoy les voy a explicar la in-di-fe-ren-cia”. Se calló, se bajó de la tarima y se marchó” (David López Canales, Vanity Fair). “Cada clase era un placer para el intelecto, un poético desfile de conocimientos, un espectáculo de sabiduría, una oda a la sensatez y a la cordura que se imponía por encima de todo lo demás” (Adrián, Noveleros). De una forma u otra, todos coinciden en que fue un gran seductor, incluyendo el in memoriam que Javier Martín-Domínguez le dedicó en El País. 

Comentaba su hermana Lidia, después de rememorarlo con dolor y emoción, en el popular programa televisivo donde interviene habitualmente, cómo “Jorge decía en casa que yo era una niña adoptada, que no teníamos el mismo ADN”. Para ella y para todos los que le apreciábamos, era imposible recordarlo, incluso en trágicos momentos, obviando su sentido del humor, sarcástico e inteligente y yo diría que también deportivo. Lo tengo presente riéndose de una broma que le hicimos en La Palma, cuando se habituó a venir hace unos 22 años. En una de sus visitas quiso localizar una chica con quien estuvo coqueteando en su juventud. Sabíamos que ambos, ya divorciados, iban a coincidir en verano y por eso le dijimos que ella había preguntado por él, a lo cual habíamos contestado que se encontraba bien, recuperado después de la operación de la próstata. “¡Pero qué cabrones sois!”, nos dijo Jorge, en perfecto estado de lozanía con respecto a su aparato reproductivo, al enterarse de lo ocurrido. Quisimos darle una vuelta más a la tuerca inventando otra conversación con la susodicha, según la cual habíamos insistido en su fortaleza de salud y en que apenas le quedó algún efecto secundario. Concretamente la impotencia.

Poco tiempo después estábamos en el Club Náutico, tomando unas cañas al mediodía, cuando ella, quien únicamente sabía que nuestro amigo estaba en la isla, entró desde la puerta a la terraza. Jorge, viendo nuestras caras de malevaje, que insinuaban alguna ruindad en ciernes, se levantó con rapidez y, para estupefacción de la mujer, le dijo directamente: “Yo no estoy operado de la próstata”. Desde luego, ese no creo que sea el saludo más habitual dedicado a una amiga a quien no se ve desde hace más de 35 años.

Nació con genética apropiada para desarrollar su fino e inteligente sentido del humor, pero sin duda ayudaron a su solera aquellas tertulias, en las que participaba como enfant terrible, con personajes de la talla de Eduardo Chamorro o Joan Benet, sublimes cachondos de la cultura madrileña. Entre ellos estaba también Jesús Aguirre, a la sazón Duque Consorte de Alba, y un famoso pintor del que no recuerdo el nombre. Me contaba Jorge que el artista decidió plasmar en un lienzo una escena en la cual estarían representados todos los tertulianos. Así lo hizo ubicándolos con su habitual indumentaria, en diversas posturas, con una excepción: el Duque, en rígida actitud y ataviado como un camarero.

Una de las veces que lo visité en Madrid, habíamos quedado para almorzar juntos en la Facultad de las Ciencias de la Información. Acudimos al comedor de profesores y nos sentamos sin más compañía en una mesa algo separada. Vestía él, como era habitual, de manera elegante y yo con mi informal, rupestre, y no menos frecuente, atuendo de veterinario de campo. Los profesores, que entraban y salían, nos dirigían una mirada o un ligero saludo, contestados con la misma parquedad por Jorge. Me extrañaba su comportamiento y le pregunté si no se llevaba con el resto de profesores. “No es eso”, me dijo, “estoy disfrutando de las preguntas que se estarán haciendo acerca de dónde habrá salido el raro espécimen que comparte la mesa conmigo…” En aquel momento, él no podría haberse imaginado que aquel mismo rupestre individuo, años después, asistiría a una de sus brillantes disertaciones frente a la élite cultural de Tenerife, en el TEA, durante la cual, entre otras cosas, abordó la simbología del cuadro Rendición de Breda. Y menos que le iba a cuestionar acerca del número de caballos que aparecían en el lienzo. Su sonora y profunda voz se alzó para decir: “¡Tenía que venir a fastidiarme la conferencia un veterinario!”. Ciertamente no debe ser una intervención del orador frecuente en una conferencia sobre semiótica.

Disfruté mucho de los viajes a la capital en los cuales, a veces, me quedaba en su casa. Por las noches tomábamos una copa mientras yo gozaba, con enorme privilegio, de su ingenio. Lo mismo ocurría en sus visitas a La Palma, durante las que, sobre todo en los primeros años, invariablemente coincidíamos al atardecer en la Bodeguita del Medio y la hora del aperitivo en el Club Náutico, mientras sus niños correteaban y se bañaban no muy lejos. Su aspecto de dandi veraniego era notable, especialmente en una sociedad formada por personas conocidas, cuyos miembros lo iban ubicando poco a poco.

Aquellos niños son hoy los adultos que hace poco han gestionado, con enorme madurez, la crisis de su padre, siempre en la cercanía de sus tías, siempre con la consciencia de que sus amigos estábamos hondamente preocupados. Por desgracia sé lo que es una muerte en la UVI debido a problemas respiratorios: Chuchú, mi compañero y de otros muchos, la padeció. De etiología desigual pero probablemente con una angustiosa resolución similar. Cuando su tío Jorge y Loló me comunicaron en la Calle Real que estaba ingresado, nos transmitimos ánimo diciéndonos que saldría de esta. Pensamos que tendría que ser así porque él, para regocijo nuestro, había tomado la decisión de pasar temporadas más largas en La Palma. Su familia ha sufrido muchísimo, el dolor ha sido profundo y ha dejado huella también en quienes habríamos disfrutado de su palabra, de aquel interrogante “¿eh?” con el cual remataba sus frases brillantes o simplemente ocurrentes.

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