Al Cielo o al Infierno, pero contigo
El Gran Teatro del Mundo
Ficha Artística y Técnica
Dirección artística: Naira Gómez e Iriome del Toro
Dirección escénica: Iriome del Toro
Dirección musical: Fernando Felipe Martel
Asesora de movimiento: Teresa Lorenzo
Diseño de escenografía: Iriome del Toro
Diseño de vestuario: Naira Gómez
Diseño de iluminación: Beny Arencibia -RGB Canarias
Iluminación y sonido: Sonoarte
Ayudantía de dirección: María de Vigo
Ayudantía de regiduría: Nina Chumakov y Javier González
Ayudantía de producción: Nina Chumakov y Javier González
Producción: Mahkah Producciones
Reparto: Andrea Zghbi, Rafael Díez Lavín, Silvia Criado, Ignacio de la Lastra, José Luis Rubio y Teresa Lorenzo.
Música en directo: Yisele Bonucci (violín), Randy Bonucci (violonchelo), Anelio Rodríguez Candelaria (viola), Andrés Pérez (percusión), César Cabrera (clarinete).
Escena primera, acto 2026, en El Gran Teatro del Mundo. Se levanta el telón y suena música de cuerda. La Muerte y La Vida se apuestan el futuro de la Humanidad a una batalla de versos. Se erigen como jueces de la conducta, creen poseer el poder, porque manejan los hilos de las marionetas; pero estas no responden. Están rotas.
La atmósfera se torna anaranjada en el escenario de Los Llanos de Aridane. El público tiene la oportunidad de ver la trastienda, las bambalinas que unen todos los mundos para disfrutar del juego macabro que cada día, sin saberlo, se representa en sus vidas cuando se relacionan con sus familias, en su trabajo, en los momentos en los que se siente lo que no se dice y se dice solo lo que conviene.
William Shakespeare, a quien homenajea la obra El Gran Teatro del Mundo, podía ver el alma de los hombres y las mujeres para desenmascararles, y el elenco que la representa en la Fiesta de Arte también. La Muerte, implacable en la representación de Rafael Díez Lavin, era la gran obsesión del dramaturgo inglés. Su voz es capaz de silenciar al más atrevido y su mirada, afilada, certera y fría, obliga a obedecer sin opción de negociación a quien se le acerca salvo a La Vida, un personaje que palpita como contrapunto en todas las obras de Shakespeare al impulsar a los personajes hacia el cambio; hacia la luz, aunque eso signifique la propia muerte; y hacia la esperanza, a través de la aceptación de las emociones y las consecuencias de sus acciones. Andrea Zoghbi se entrega a este personaje con una gran ternura, permitiéndole dar el contrapunto a la todopoderosa muerte. Con ello, el duelo entre ambas permite introducir suavemente un recorrido por la obra de Shakespeare , lo que da pie a que el resto del elenco equilibre la vieja batalla que parece que decidirá si se extermina a la especie o se le da una oportunidad más al ser humano.
El amor, la ambición, el odio, las dudas, la culpa y todas las contradicciones atraviesan la cuarta pared porque esta es una obra para desconcertar, porque Shakespeare en 2026 necesita contexto y atención. Por eso, los actores y las actrices aguijonean los corazones y salen hacia el público para hacer preguntas a veces, otras permanecen a dos metros del suelo representando anhelos, obligando a mirar la oscuridad y la luz que nos define a través escenas selectas de Hamlet, de Romeo y Julieta o Carlos III, de Macbeth o del Sueño de una noche de verano.
El espacio escénico de la Fiesta de Arte de Los Llanos de Aridane se abre desde el primer momento en el patio de butacas en tonos anaranjados con la danza libertina de Teresa Lorenzo. Ella se resiste, y aún así se rompe cuando entra en el Gran Teatro del Mundo.
La iluminación sale al encuentro del público en varias ocasiones como un recurso narrativo con el foco blanco, directo a los ojos de un joven con sombrero, de una madre que abraza a su hija en la cuarta fila, en las pupilas de un anciano que está junto al pasillo central. Parece señalar que las marionetas no están solo en el escenario. La burbuja del teatro hace su magia y permanece gracias a las preguntas sarcásticas que no buscan respuesta. La complicidad sonriente es la única reacción posible ante las verdades eternas.
William Shakespeare trae de regreso los más bajos y los más altos instintos del ser humano, esos que no se confiesan, esos que permanecen aunque la melodía de un móvil se cuele en medio de la noche sin perturbar el ritmo trágico del torrente de voz melodiosa de la actriz Silvia Criado, que canta ‘Oh Dead’. La vida, escuchándola, se siente como ese instante que separa el día de la noche más oscura. Por eso no importa que el teléfono continúe sonando como si supiera que allí, en la plaza de España de Los Llanos de Aridane, está sucediendo algo. Los cuellos se giran buscando a quien osa perturbar la paz de un santuario, es un insulto, pero nada distrae a Lady Macbeth mientras se desgarra porque es incapaz de limpiar la sangre de sus manos del asesinato que la convirtió en reina y siente que la muerte ha venido a buscarla.
Las verdades que reveló Shakespeare en sus obras de teatro se suceden en un escenario minimalista en el que entran y salen seis actores que recuerdan cómo el ser humano es más que piel y huesos, y cerebro; porque el ser humano es también todo lo que despoja de autoridad a La Vida y a La Muerte. Estos no tienen poder sobre él porque es libre para decidir. Las marionetas rotas tienen el control gracias a ese instante para sentir que les otorga Shakespeare, el arte, para decidir según se sientan. El teatro, el arte y un escenario son un arma poderosa.
El recorrido de El Gran Teatro del Mundo por todos los actos de la vida de un hombre y una mujer que Shakespeare representa a la perfección en todas sus obras a veces tiñe de rojo el escenario, otras de verde, otras de azul. A veces con esperanza cuando el amarillo dibuja un balcón donde se puede comprender que el odio jamás vence al amor si este se elige sin pretenderlo. Con el amarillo sale el sol, porque el amor es la magia que da sentido y reinicia tras al horror de crecer y comprender que cuando llega el púrpura, cuando la luz se cierne directamente sobre la consciencia tras el triunfo del odio, la ambición o el miedo, entonces ya solo queda elegir ser o no ser.
La conciencia, clama un Hamlet consternado y con gran potencia interpretado por el actor Ignacio de La Lastra, puede encadenar a una vida sometidos a las injusticias y a la barbarie. El sueño y la muerte liberan de esas cadenas, pero nadie ha regresado de ese más allá para asegurarlo. El año 2026 está poblado de almas con las mismas dudas de Hamlet. Su monólogo representa la angustia plena de una epidemia de salud mental que sobrevuela entre el público que lo escucha declamar con la determinación de un poeta. Resulta impresionante cómo el vestuario y la soberbia interpretación llevan a José Luis Rubio de la sátira del sueño de una noche de verano a la masculinidad quebrada e insegura de Macbeth. El peso de la corona cubierta de sangre lo sumerge en la noche oscura del alma.
Naira Gómez e Iriome del Toro son los artífices de esta burbuja necesaria y son capaces de conducir el libreto magistralmente hacia un difícil e inesperado optimismo. La Muerte y La Vida comprenden y hacen comprender al público que no tienen poder, porque son solo consecuencias. Vivir determinado por el miedo a la muerte no es vivir. No hay destino, recuerda El Gran Teatro del Mundo, porque existe el libre albedrío.
Tú decides, parece decir William Shakespeare en este homenaje a su obra, ideada para la Fiesta de Arte de Los Llanos de Aridane. Esta fiesta recuerda un año más que la cultura es la fuerza que mantiene con vida a los corazones. Mientras estemos vivos hay esperanza, palpitan unas y otros en aplausos dedicados al elenco de los músicos de cámara y a los intérpretes. El público de todas las edades se pone de pie y les aplaude dos y tres veces más.
Gracias a ellos vence La Vida y la Fiesta de Arte devuelve el poder al corazón de quien se reconoce deudor de sus emociones y dueño de sus decisiones. A esa persona que aplaude tras sentarse en la plaza de España una hora y media a recordar qué nos hace humanos y cómo las emociones provocan siempre el acto más interesante e inesperado.