India (I)
En la India pude comprobar el diferente concepto que se tiene del tiempo, durante la celebración de un congreso sobre caprino el cual, cuando menos, fue peculiar. Dos cosas me llamaron allí la atención porque nunca las había visto antes. El día de la inauguración, el ministro que presidía el acto se presentó en un coche de alta gama y escoltado por lanceros a caballo. Más tarde, en su intervención, el político se tomó todo el tiempo que quiso para la disertación, a ratos en inglés y a ratos en su idioma materno, pero nosotros no tuvimos la misma suerte. Según me habían comunicado sólo dos semanas antes, mi ponencia debía durar entre veinte y veinticinco minutos, pero al revisar el programa del evento, el tiempo había aumentado a cuarenta y cinco. Por tanto, decidí tomármelo con calma, pero a los siete minutos de iniciada mi intervención, el chairman me indicó que se me había acabado el tiempo. En esas circunstancias simplemente tiras la toalla…
Cuando arribamos al aeropuerto de Jaipur, histórica ciudad en cuyas afueras se celebraba el congreso, nos recogió un taxista con quien pensábamos llegar a la Universidad y, para mi desgracia, me senté a la izquierda del conductor. El hombre pisaba el acelerador mientras sorteaba pequeños vehículos, bicicletas, transeúntes y vacas, muchas vacas, con una pericia que no supe valorar en el primer momento. Consternado, pude comprobar cómo adelantaba sacando medio coche de la carretera, o se metía entre dos camiones que parecían decididos a estrujarnos. Por eso, cuando otro taxista nos llevó de Jaipur a Agra, agradecimos que atajara por el campo, donde la circulación era escasa y se nos ofrecía una interesante panorámica de la vida rural en el país donde a cada momento te encontrabas con cabras de grandes orejas. Sin embargo, al llegar a esta última ciudad, el tráfico volvió a convertirse en infernal, como también ocurrió en las otras dos grandes poblaciones que pudimos visitar. De cualquier manera, valió la pena a tenor de las experiencias que íbamos a vivir en esa ciudad.
De todos es conocido que los monumentos funerarios más espectaculares del mundo se encuentran en la India. En Delhi está ubicada la tumba de Humayun, dentro de un amplio parque que acoge a otros edificios adyacentes y a un antiguo cementerio, donde pastan cabras y vacas ajenas a la grandeza de la historia. No obstante, el más conocido e importante es el Taj Mahal, una de las maravillas arquitectónicas del mundo, sin duda por propio merecimiento. El amanecer en este lugar, si lo puedes observar frente al edificio principal, es todo un extraordinario espectáculo en el que el túmulo va pasando de un color blanquecino a otro de tono más azulado, mientras se refleja, cada vez con más intensidad, en el estanque que te guía desde la puerta hasta esa tumba, diseñada para alojar los restos de la querida esposa del rey. Existe la creencia de que ella era una bella joven y, de acuerdo con los datos históricos y la representación pictórica que se puede contemplar en el museo existente dentro del amplio recinto, el adjetivo está más que justificado. No tanto lo de joven, puesto que murió en el parto de su decimocuarto hijo, y además tardó cinco años en casarse con el rey, después de que éste sucumbiera a sus encantos cuando la vio por primera vez siendo casi una niña.
Visitar la India es una experiencia que a nadie deja indiferente. Sin embargo, lo que más me impactó en ese viaje no fue ningún monumento o paisaje. Ni los rezos o las cremaciones. Ni el caos reinante por doquiera, o la espiritualidad.
Estábamos en Agra y, después de haber madrugado para ver el impresionante amanecer en el Taj Mahal, pronto tuvimos ganas de comer y nos dirigimos a un restaurante muy especial. Aunque sabíamos que ese local estaba regentado por mujeres desfiguradas como consecuencia de ataques machistas con ácido, cuando las vi se me hizo un nudo en el estómago, no tanto por compasión como por rabia. Con lágrimas escondidas, me preguntaba si sería capaz de comer en aquel estado, cuando una de ellas se acercó y vi que en su camiseta estaba escrito: “My beauty is my smile”, mi belleza es mi sonrisa. Nos miró serena y directamente mientras nos entregaba la carta de comidas. Ella y sus compañeras se movían como un grupo cómplice y alegre, atendiendo a varios jóvenes americanos que abarrotaban aquel pequeño espacio, mientras finalizaban su ágape.
Al poco, cuando consideró que ya habíamos tenido tiempo para decidirnos, otra de ellas, quizás la más desfigurada, vino hacia nosotros con su libreta en la mano y vistiendo una prenda similar a la de su compañera. Podían haber destrozado su rostro, pero no la expresividad de su mirada, casi plácida. Nos explicó algunas peculiaridades sobre la comida, tomó nota y se dirigió hacia la cocina. Mientras esperábamos pudimos observar el acogedor decorado del local, que incluía libros y otros objetos ubicados en rústicas estanterías. Después, durante el almuerzo, nos proyectaron un audiovisual en el que algunas víctimas, con un aplomo excepcional, explicaban su calvario. No mostraban lágrimas y, por su tono de voz, las secuelas en el alma se habían disipado.
Cuando terminábamos de comer, las mujeres se estaban haciendo una alegre foto con los americanos y acabamos de convencernos del interés que tenían en visualizar sus tragedias, como así nos lo confirmaron casi de inmediato. Me ofrecí a hacer de fotógrafo, pero en el momento en el que ellas y mis acompañantes posaban en círculo, mientras lucían la misma camiseta, una de las mujeres, con considerables daños en la cara, me pidió unirme al grupo. Sabía que desentonaba, pero me fue imposible decirle que no. Cuando vi la foto comprobé que en todas las caras se reflejaba la misma sonrisa. Su belleza era contagiosa.