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Solo

Los compañeros de trabajo de Daniel García lo estimaban como excelente investigador y, sin embargo, por él la vanidad pasó de largo. El rigor y la calidad de sus investigaciones estaban fuera de toda duda, como lo evidenciaban sus numerosas publicaciones en las revistas científicas más prestigiosas. “Tímido, amable y humilde, pero con una intuición científica asombrosa”, así lo definían la mayoría de sus compañeros.

La manifiesta timidez de Daniel García constituyó un obstáculo insalvable para que pudiera impartir algunas horas de docencia. La primera y única vez que se enfrentó a una clase, el miedo escénico le impidió pronunciar una sola palabra: un recuerdo traumático, nunca superado, que constituía la esencia de su negativa a exponer en público sus avances científicos. Pero siempre había algún compañero —¿generosamente voluntario?— que, hinchado de gozo, se granjeaba los aplausos y los laureles, a cambio de ponerle voz a su trabajo, mientras él quedaba relegado a un segundo plano.

Gran parte de su vida diaria transcurría en el laboratorio de química orgánica de la Facultad donde trabajó durante más de cuarenta años. En su mente bullían infinidad de ideas que, a menudo, confluían definiendo una hipótesis que acabaría siendo sometida a una rigurosa y meticulosa verificación, siguiendo escrupulosamente el método científico. Cuando la experimentación avanzaba y parecía evidente que su hipótesis acabaría en tesis, no oponía ninguna objeción para que se difundiera el avance de sus conocimientos entre sus compañeros, y, muchas veces, acababa compartiendo la autoría de su publicación con alguno de ellos.

A los setenta años, por imperativo legal, tuvo que dejar atrás su trabajo, y, aunque durante algún tiempo continuó asistiendo de modo altruista al laboratorio, las ausencias por jubilación de sus compañeros coetáneos y la arribada de nuevas caras pronto le evidenciaron que allí sobraba. Las muchas horas del día, que antes consumía a gusto en el laboratorio, se le trocaron un tiempo vacío que no sabía cómo lidiar. La desazón y la tristeza comenzaron a ser sus compañeras habituales.

El temor que, de pronto, sintió ante el vértigo a la nada lo condujo a frecuentar, más de lo que ya era habitual en él, el bar donde alguna vez solía desayunar. Solo, junto a la barra, dejaba pasar el tiempo entre sorbo y sorbo de vino tinto, a menudo sin ningún enyesque. Solo, en el bullicio cotidiano del bar. Lo que le había dado sentido a su vida —la dedicación exclusiva a su trabajo en el laboratorio— era ya un paraíso perdido, puesto que se había quebrado la senda unidimensional por la que había transcurrido su existencia.

Muy de vez en cuando, en la calle o en el bar, se producía un inesperado y fugaz encuentro con algún viejo compañero que un día se prestó a ser su voz. Apenas un “¿cómo estás?” o un “a ver si un día nos vemos y comemos juntos”, que él acoge con un desganado y lacónico “bien”. Solo, en su reducto de soledad. Su silencio no es una expresión intencionada. Es el silencio de la soledad, de la incomunicación, de las ausencias… ¿Qué pensamientos y emociones atormentaban su mente?

Daniel García nació en el seno de una familia de clase media, cuando sus padres ya pasaban de los cuarenta años y ya daban por seguro que se quedarían sin descendencia. Inteligente, introvertido y tranquilo. Un perfil que sus progenitores y maestros valoraron como admirable y propio de un niño modoso. La satisfacción de los padres por los buenos resultados escolares y el buen comportamiento los indujo a no darle excesiva importancia a la manera en que Daniel rehuía las relaciones sociales y los juegos con otros niños. Si en él ya existía una disposición innata a manifestar la timidez, esta, sin duda, se vio favorecida por su nula disposición a integrarse socialmente. Daniel García era un tímido irredimible.

A pesar de lo parco en palabras que era Daniel, sus muchas horas en el bar posibilitaron que acabara forjándose una estrecha amistad entre él y el dueño del establecimiento. Este le aconsejaba que se alimentara bien y bebiera menos, que durmiera y paseara. “La luz de mi vida —respondía Daniel— estaba en mi trabajo, en mi laboratorio. Ahora vivo en la oscuridad. El vino me ayuda a sobrellevar el miedo”. Con respeto y afecto sobrados, el dueño del bar siempre lo ayudaba a descender los escalones que conducían del local a la calle. Con perceptible temblor, Daniel extendía su mano derecha hasta estrecharse con la de la única persona que le brindaba su amistad.

El evidente deterioro físico y mental de Daniel y la degradación de su habitual pulcritud indumentaria comenzaron a preocupar al dueño del bar. “Sin duda, este hombre necesita imperiosamente ayuda. Está sumergiéndose en una depresión” —pensó, mientras seguía con su mirada cómo la figura cabizbaja de Daniel se iba desdibujando en la noche escasamente alumbrada.

—¿Por qué, don Daniel, no busca a una persona que atienda su casa y le prepare a usted su comida? —le dijo el dueño del bar una noche, mientras le ayudaba a descender los escalones—. Si quiere, le presento a una mujer que se acaba de quedar sin trabajo, porque falleció la señora a la que estaba atendiendo. Es muy aseada y de plena confianza —concluyó.

Daniel dio un respingo, que, de no haber estado sujeto por su amigo, lo hubiera hecho rodar por la escalera. “¡Una mujer, una mujer conviviendo en mi casa!”. Se puso rojo de solo pensarlo. No sentía aversión por las mujeres, no era misógino, pero su insuperable timidez había levantado a su alrededor una muralla infranqueable para poder establecer cualquier relación con ellas. Sentía pánico de la opinión que pudieran hacerse de él. A su mente acudieron recuerdos dolorosos del pasado, de cuando era estudiante universitario y se sintió fuertemente atraído por una compañera de curso, a la que a veces prestaba sus apuntes y ayudaba a resolver algunos problemas, pero a la que nunca se atrevió a expresar sus sentimientos. En su imaginación la estrechaba entre sus brazos, y sus labios se fundían en el calor de un ardiente beso. Luego, al contemplarla cogida a la mano de otro, sufría en silencio y se abismaba en su triste soledad.

—Mañana se la presento —dijo el dueño del bar—. Espero que lleguen a un acuerdo y que la luz pronto se imponga en la oscuridad de su vida.

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El dueño del bar reconoce que, al principio, le extrañó que Daniel García no volviera más, cuando, además, al día siguiente del último que estuvo allí, le había propuesto presentarle a la mujer que podría ir a trabajar a su casa. Pensó que, tal vez, había decidido irse a vivir durante una temporada a otra isla. Alguna vez le comentó que tenía una casa, herencia de sus padres, en otra isla, aunque no recuerda haberle oído decir en cuál de ellas. Tampoco supo decirle a la mujer dónde tenía su domicilio Daniel, para que ella fuese a su casa y pudiera concretar con él un posible acuerdo.

Dice el dueño del bar que, sobre la extraña ausencia de Daniel, sí ha oído algún que otro comentario, como el que afirma que se fue a un país extranjero a trabajar en un importante laboratorio, del que recibe una considerable cantidad de dinero; u otro según el cual se pasa el día durmiendo, porque por las noches acude al laboratorio de química orgánica de la Universidad para investigar en soledad, que es como a él le gusta. También dice haber oído que lo han visto, paseando del brazo de una preciosa mujer mulata, en una playa de Varadero, en Cuba.

Lo que el dueño del bar no dice es que él, desde hace algún tiempo, rehúye mirar al rincón oscuro del mostrador, cuando en la soledad de la noche se dispone a cerrar. Solo.

Los compañeros de trabajo de Daniel García lo estimaban como excelente investigador y, sin embargo, por él la vanidad pasó de largo. El rigor y la calidad de sus investigaciones estaban fuera de toda duda, como lo evidenciaban sus numerosas publicaciones en las revistas científicas más prestigiosas. “Tímido, amable y humilde, pero con una intuición científica asombrosa”, así lo definían la mayoría de sus compañeros.

La manifiesta timidez de Daniel García constituyó un obstáculo insalvable para que pudiera impartir algunas horas de docencia. La primera y única vez que se enfrentó a una clase, el miedo escénico le impidió pronunciar una sola palabra: un recuerdo traumático, nunca superado, que constituía la esencia de su negativa a exponer en público sus avances científicos. Pero siempre había algún compañero —¿generosamente voluntario?— que, hinchado de gozo, se granjeaba los aplausos y los laureles, a cambio de ponerle voz a su trabajo, mientras él quedaba relegado a un segundo plano.