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José Antonio Martín Corujo

José Antonio Martín Corujo (Lanzarote, 1951). Catedrático de Matemáticas de Enseñanza Secundaria. Fue profesor de Bioestadística en la universidad de La Laguna y en el centro asociado a la UNED de La Palma. Ha presentado comunicaciones en diferentes congresos y jornadas educativas, impartido cursos de formación del profesorado y publicado artículos y trabajos de investigación. Ha publicado los libros ‘Cuentos y matemáticas’, ‘Sueños en el alisio’ y ‘En tiempos de los buscadores de esperanza’. Es académico colaborador de la Academia Canaria de La Lengua y está en posesión de la medalla ‘Viera y Clavijo’ al mérito docente.

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La sobrina, el tío y la estadística

Cuando Tania eligió su opción de bachillerato, no lo hizo porque tuviera ya decididos sus estudios posteriores. Había sido una estudiante con excelentes resultados, tanto en las materias científicas como en las de carácter humanístico, pues para ella el aprendizaje constituía un placer. Sin embargo, lo que más influyó en su resolución, y también en la de sus padres, fue la creencia, socialmente asumida, de que en las actuales circunstancias, la opción de ciencias, posiblemente, le brindaría más oportunidades laborales en el futuro.

Avanzado ya el último curso de bachillerato, comienza a despertar en Tania el interés por la economía, pero le preocupa su desconocimiento de la estadística, que, por imposibilidad temporal, siempre ha sido la parte sacrificada del currículo de matemáticas. Decide, sin embargo, que emprenderá los estudios de Ciencias Económicas, con la certeza de que contará con la valiosa ayuda de un tío de su madre, profesor jubilado precisamente de matemáticas.

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Solo

Los compañeros de trabajo de Daniel García lo estimaban como excelente investigador y, sin embargo, por él la vanidad pasó de largo. El rigor y la calidad de sus investigaciones estaban fuera de toda duda, como lo evidenciaban sus numerosas publicaciones en las revistas científicas más prestigiosas. “Tímido, amable y humilde, pero con una intuición científica asombrosa”, así lo definían la mayoría de sus compañeros.  

La manifiesta timidez de Daniel García constituyó un obstáculo insalvable para que pudiera impartir algunas horas de docencia. La primera y única vez que se enfrentó a una clase, el miedo escénico le impidió pronunciar una sola palabra: un recuerdo traumático, nunca superado, que constituía la esencia de su negativa a exponer en público sus avances científicos. Pero siempre había algún compañero —¿generosamente voluntario?— que, hinchado de gozo, se granjeaba los aplausos y los laureles, a cambio de ponerle voz a su trabajo, mientras él quedaba relegado a un segundo plano.

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El paraíso

Cada país tiene su propio paraíso. Me lo dijeron o lo intuí —ahora no lo recuerdo— cuando comencé mi carrera política como concejal de mi ciudad. Siempre tuve inquietudes por participar en la gestión de lo público, ganas de emprender tareas reconocibles y —¿por qué no decirlo?— de que mi persona adquiriese notoriedad y prestigio, al menos entre mis conciudadanos. La vehemencia y la coherencia                —reconozco que no exentas de cierta demagogia—, con las que suelo aderezar la exposición de mis argumentos, pronto me abrieron el camino hacia la asunción de más altas responsabilidades dentro del partido. Y, pasito a pasito, empujón a empujón y con las oportunas lisonjas a oídos dispuestos a recibirlas, he podido atesorar un brillante currículo, propio de alguien que sueña con ser admitido en el paraíso.

El portero del paraíso es muy exigente. Sí, ya sé que es un simple portero, pero es quien tiene más poder, y tendré que someterme a su evaluación. El portero tiene que ser rico desde la cuna, un rico genético, que no exterioriza su riqueza, generalmente de origen rentista. En fin, representa al verdadero poder: el económico. No suele mostrarse en la primera línea política, aunque sí maneja muchos de sus hilos. Él decide quién entra. Su decisión es inapelable. Es reacio al comportamiento ostentoso, tan habitual en el nuevo rico.

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El valor de la amistad

Elena Díaz deja, sobre la mesa de la terraza, la copa de la que acaba de tomar un sorbo de vermut blanco. Sola, disfruta del sol y del olor a mar, contempla con regocijo a los pequeños gorriones, que, confiados, se acercan picoteando del suelo diminutos restos de comida. La elevación de sus mejillas y el brillo de sus ojos denotan a una persona alegre, que se siente feliz disfrutando del momento.

Hacía más de diez años, desde que tuvo que emigrar a Canadá para ejercer su profesión de arquitecta, que no pisaba las calles de su ciudad. La satisfacción de su rostro era la del emigrante, que, después de lograr el éxito, ve cumplido su sueño de retornar al paraíso dolorosamente ausente, el espacio de su niñez y juventud. Su jovial expresividad parecía dejar claro que el duro trabajo y la distancia habían merecido la pena, le habían compensado plenamente. Ahora veía la vida con más optimismo y con la tranquilidad de quien no se siente apremiado por la penuria. Apura el vermut que queda en la copa y, cuando se dispone a indicarle al camarero que le traiga la cuenta, sus ojos se clavan en un rostro que, a su vez, la contempla con cara de sorpresa. La cara de la mujer que la mira parece no salir de su asombro, como lo muestra la caída de su mandíbula y la subida de los párpados superiores.

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El ático de mis sueños

Reconozco que eres atractivo, que resultas encantador a primera vista… ¿Qué puedo decir si me quedé prendada nada más verte? Pero el atractivo se marchita y el encanto se trueca en desencanto cuando se disfraza de mentiras. ¿Qué me vas a contar con todo el tiempo que llevamos juntos? Bueno, en realidad es una manera de decir. Nos casamos hace mucho tiempo, pero juntos, juntos…, apenas nada.

Reconozco que eres un genial actor en el escenario público, donde te desenvuelves con estudiada naturalidad, saludas estrechando la mano con ajustada firmeza y sonríes sin que te mueva a ello ningún hecho jocoso. No puedo evitar esbozar una sonrisa cuando contemplo cómo miras a los ojos a tus interlocutores, con esos aires de quien se siente seguro de su capacidad de persuasión. También es verdad que, a menudo, no puedo evitar sentir vergüenza ajena y estupor cuando, llevado de tu presunción, como caballo desbocado, osas opinar sobre cualquier tema y, aunque tu recurrente discurso de generalidades te suele salvar, mucho me temo que un día no lograrás salir indemne.

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El destello

Sentado sobre una piedra de basalto contemplaba ensimismado la puesta de sol. Ese día, en el ocaso de la tarde, por algún efecto atmosférico desconocido para él, el radiante azul del cielo se fue tiñendo de una paleta cromática de belleza indescriptible. Extrañamente, se fundían colores de tonos cálidos con otros de tonos fríos. Luego, cuando el sol descendió tras el horizonte, y se atenuó la intensidad de los rayos rojos, en un fugaz instante, apenas un segundo, inesperadamente surgió el sorprendente destello.

— ¡Julio Verne! —exclamó, poniéndose de pie y mirando a su alrededor como si quisiera encontrar testigos de lo acontecido.

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Diálogo con la ausencia

¿No le pasa, a veces, que desea hacer algo pero no sabe qué? Y uno se irrita, se altera, en fin, que se le pone mal cuerpo sin saber por qué. A mí me pasa. Me pasa con los fines de semana. Me voy alterando a lo largo de la mañana de los sábados y, fácil, me dura hasta el domingo por la tarde, y si ese día juega y pierde el Atlético de Madrid, ¡ay mi madre!, entonces no estoy para María. ¿Qué te apetece que hagamos hoy? —me pregunta María, sin percatarse de que es sábado—. Y no me atrevo a responderle el yo qué coño sé, que siempre me trago. No porque tema su reacción, no. Es por el respeto de los muchos años de convivencia, usted ya sabe.

No sé si recuerda, supongo que sí, que María y yo nos fuimos de luna de miel el día de su boda con Panchito el marica. Sí, hombre, ella se dio cuenta, por el cruce de miradas entre él y el cura que los casaba, que ¡ay, ay, ay!, y en un arrebato declaró que yo era su amor. Y yo… ¿Qué iba a hacer? Actué como un caballero, me olvidé de las muchas veces que me había dicho: no muchacho, no ves que soy mucha mujer para ti. Y, aunque creo que tenía y tiene razón, me sentí el más afortunado del mundo. ¡Fíjese usted por lo que uno se siente afortunado! ¡Qué cosas! Claro que yo era el padrino, era el que tenía más a mano. ¡Suerte que tuve!

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El lugar

“Donde la luz del sol se fragmenta en infinitos reflejos, donde el verano solo alcanza a ser primavera, donde la fuente mana, generosa, agua fresca y donde los amaneceres rejuvenecen los deseos que en las tardes se tornan sensuales. Ímpetu y voluptuosidad. No, no es el lugar donde nací, ni el lugar que en la niñez o en la juventud acogió mi presencia largo tiempo. No es mi lugar de origen, pero es el lugar. El lugar añorado, el lugar donde, por alguna razón que nunca alcancé a comprender, los momentos de soledad no me inquietaban; al contrario, me reconciliaban con la vida. De inmediato me sentí acogida como si formara parte necesaria del mismo entorno. La serenidad que percibía me inducía a la introspección, sin que por ello me asaltase la zozobra. Me encantaba sentarme en el tosco banco de madera, situado debajo de un frondoso tilo, y contemplar los pájaros que se acercaban a beber a la fuente, horadada en el pie de un impresionante risco cubierto por un manto de verde musgo y culantrillo. Sí, hija, sí. Así era ese lugar, el sitio en el que pasé los mejores momentos de mi vida”.

Daniela estaba convencida de que el lugar al que su madre se refería, solo existía en su imaginación. Nunca, antes de que comenzara a mostrar evidentes signos de olvido de las vivencias más cotidianas, la madre había mencionado ese lugar, al que ahora aludía cada vez con mayor frecuencia. El día en que el médico le anunció que su madre comenzaba a padecer una grave enfermedad mental, Daniela sintió que el mundo se le derrumbaba a sus pies. Su madre era lo más importante de su vida. Inseparables, confidentes y con una visión similar de la vida.

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La cartera

La cartera estaba sobre el césped. Era evidente que alguien la había perdido, y a simple vista, por su tamaño, color y forma, su dueño seguramente sería un hombre. Parecía abultada en su parte central y su piel estaba ajada por el uso.

Andrea se dirige, como cada tarde, al frondoso madroño que ocupa un rincón de esa parte del parque, bajo cuya generosa sombra suele pasar largos ratos, leyendo novelas de trama negra. Antes de decidirse por coger la cartera y husmear en su contenido, mira cautelosa en todas las direcciones, como si temiera que alguien la estuviera viendo. Su mirada se detiene en el enorme tronco de un ficus, junto al cual tampoco ve a nadie. Se agacha, coge la cartera y la introduce rápidamente en el bolso, donde lleva la novela, un teléfono móvil, las llaves del coche y de su apartamento, un bocadillo de mortadela y un zumo de frutas tropicales. Duda entre avanzar hasta la fresca sombra que proyecta el madroño, o volver sobre sus pasos hasta el coche que dejó en un aparcamiento próximo. La cercanía de la sombra y el vivo deseo de ver el contenido de su hallazgo, la empujan hacia el rincón de lectura cotidiana.

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Historias posibles: 'Amistad bajo la lluvia'

La oscuridad de la noche era total. Las nubes negras, que amenazaban lluvia, formaban una densa capa que hacía casi imperceptible la escasa luz de la luna en su fase de cuarto menguante. El fuerte estruendo de un trueno alarmó a los perros, que comenzaron a ladrar desaforadamente. Fuera por el ruido del trueno o por los ladridos de los perros, lo cierto es que Martina se despertó sobresaltada, con las pulsaciones aceleradas, sudorosa y con sensación de sed. A través de la ventana pudo ver cómo un rayo rompía la noche, lo que la impulsó a tirar de la manta y cubrir todo su cuerpo, en posición fetal, en espera del estampido del seguro trueno. Los relámpagos y truenos se sucedían a intervalos casi constantes. A continuación, hizo su presencia la lluvia, que con rabia parecía ensañarse contra los cristales de la ventana. Aunque la sensación de sed iba en aumento, quizás por la sequedad que en la garganta le producía el temor a la tormenta, no se atrevía a salir de su escondrijo.

Antes, cuando él estaba, en situaciones así la abrazaba y la tranquilizaba, pero eso ya no era posible y, mucho menos, deseable. ¡Cómo quisiera retroceder en el tiempo y borrar aquel aciago día, el día negro que marcó su vida!

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