El calor que La Palma lleva debajo

Santa Cruz de La Palma —
31 de mayo de 2026 11:23 h

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En Santa Cruz de La Palma, durante dos días de mayo, el vocabulario habitual de la energía cambió de registro. Nada de placas solares, molinos, facturas o apagones. Las jornadas sobre geotermia celebradas en el Espacio Cultural CajaCanarias pusieron en el centro una palabra antigua y casi volcánica: calor. No el del verano ni el de una caldera, sino el calor profundo de la isla: ese que no se ve, no hace ruido y, si se encuentra en las condiciones adecuadas, puede convertirse en electricidad estable a cualquier hora del día.

La imagen más eficaz no fue una diapositiva. Fue una idea: Canarias puede dejar de mirar al petróleo que llega en barco y empezar a mirar al suelo que pisa. Pero conviene no confundir esperanza con propaganda. La geotermia no es magia; es ciencia, ingeniería, dinero, permisos, riesgo geológico y paciencia administrativa. Es, en términos más sencillos, intentar acertar dónde late una vena caliente a dos o tres kilómetros bajo una montaña. Si se acierta, la isla gana una fuente de energía firme. Si se falla, el agujero cuesta millones y no produce nada.

Una postal limpia con motor de gasoil

Canarias lleva décadas viviendo una contradicción difícil de explicar. Tiene sol, viento, volcanes y una conciencia ambiental creciente, pero su sistema energético sigue atado a combustibles fósiles importados. Joaquín Gurriarán, director de DISA Renovables, puso sobre la mesa el número que resume el problema: el archipiélago depende todavía en torno a un 80% de energía fósil. En 1990 las islas emitían aproximadamente nueve millones de toneladas de COâ‚‚; hoy rondan los 13 millones. El discurso habla de transición; la realidad física sigue llegando al muelle en forma de combustible.

En electricidad algo se ha avanzado, pero la distancia con la Península sigue siendo enorme. Red Eléctrica situó la cuota renovable canaria en 2025 en el 22,7%, frente al 55,5% del conjunto de España. La diferencia no es un matiz estadístico: es la distancia entre un sistema que puede apoyarse en una red continental y otro formado por islas eléctricas pequeñas, frágiles y caras de gestionar. La Palma, además, fue en 2024 una de las islas con menor proporción de generación renovable del archipiélago.

Ahí aparece la geotermia como pieza de otro tipo. Una placa solar trabaja cuando hay sol; un aerogenerador, cuando hay viento. La geotermia, si el yacimiento responde, puede trabajar las veinticuatro horas. No viene a sustituir a la fotovoltaica ni a la eólica; viene a darles estabilidad y completar una arquitectura energética que hoy sigue siendo rehén del barco de combustible.

El primer pinchazo: Vilaflor

La intervención más esperada fue la de Gurriarán, y su valor no estuvo solo en lo que contó sino en el momento: por primera vez Canarias no hablaba de geotermia profunda como posibilidad futura, sino como obra en marcha. En Vilaflor, Tenerife, la perforación ya está en curso con el objetivo de alcanzar unos tres kilómetros de profundidad para comprobar si existe agua y temperatura suficientes para producir electricidad. La meta técnica mínima se sitúa por encima de 150 grados, aunque la rentabilidad mejora notablemente cuando el recurso se acerca a los 250.

Los números dan una idea del tamaño de la apuesta. Cada sondeo puede rondar los diez millones de euros, y la movilización inicial de maquinaria puede superar los dos millones. Cuando la perforadora está en obra, el coste operativo se aproxima a los 100.000 euros diarios. Una parada por un permiso que no llega o una pieza retenida en la aduana no es una molestia burocrática; es una factura capaz de comerse en una semana lo que un ayuntamiento pequeño invierte en varios proyectos. En esa dimensión se entiende por qué la geotermia profunda no despega solo con buenas intenciones.

El programa público de ayudas ha sido decisivo. El IDAE asignó a Canarias 106 millones de euros para impulsar los primeros sondeos de geotermia profunda en España. El ecosistema técnico del proyecto es internacional: empresas saudíes, británicas, supervisores de Nueva Zelanda, equipos islandeses. En la charla se habló de más de veinte nacionalidades operando alrededor de una misma perforación. La geotermia, vista desde fuera, parece un agujero en el suelo. Vista desde dentro, se parece más a una torre de control.

La técnica que lo hace posible es tan exigente como discreta. La broca tricónica no corta la roca como un cuchillo corta pan: la machaca y la desgasta mientras el sistema evacúa los materiales hacia la superficie. El sondeo de Vilaflor, según explicó Gurriarán, rondaba los 403 metros en el momento de las jornadas. La idea es bajar en vertical, proteger los acuíferos mediante encamisado y cementación hasta aproximadamente 1.100 metros, y después dirigir el pozo en diagonal hasta un kilómetro horizontal. No se trata de clavar una pajita recta en un vaso, sino de introducir una sonda que se desvía para buscar el punto exacto sin dañar lo que atraviesa.

La protección del agua fue uno de los asuntos más delicados de las jornadas. Cada sondeo puede necesitar hasta 40.000 metros cúbicos de agua para refrigerar y estabilizar el pozo. En una isla con estrés hídrico, esa cifra suena alarmante. DISA respondió que el sistema recupera y reutiliza buena parte del agua, e incluso afirmó devolver al sistema más de la consumida. Esa afirmación merece seguimiento y datos públicos. La dirección es correcta, pero no basta con decirlo: habrá que medirlo y publicarlo. Anécdotas contadas durante la charla ilustran la dificultad de la operación: una broca rota en los primeros 260 metros por la dureza del terreno; una pieza de diez kilos averiada que obligó a enviar a alguien a Italia a buscarla. En una obra que cuesta 100.000 euros diarios, una caja extraviada deja de ser una caja.

La Palma mira a 2027

Lo más importante para La Palma llegó casi como una fecha escrita en lápiz: si las previsiones se cumplen, DISA quiere empezar el primer sondeo en la isla durante el primer trimestre de 2027. Antes presentará los resultados de Tenerife. Después vendría La Palma, con el objetivo de tener datos suficientes para cumplir el calendario de las ayudas y presentar resultados en 2028.

Conviene decirlo con claridad para no fabricar frustración: esa fecha no significa que vaya a levantarse una central. Una cosa es perforar y otra muy distinta es explotar. Primero hay que demostrar que existen temperatura, agua, presión, permeabilidad y caudal suficientes. Luego viene tramitar, financiar, diseñar, conectar a red y fijar un régimen económico. El interés de La Palma, sin embargo, es evidente. Tras la erupción del Tajogaite, la isla conoce mejor que nadie la fuerza del subsuelo. La paradoja es casi literaria: lo que destruyó casas y fincas también recordó que bajo la isla hay energía. La geotermia no compensa una tragedia, pero puede convertir una herida geológica en una política de futuro.

Sodepal y el estetoscopio del subsuelo

El segundo protagonista de las jornadas fue Sodepal, la empresa pública del Cabildo de La Palma, que introduce una variable clave en el debate: el control público del conocimiento. Sodepal obtuvo derechos sobre 33 cuadrículas en zonas de alto interés científico, en los ámbitos de Mazo y Punta Sur, entre Villa de Mazo y Fuencaliente. En los últimos meses ha impulsado trabajos de exploración superficial para decidir dónde conviene arriesgar el sondeo.

La visita de campo del día 29 mostró una de esas estaciones magnetotelúricas en el Refugio de El Pilar. Para quien no esté familiarizado con el término: es como ponerle un estetoscopio eléctrico a la montaña. Los equipos miden variaciones naturales de los campos eléctrico y magnético de la Tierra; con esos datos, los técnicos construyen modelos de resistividad del subsuelo. Las zonas alteradas por fluidos calientes se comportan de manera distinta a la roca seca. No es una radiografía perfecta, pero reduce el margen de error. Y en geotermia reducir el riesgo equivale a ahorrar millones.

La escena tenía más importancia política de la que parecía: cables extendidos sobre el terreno, sensores colocados con paciencia, técnicos pendientes de señales que el ojo humano nunca vería. Un equipo local formándose, midiendo y acumulando datos evita que La Palma dependa solo de informes ajenos. Si el conocimiento lo producen otros, la isla negocia peor. Si lo produce también la isla, negocia mejor. Sodepal no está solo buscando calor; está construyendo capacidad pública.

El modelo: quién gana si hay éxito

En las jornadas, y especialmente en conversaciones de pasillo, algunos asistentes plantearon dudas sobre el modelo privado de explotación y sobre determinados socios internacionales. Es una crítica que debe formularse con precisión. Que una empresa sea islandesa, británica, saudí o canaria no la hace mejor ni peor por origen. Lo relevante es su experiencia técnica, su transparencia y las garantías que ofrece a un territorio pequeño.

Reykjavík Geothermal, presente en el ecosistema del proyecto tinerfeño, tiene alianzas con TAQA, compañía saudí vinculada al fondo soberano de Arabia Saudí. Ese dato no invalida un proyecto, pero sí obliga a hacer preguntas adultas: quién decide, quién financia, quién asume pérdidas, quién gana si hay éxito y qué información será pública. El sector privado aporta algo que el público muchas veces no tiene: velocidad, músculo financiero y capacidad de asumir riesgo. El sector público aporta algo que el privado no debe sustituir: legitimidad democrática y defensa del interés general. La geotermia necesita a los dos. Pero si el equilibrio se rompe, el resultado puede ser el habitual en estas latitudes: los riesgos se socializan y los beneficios se privatizan. En una isla pequeña, eso se nota antes.

El espejo más útil quizá sea São Miguel, en Azores. Allí la geotermia lleva décadas funcionando con centrales relativamente pequeñas, integradas en el territorio y ligadas a una empresa pública regional. La energía geotérmica cubre ya cerca de un tercio de la electricidad de la isla, y las ampliaciones aspiran a la mitad. La lección es triple: no hace falta una macrocentral para cambiar el sistema de una isla; una planta geotérmica no tiene por qué parecer una refinería; y si el recurso se gestiona con una entidad pública fuerte, el beneficio puede notarse en la factura de los hogares. El calor del subsuelo no lo fabricó nadie, no lo importó ninguna compañía. Está ahí porque la isla es la isla. Parece razonable, entonces, que, si un día produce electricidad, su valor revierta de forma directa en la ciudadanía.

El agujero no está en el suelo

El gran vacío regulatorio no está bajo tierra, sino en el BOE. Las empresas que investigan geotermia en Canarias aún no saben con claridad cómo se retribuirá la electricidad si los sondeos tienen éxito. Sin un régimen económico específico, el inversor no puede calcular el retorno de una inversión que puede superar decenas de millones de euros antes de vender un solo kilovatio. Esta incertidumbre no es un capricho empresarial; es una condición básica de cualquier infraestructura energética.

El otro enemigo es la tramitación lenta. Canarias ha demostrado muchas veces una capacidad sorprendente para convertir una oportunidad en un expediente interminable. En geotermia, perder tiempo no es neutro: puede hacer caer ayudas, encarecer equipos y romper calendarios. Si el Gobierno de Canarias quiere que esto salga bien, debe acompañar con agilidad y ventanillas claras. Agilidad no significa barra libre; significa que cada administración sepa qué tiene que pedir, cuándo y para qué.

Existe, además, un asunto que no debería quedar sepultado bajo la épica de los tres kilómetros: la geotermia de baja temperatura. Para producir electricidad se buscan recursos de alta entalpía, normalmente por encima de 150 grados. Pero para calentar agua no hace falta tanto. Un recurso a unos 80 grados puede tener usos directos muy valiosos: agua caliente sanitaria, piscinas, instalaciones turísticas, invernaderos. Todo kilovatio térmico obtenido del subsuelo es electricidad que se deja de consumir. La baja entalpía suele ser más sencilla, más barata y menos arriesgada. No dará titulares tan grandes, pero puede dar resultados antes. A veces la revolución energética no empieza con una turbina, sino con una ducha caliente que no depende de una resistencia eléctrica.

El comienzo de una prueba

Las jornadas de CajaCanarias dejaron una sensación rara y valiosa: por primera vez en mucho tiempo, La Palma no estaba hablando solo de reparar daños, sino de diseñar futuro. En el Refugio de El Pilar, unos cables extendidos sobre la tierra parecían poca cosa. Pero quizá estaban escuchando una pregunta enorme: si debajo de la isla hay calor suficiente para cambiar su destino energético, ¿seremos capaces de convertirlo en soberanía y no solo en negocio?

El primer pinchazo, si llega en 2027, no será el final de nada. Será el comienzo de una prueba. La prueba técnica de si hay recurso. La prueba administrativa de si Canarias sabe tramitar sin desesperar. La prueba política de si La Palma quiere ser espectadora o protagonista. Y la prueba moral de si una energía nacida bajo sus pies puede acabar aliviando la factura de quienes viven sobre ellos.