El lenguaje oculto del Tajogaite: una nueva era en la predicción volcánica

Santa Cruz de La Palma —
24 de enero de 2026 10:36 h

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La tierra en Canarias no es solo suelo; es un organismo vivo que, de vez en cuando, decide recordarnos que estamos aquí de alquiler. Lo vivimos en el alma aquel 19 de septiembre de 2021, cuando el lomo de la Cumbre Vieja se rasgó para dejar salir el fuego. Pero, ¿y si les dijera que el volcán no gritó de repente? ¿Y si resulta que el Tajogaite llevaba horas, incluso un día entero, avisándonos con una firma matemática clara de que el desastre era inminente?

Un reciente estudio publicado en la prestigiosa revista Nature Scientific Reports    (Anticipating volcanic eruptions using rescaled range analysis of volcano-tectonic seismicity) ha puesto sobre la mesa una verdad que escuece tanto como el azufre: la tecnología actual, aliada con la Inteligencia Artificial, ya es capaz de predecir el momento crítico de una erupción con una antelación que hasta hace poco nos parecía ciencia ficción.

Vamos a desgranar, como quien limpia un racimo de uva en una bodega de Fuencaliente, cómo la ciencia está logrando “leer” el interior de nuestra tierra y qué significa esto para nosotros, los canarios, que convivimos con el gigante dormido bajo los pies.

El idioma secreto de los volcanes

Para entender esto, ustedes no necesitan ser ingenieros ni vulcanólogos de la NASA. Imaginen que el volcán es una cafetera puesta al fuego. Antes de que el café empiece a salir a borbotones, la cafetera hace ruidos, vibra, suelta un poquito de vapor. El problema es que, en un volcán, esos ruidos, que los científicos llaman “señales sísmicas”, se mezclan con el viento, con el oleaje del Atlántico y con el propio ajetreo de la isla. Es un ruido caótico.

Hasta ahora, los expertos miraban el RSAM (Real-time Seismic-Amplitude Measurement), que básicamente es el volumen de ese ruido. Si el volumen subía mucho, pues “ojo, que esto puede reventar”. Pero era una cuenta a ojo, muy dependiente de la experiencia del técnico de turno.

Lo que este nuevo estudio propone es algo mucho más fino. Han usado lo que llamamos Machine Learning o aprendizaje automático. Imaginen que entrenamos a un ordenador para que, en medio de un estadio lleno de gente gritando, sea capaz de detectar el susurro específico de alguien que está a punto de encender una bengala. El ordenador no solo mira el volumen, sino el patrón, la textura del sonido.

El “Punto de No Retorno”

El estudio analizó 12 erupciones en todo el mundo, desde Alaska hasta nuestra querida La Palma. Y descubrieron algo: antes de que la lava rompa la superficie, el sistema entra en un “estado crítico”. Es como cuando estiras una goma elástica; llega un punto en que la física cambia y sabes, con certeza matemática, que se va a romper.

Los investigadores aplicaron un algoritmo que detecta la “transición de fase”. En términos que todos entendamos: es el momento exacto en que el magma deja de pelearse con las rocas subterráneas y gana la batalla. A partir de ahí, la erupción no es una posibilidad, es una certeza. Y lo más importante: este modelo avisó con una antelación de entre 12 y 24 horas en la mayoría de los casos.

La Palma, 2021: el aviso que estaba ahí

Aquí es donde la noticia nos toca la fibra y nos obliga a hacernos preguntas jodidas. El estudio es cristalino al analizar lo que pasó en el Tajogaite. Según los datos procesados, el sistema mostró señales claras de que la erupción era inevitable mucho antes de que se abriera la primera boca en la zona de Cabeza de Vaca.

Si recordamos aquellos días de septiembre, la incertidumbre era total. Se sabía que había un “enjambre sísmico”, que la isla se estaba inflando (deformación), pero el mensaje oficial a la población era de “calma, estamos vigilando”.

Con los conocimientos científicos de los que se dispone hoy, este modelo muestra que habría sido posible identificar con enorme precisión el momento crítico en el que la erupción se volvió inevitable. Y es ahí donde aparece la implicación social más dolorosa: la posibilidad de haber evacuado con mayor antelación las zonas urbanas que después fueron arrasadas por la lava, como el barrio de Todoque o Las Manchas.

Ustedes saben bien cómo fue. La gente salió con lo puesto cuando el volcán ya estaba escupiendo fuego. Muchos tuvieron apenas quince minutos para meter su vida en una manta o en el maletero de un coche viejo. Se perdieron fotos, escrituras, recuerdos de abuelos, hasta las cenizas de los difuntos que descansaban sobre las chimeneas.

Si este sistema de predicción se hubiera aplicado con la confianza necesaria, ese margen de 24 horas habría sido la diferencia entre salir corriendo con el miedo en el cuerpo o haber podido fletar camiones para vaciar las casas con dignidad. No hablamos de salvar las paredes, el volcán se las iba a llevar igual, hablamos de salvar el patrimonio emocional de miles de palmeros.

¿Por qué no se evacuó antes?

Mirando hacia atrás, es fácil ser capitán después de la tormenta, es fácil ser el capitán a posteriori. Los científicos del PEVOLCA (el plan de emergencias) tenían una presión monumental. Evacuar a miles de personas es una decisión política y social que puede hundir una economía si al final no pasa nada. Existe el miedo al “falso positivo”.

Pero lo que este artículo de Nature nos dice es que la ciencia ya no está para “adivinar”, sino para calcular. El modelo no se basa en corazonadas, sino en la física de los sistemas complejos. La implicación es clara: la gestión de emergencias en Canarias tiene que dar un salto de gigante. Ya no basta con mirar si la tierra tiembla; hay que aplicar estos algoritmos de aprendizaje profundo en tiempo real.

La importancia de mirar hacia el futuro

Ustedes se preguntarán: “¿Y ahora qué? El volcán de La Palma ya se apagó”. Sí, pero vivimos en un archipiélago volcánico. Tenerife, El Hierro, Lanzarote... la actividad no se detiene.

La importancia de este avance científico es que nos regala tiempo. Y el tiempo en vulcanología es vida y es memoria. Si podemos predecir con 20 horas de antelación el punto exacto de ruptura, las autoridades no tienen excusa para no tener, a partir de ahora, un plan de evacuación de bienes materiales, no solo de personas.

Imaginen lo que habría significado para un vecino de Todoque saber el sábado, con seguridad, que el domingo la tierra se iba a abrir. Habría llamado a sus primos, habrían cargado los muebles, las herramientas, los cuadros. La tragedia económica y psicológica habría sido mucho menor.

Un pacto con nuestros volcanes

Como buenos canarios, sabemos que no podemos evitar que la tierra se abra. Es el precio que pagamos por vivir en estas islas afortunadas que nacieron del fuego. Pero lo que este estudio nos demuestra es que no tenemos por qué ser víctimas pasivas de la incertidumbre.

La ciencia está cumpliendo su parte: descifrar el rugido del monstruo. Ahora nos toca a nosotros, y especialmente a quienes nos gobiernan, cumplir la suya. Debemos exigir que estas herramientas se integren en nuestros sistemas de vigilancia. Que la próxima vez que el suelo bajo nuestros pies empiece a murmurar, estemos escuchando con los mejores oídos que la tecnología nos puede dar.

El Tajogaite nos dejó una cicatriz negra que tardará tiempo en borrarse. Que al menos esa herida sirva para que, cuando el próximo volcán decida despertar, porque despertará, no les quepa duda, no nos coja desprevenidos. Porque en esas 24, 48 horas de aviso que nos promete la ciencia, cabe toda la dignidad de un pueblo que se niega a perderlo todo bajo la lava.

No podemos pedirle a la naturaleza que sea amable, pero sí podemos exigirnos a nosotros mismos estar preparados. La ciencia ya ha dado el paso más difícil: ha aprendido a escuchar el lenguaje profundo de los volcanes y a traducirlo en horas de aviso, en margen de reacción, en dignidad frente a la catástrofe. Ahora la responsabilidad es nuestra. Integrar estos avances en la gestión real de las emergencias no es una opción técnica, es un compromiso moral con las generaciones que vivirán sobre estas islas. Porque cada hora ganada no es solo una cifra en un modelo matemático: es una casa que se vacía con calma, un álbum de fotos que no se pierde, una historia familiar que no queda sepultada bajo la lava. La ciencia nos ha regalado tiempo. No desperdiciarlo es la verdadera lección del Tajogaite. Ahora nos toca a nosotros aprender la lección para que el próximo “día después” sea un poco menos amargo.