El alumnado del municipio más pequeño de Gran Canaria se convierte en referente en la integración de los menores migrantes
En la puerta del único instituto de Firgas (Gran Canaria) una de sus alumnas espera cada mañana a sus compañeros de clase que han migrado solos a Canarias desde el continente africano. Se le ha encomendado la tarea de ser su figura de apoyo. Este centro educativo, con 34 menores no acompañados, se ha convertido en referencia en todo el Archipiélago en materia de integración y ha hecho de sus clases un espacio seguro y de enriquecimiento cultural: “Es una gran oportunidad que en las aulas haya alumnado migrante. Porque la educación no solo va de currículo, también va de emociones y de los diferentes valores para la vida”, subraya Yaiza Dévora Zerpa, coordinadora de integración del alumnado migrante.
Hace tres años, este centro de educación secundaria comenzó a experimentar la realidad migratoria que se vivía en otras partes de las Islas. En pocos meses, recibieron a una veintena de alumnos de diferentes países africanos que habían migrado sin su familia. De repente, en el centro se empezó a escuchar bambara, soninké y wolof y los pupitres pasaron a ser compartidos por niños de diferentes realidades. Zerpa recuerda aquellos primeros momentos marcados por la desorientación y la confusión: “Me di cuenta de que teníamos que hacer algo y, ¿cómo hacemos algo? Pues uniendo”, reconoce. Así se puso en marcha el comité de interculturalidad, compuesto en sus inicios por dos alumnos de cada clase, a quienes se les encargó la tarea de hacer la acogida de sus compañeros migrantes. “Lo veíamos como un reto prácticamente imposible, pero hemos aprovechado esa debilidad y la hemos convertido en una oportunidad”, matiza María José Hernández, la directora del centro.
Con la estructura del comité de interculturalidad, el menor extranjero tiene una figura de referencia en el aula, quien le ayuda con las tareas, el idioma, el horario, con el uso de la plataforma educativa online, le presenta a sus compañeros, lo acompaña en los cambios de clase y supervisa que no se produzca ninguna situación de discriminación dentro de la clase. Tres años después, 56 alumnos y alumnos, entre canarios y extranjeros, y doce profesores están integrados en el comité. “Con esa comisión de acogida, lo que se busca es que el alumno que llega nuevo, ya sea de nacionalidad extranjera o no, pero normalmente son alumnos extranjeros, pues se sienta cómodo, no solo dentro del aula, sino también fuera ”, aclara Dévora.
“Yo empecé a ayudarlos porque me parecía que todos tenían que ser iguales, bien integrados y al mismo nivel que el resto”, cuenta Lucía, que tiene 15 años y ha empezado este curso en el comité. Ella los apoya cuando no entienden algunas palabras del castellano o alguna explicación de la clase y los espera cada mañana para entrar juntos. Su implicación ha ido más allá y relata que ha tenido que intervenir cuando ha presenciado acciones racistas contra alguna de sus compañeras en su anterior equipo de fútbol. Uno de los valores del comité, según varias de sus integrantes, es que los alumnos locales son los ojos que también miran lo que ocurre fuera del centro. También han aprendido a no permanecer callados ante una situación que consideran injusta. Así hace también Liam, de 14 años, y con una gran sensibilidad. Juega al fútbol por las tardes en un equipo en el que también hay menores no acompañados. “En mi equipo de fútbol he tenido que decir a varios de mis compañeros que no les estén diciendo cosas malas a la cara porque se pueden sentir mal”, confiesa.
Uno de los momentos más complicados para muchos adolescentes es el primer día de clase. Awa, una chica senegalesa de 18 años que llegó sola hace tres a Gran Canaria, lo recuerda con mucha vergüenza. Sin embargo, cuenta que ahora se siente completamente diferente a aquel primer día, ya que tiene amigas que están pendiente de ella, con quienes juega y se ríe. Demba (nombre ficticio) reconoce que se integró en el comité para evitar que otro niño se sintiera como él en su primer día de clase. Es de Senegal, tiene 14 años y es muy bueno en los juegos de lógica y matemáticas y en el dibujo. Tiene muy claro que el profesorado del centro ha sido clave en su adaptación: “Nos tratan como sus hijos”, dice rotundo. Otra de las integrantes del comité, Astrid hace una comparativa con su anterior centro, donde el alumnado extranjero y canario estaba separado, y aquí, en cambio, “todos se conocen y se quieren”. El acompañamiento también llega al patio y a los cambios de clase, donde es fácil ver cómo se saludan con abrazos y bromas. Otra de las componentes del comité, Naisiri, que ahora tiene 14 años y lleva tres en el proyecto, hace su propio resumen: “Al instituto venimos todos a estudiar y a pasarlo bien, no a estar solos”.
El centro recuerda muy bien el día que dejaron de asistir doce niños malienses que recibieron la orden de traslado a la Península. Liam cuenta que tuvo que salir de la clase sobrepasado por la emoción y aunque sabía que el uso del móvil está prohibido en el centro, lo tuvo que coger para poder despedirse de ellos. Naisiri revela que sigue manteniendo contacto con ellos para saber cómo están, hace videollamadas, que los felicita por sus cumpleaños y que a uno de ellos le hizo un vídeo con imágenes de sus compañeros y profesores: “Que sepan que aunque están lejos, los seguimos recordando”, recalca la alumna.
“Ellos también nos ayudan a nosotros”
Los integrantes del comité, desde el alumnado al profesorado, reconocen que esta experiencia les ha supuesto un aprendizaje. Los adolescentes canarios resaltan que han aprendido valores y a hacerlos extensibles a todo el mundo: “El cariño es cariño aquí en Pekín y que todas las personas tenemos valores y merecemos el mismo respeto independientemente del color de piel, nacionalidad o idioma”, apunta Lucía. Liam señala que este camino de la interculturalidad es bidireccional y aunque pueda parecer que el entorno actual les enseña más a los adolescentes extranjeros, también hay un aprendizaje por parte de la persona local: “Nosotros no solamente los ayudamos, sino que ellos también nos ayudan a nosotros”, señala. Alexander, otro de los componentes del comité, detalla que ha aprendido a saludar en wolof y Aitor, un adolescente que el año curso pasado dirigió un corto protagonizado por una menor migrante, confiesa que gracias a esta experiencia ha podido ser más consciente de las realidades migratorias: “Uno realmente no se da cuenta de la gravedad de los problemas que ellos afrontan y cuando uno los ve con sus propios ojos, uno aprende lo jodido que es”, subraya.
Según la directora y la coordinadora del proyecto, también se han visto reforzadas la empatía, la sensibilidad y la educación emocional. Compartir aula con realidades diversas, les ha hecho cambiar la mirada y no dar nada por supuesto: “Le dan consejos. Por ejemplo, un alumno les decía a sus compañeros que cuando lleguen a su casa abracen a su madre porque él no tenía esa oportunidad. Entonces, le dan valor a lo que realmente lo tiene, a las cosas cotidianas”, puntualiza Dévora. Pero además, aprenden palabras en otras lenguas, sobre otras culturas, se enriquecen los conocimientos en geografía al tener alumnado de otras partes del mundo, en música se mezcla instrumentos como el timple con la percusión africana y, a nivel lingüístico, es una ventaja contar en el aula con alumnado nativo en inglés y francés. Además, este diciembre organizarán en el centro las navidades en el mundo, para mostrar cómo se celebra esta festividad en otros contextos diferente al español. “El centro sin la interculturalidad no sería lo mismo”, subraya su directora.
Para el profesorado y la coordinadora de proyecto, una de los ingredientes del éxito es el trabajo sobre una base emocional para ir después avanzando hacia la adquisición de los conocimientos académicos. En el centro, realizan tutorías individuales o conjuntas con el alumnado migrante para conocer su estado anímico y trabajar con ellos las emociones. Dévora es muy consciente de que estos menores se encuentran lejos de sus familias y al mismo tiempo cargan con una mochila llena experiencias que han podido ser traumáticas. Además, han creado el aula de enlace donde una profesora ayuda con competencias básicas principalmente al menor que no ha sido alfabetizado. “Lo que intentamos fue, además de ayudar al profesorado a adaptar el material de aula, a mostrarle que había que alejarse un poquito del currículo, y centrarse en otras cosas, como son las emociones, conseguir que ese alumnado confiara en el profesorado porque venía muy asustado y no hablaba”, incide Dévora.
La buena convivencia en las aulas se traduce en buenos resultados académicos. “Una de las cosas de las que más me siento orgullosa de este centro es haber aprovechado algo que para muchos hubiese sido un momento de bajón. Se creía que el centro iba a bajar el nivel y, justamente, nosotros, al contrario, nos hemos reinventado y hemos crecido”, aclara Hernández. Awa quiere estudiar ingeniería o arquitectura y progresó tan rápido con el español que el centro solicitó que se le trasladara de 1ª de la ESO a 2º en el mismo año académico. Ahora está en 4º con posibilidades de titular. Si embargo, en la vida de un joven que migró sin su red familiar, se suman nuevos obstáculos. “Awa ha tenido que salir del centro de acogida en el que estaba e irse un piso tutelado. Empezó este curso estando en Arinaga (a más de 30 km de Firgas) y se levantaba a las 4 y media de la mañana para poder llegar aquí a clase todos los días”, cuenta Alicia, otra de las integrantes del comité, quien añade que tras una petición del centro, ahora está en un piso tutelado en Las Palmas. Dévora tiene más casos de menores que partiendo de un absoluto desconocimiento del idioma español han ido titulando estos cursos anteriores en una clase ordinaria o han finalizado sus ciclos de formación. “Todo el camino que hemos ido recorriendo, ahora estamos recogiendo las recompensas”, comenta la coordinadora.
En una línea similar, se trabaja desde la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias. El coordinador del Área de Atención a la Diversidad, Luis Brito, remarca que se trabaja en generar recursos concretos que garanticen que “la escuela sea el primer espacio de seguridad y acogida para quienes llegan”. Para ello, ya en 2006 se puso en marcha el programa de apoyo idiomático, con el que se presta un apoyo individualizado al alumnado no hispanohablante hasta que haya adquirido un dominio suficiente para seguir las clases ordinarias. En la actualidad, 3.236 alumnos reciben apoyo idiomático, entre los cuales no solo se encuentra población procedente de países africanos, sino también extracomunitarios y europeos. Al mismo tiempo, están las aulas de acogida en las que se trabaja más desde el aspecto cultural, y que están presentes en cinco centros de Canarias. De la misma manera que defienden las integrantes del comité de interculturalidad de Firgas, Brito considera que el primer trabajo a realizar con el alumnado extranjero debe partir desde las emociones: “Lo primero es la acogida, después conocer nuestra cultura y la interculturalidad, que se alimenten unos de los otros. Y con ello, se pasa a un segundo grado, que es el nuestro currículo”, enumera.