Nunca había visto el mar y fue acusado de ser patrón de patera: “Entré en la cárcel injustamente y salí por justicia”

Alicia Justo

Las Palmas de Gran Canaria —
2 de abril de 2026 05:31 h

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El 6 de abril de 2024, tuvo que ser un día feliz para Toumany (nombre ficticio para preservar su identidad). En 2020 y con 14 años, se marchó de Mali, su país de origen, atravesó Senegal, Mauritania y finalmente Marruecos, de donde salió una noche en medio de la voracidad del Atlántico. Junto a 49 personas más, la neumática precaria que los trasladaba llegó a Fuerteventura después de un día de viaje. Sin embargo, a pesar de que nunca había visto el mar hasta que llegó a Marruecos, cuatro días después del desembarco estaba en prisión acusado de ser el encargado de pilotar la embarcación. “¿Por qué? Era la única palabra que se repetía en mi cabeza. Yo ni sabía lo qué era ser patrón de patera”, recuerda en una entrevista concedida a este periódico unos meses después de salir de la cárcel. 

Toumany fue absuelto en diciembre del año pasado en una de las pocas sentencias exculpatorias para los migrantes que han sido acusados de pilotar embarcaciones desde África hasta las Islas Canarias. En 2024, La Sección Primera de la Audiencia Provincial de Las Palmas, en una sentencia de la que fue ponente la magistrada Victoria Rosell, también absolvió a los acusados valorando conjuntamente todos los elementos probatorios expuestos y analizados, concluyendo que el tribunal albergaba “una duda razonable de si los acusados eran los patrones de la embarcación, o si, como sostienen ellos, eran uno más de las 48 personas que pagaron dinero a una organización mafiosa para realizar la travesía desde Marruecos a España. Y esta duda nos obliga, en virtud del principio in dubio pro reo, a absolver a los acusados del delito de favorecimiento de la inmigración ilegal que se les acusa, al no disponer de una convicción fundada de culpabilidad con respecto al delito”.

En la sentencia de Toumany, la Sección Sexta de la Audiencia Provincial de Las Palmas concluyó que no era posible acreditar que el joven y otro compañero fueran los encargados de dirigir a la tripulación. Para el tribunal no eran suficientes los testimonios de dos testigos protegidos. Uno de ellos declaró por videoconferencia durante el juicio, pero el otro solo prestó declaración durante la investigación inmediata al desembarco, la denominada prueba preconstituida. La sentencia estimó que ambas declaraciones, que no venían acompañadas de otras pruebas, no podían desvirtuar la presunción de inocencia.   

“El día que entré en la prisión de Tahiche, Lanzarote, solo pensaba que era injusto, que por qué yo, que me estaban echando la culpa de ser algo que yo no era”, expresa Toumany. El joven remarca que desde ese instante se propuso aprender español para poder defenderse el día del juicio: preguntaba a sus compañeros de prisión por el nombre de los objetos, leía, escribía y también mataba el tiempo haciendo deporte y jugando al fútbol para despejar su mente. “Si cogí el riesgo de atravesar el mar, sabía que tenía que continuar. De hecho, nunca sentí que iba a tirar la toalla”, rememora.

Siempre tuvo claro que no aceptaría el acuerdo de conformidad, por el cual muchos jóvenes como él se declaran culpables para evitar el riesgo de pasar más años en prisión. “Algunas personas me recomendaron que aceptara, pero me iba a costar mucho aceptar algo por lo que yo no soy culpable, porque ¿cómo voy a culparme a mí mismo? No, no lo iba a hacer. Había que luchar por mi inocencia”, resalta. 

La conformidad ha terminado de enterrar a muchos jóvenes migrantes que están en prisión acusados por este delito. Aceptar su culpabilidad implica no sólo renunciar a su derecho a la defensa, sino que además, una vez libres, deben esperar cinco o seis años para poder solicitar la autorización de residencia y trabajo en España, ya que uno de los requisitos para la regularización es carecer de antecedentes penales. 

A Toumany le movía la verdad de lo que había pasado y su fe en dios. Esta perseverancia tuvo sus frutos el día del juicio. La Audiencia no sólo lo absolvió, sino que, además, tal y como recoge la sentencia, advirtió de que existían “indicios de la utilización de los tres subsaharianos por parte de los magrebíes, evitando atribuir responsabilidad alguna a ciudadano de este origen”. 

El fallo también recoge que las declaraciones de ambos testigos se basó en el color de piel, ya que “señalaban a las personas de piel oscura”. Por su parte, agentes de la Policía declararon en este sentido que las mafias utilizan a jóvenes subsaharianos para evitar enfrentamientos entre los grupos o mafias y para que los marroquíes eludan la cárcel. 

El joven maliense pagó por este trayecto unos 3.000 euros y recuerda una travesía corta, pero donde se daban órdenes y había gritos. Los que pilotaban iban en la parte trasera de la neumática con el rostro cubierto, dejando sólo visible los ojos y la nariz, mientras que el resto tenía que permanecer sentado mirando hacia el frente. “Si uno intenta mirarlos, te puede pasar algo malo”, apunta. Poco antes de llegar, le dieron la orden de que se levantara y se trasladara a la parte trasera. “Yo, cuando hablaron conmigo para desplazarme e ir hacia atrás, dije, pero ¿por qué? Si todo el camino yo he estado sentado aquí. Y me dijeron: es una orden. Y lo tuve que hacer. Yo y los dos senegaleses”, relata. 

“A día de hoy me siento orgulloso de que he podido luchar por mi inocencia y de la gente que he tenido, los que me apoyaron para salir de esta situación”, destaca. Una de las personas que más le ha ayudado ha sido su abogada, Louelia Sid Ahmed Ndiaye, quien cuestiona las investigaciones exprés que determinan la culpabilidad de personas que no han manejado un timón en su vida. La abogada corrobora que la situación que ha vivido Toumany es uno de los escenarios posibles a los que se enfrentan los investigadores y que es complicado resolver en las poco más de 72 horas de identificación en que el migrante permanece entre el puerto y el Centro de Atención Temporal de Extranjeros (CATE) antes de ir al recurso de acogida. “Es prácticamente imposible o inviable para la Policía Nacional y para Frontex obtener esta información en un día, en dos días, en un CATE”, subraya.  

Además, estas declaraciones se obtienen en un contexto de vulnerabilidad máxima, tal y como denuncian las organizaciones humanitarias, ya que en muchas ocasiones la persona que ha migrado acaba de vivir situaciones de violencia o ha estado en peligro de muerte. 

Por ejemplo, Toumany reconoce que le ha marcado haber permanecido dos semanas en el desierto a la intemperie sin apenas comer ni beber con la amenaza constante de los integrantes de la mafia. El resultado de estas investigaciones inmediatas puede dar lugar a acusaciones erróneas. “Encontrar la realidad material y poder probar quién es realmente el patrón de la embarcación es complejo y por eso cada vez vemos más sentencias absolutorias en Canarias”, señala la abogada.

Sid Ahmed detalla que las pruebas usadas en contra de los migrantes se basan en el atestado policial que recoge las entrevistas realizadas tras el desembarco y que pueden incluir pruebas materiales como fotografías o volcados de teléfono y después en las declaraciones de los testigos protegidos. La abogada reconoce que hay ocasiones en que las pruebas acusatorias van desde que el migrante dio de comer a sus compañeros de travesía o que la persona vino documentada, por ejemplo, con el carné de conducir de su país. En cualquier caso, para ella estas condenas no sirven para desmantelar las grandes mafias de tráfico de personas: “La realidad es que las personas y el negocio de las fronteras va a seguir moviendo a las personas mientras de manera sistemática impidamos que la gente pueda venir por las vías seguras”, sentencia.

Toumany salió de prisión preventiva después de un año y ocho meses. “Entré en la cárcel injustamente y salí por justicia”, recuerda que fue el primer pensamiento que le vino a la cabeza tras pasar el umbral de la puerta de salida. Ahora sueña con seguir jugando al fútbol, encontrar un trabajo que le permita tener una estabilidad y poder ayudar a su abuela, la persona que lo crió en Mali y que ya es mayor y está enferma. Confiesa que aunque aún está muy reciente su paso por prisión, tiene ganas y voluntad de dejar este episodio atrás: “En la vida el tiempo no se para. Cuando te ocurre algo, una vez que se pasa, hay que intentar hacer otras cosas para avanzar en la vida”, concluye.