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Abascal el que no vote

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Durante mucho tiempo se nos ha hecho creer en Occidente que el fin de la civilización dependía de los malvados comunistas de Rusia o de China, pero era mentira. El fin de la civilización occidental puede provenir de su máximo representante, el más poderoso, el Ajax de todos los detergentes, el perejil de todas las salsas: Estados Unidos.

En ese momento no se cayó en que el líder de la mayor potencia mundial y máximo representante de la civilización occidental podría ser un loco peligroso e inmoral, un tipo patético que se asusta cada mañana él mismo cuando se mira al espejo. 

Hace unos días amenazó con acabar en una sola noche con la milenaria civilización persa sin bajarse del coche. Una civilización muy anterior a la grecolatina y admirada por Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de Estados Unidos. La primera carta conocida de los derechos humanos, grabada en el Cilindro de Ciro, se remonta a 2.500 años atrás en el Imperio Persa. 

Los persas ya eran civilizados antes de que un incivilizado llegara a la Casa Blanca. Trump debe creer que su amenaza bélica sería un motivo más para otorgarle el Premio Nobel de la Paz. Está tan mal del tarro que aún se cree firme candidato para ganar ese otrora prestigioso galardón que con el tiempo se ha ido desprestigiando.

El peligro no es Rusia, China o Irán. El peligro mundial está en Washington y radica en un viejo ególatra que cree que el mundo es suyo y puede hacer con él lo que le plazca. Un lunático que llama lunático al infame régimen iraní. Ambos compiten por ser el más lunático del universo. Surrealista. 

Creer que Donald Trump es el referente del pacifismo mundial es como imaginar que Santiago Abascal merece la medalla de oro al trabajo, que Feijóo es candidato al mejor orador o que Ayuso amerita el reconocimiento a la cordura política.

La oposición española se alinea con Donald Trump antes que con Pedro Sánchez, prefiere al loco imperialista americano al presidente de España porque para los patriotas de hojalata es más importante atacar a tu presidente si es socialista que enfrentarse al que se cree dueño del mundo mundial y te trata como un vasallo.

El patriotismo de la derechona española consiste en descalificar a tu propio país al tiempo que aplaudes como una foca al ultranacionalista de la Casa Blanca. El ultranacionalismo español de Vox hace que este partido sea el único que no condena los cánticos racistas en los campos de fútbol.

Los puristas dicen que esos gritos de los cretinos en los estadios no es racismo porque la religión musulmana no pertenece a una raza determinada. En realidad no solo es racismo sino también clasismo porque a los ultras solo les molestan los migrantes pobres. Musulmán el que no bote, gritaban en manada, pero eso no afecta a los ricos multimillonarios de los petrodólares ni a los futbolistas que te hacen Campeones de Europa. En este caso sí son españoles, muy españoles y mucho españoles, emulando a M. Rajoy. 

La oposición ha sido incapaz de condenar la retención y humillación de un militar español de Naciones Unidas en Líbano por parte de militares israelíes. La portavoz del PP, Esther Muñoz, tuvo el cuajo de decir alegremente que ella ha sido retenida más tiempo en un control de tráfico, banalizando el maltrato a un casco azul que además es compatriota. 

Ese es el patriotismo de hojalata de la derecha lacaya española que rinde tributo constante a los poderosos del mundo, achantándose siempre ante los fuertes y abusando de los débiles. Para el PP y Vox, el patriotismo español consiste en llevar una pulsera rojigualda en la muñeca o un gato de juguete en el coche cantando el Cara al Sol.

Musulmán el que no vote, gritan los ultras descerebrados, valga la redundancia. Abascal el que no vote, canta el resto de los españoles. Patriotas de hojalata lamebotas de Donald Trump frente a patriotas a secas.