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El agua siempre encuentra su camino

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Este final de invierno y comienzo de primavera en Canarias nos ha dejado una estampa que, aunque cíclica, no deja de sorprendernos, lluvias intensas, barrancos que despiertan con fuerza, escorrentías que atraviesan calles y avenidas, y un mar que, en determinados días, se sacude con energía suficiente como para recordarnos que sigue vivo. Lo llamamos borrascas, fenómenos adversos o episodios excepcionales, pero en realidad, nada de esto tiene demasiado de extraordinario.

El agua ha hecho lo que siempre ha hecho. Cuando llueve, el territorio habla. Los barrancos, muchos de ellos enterrados, canalizados o invadidos, reaparecen. Las pendientes se activan, las cuencas se comportan como tales y los caminos naturales del agua se imponen sobre el asfalto, el cemento y la planificación que decidió ignorarlos. No es el agua la que invade; son quienes han ocupado sus rutas durante décadas.

Algo similar ocurre en la costa. Cuando el mar se embravece y golpea paseos, carreteras o edificaciones, se interpreta como una amenaza externa, casi como si se tratara de una anomalía. Pero el mar tampoco se equivoca. Simplemente vuelve a ocupar espacios que le pertenecían, espacios que han sido ganados, poco a poco, desde una lógica de dominio que rara vez ha tenido en cuenta los equilibrios naturales.

El problema, por tanto, no es la lluvia ni el oleaje. No es el agua. El problema es la forma en la que se ha construido y gestionado el territorio. Durante demasiado tiempo, quienes toman decisiones han construido de espaldas a la naturaleza, convencidos de que la técnica, la urgencia o el interés económico podían sustituir al respeto. Han estrechado barrancos, urbanizado laderas, rigidizado costas y, en ese proceso, han olvidado algo esencial, el agua no desaparece, solo espera.

Cada episodio como los vividos estas semanas debería servir como recordatorio colectivo. No como una alarma pasajera que se disuelve cuando sale el sol, sino como una oportunidad para repensar cómo se habitan estas islas. Porque lo que hoy se llama catástrofe no es más que el resultado acumulado de decisiones tomadas durante años.

Y, sin embargo, todo apunta a que se volverá a hacer lo mismo. Cuando amaine el tiempo, cuando se limpien las calles y se reparen los daños, regresará la rutina y, con ella, el olvido. Hasta la próxima lluvia, hasta el próximo golpe de mar.

Conviene decirlo con claridad, el agua no es el enemigo. Nunca lo ha sido. El agua es vida, equilibrio, memoria del territorio. Lo que genera el riesgo, lo que convierte episodios naturales en situaciones de emergencia, es la falta de respeto hacia esa lógica y la soberbia de quienes creen que pueden domesticarla sin consecuencias.

El agua siempre es buena.

Lo que falla es la forma en que se ocupa el territorio.