Por la boca muere el pez
Dicen los entendidos en cuestiones de lenguaje que el aspecto sonoro de las palabras (el significante) no pasa de ser otra cosa que un mero instrumento para transmitir el concepto (significado) que estás implican, que es su componente fundamental. La función principal de las lenguas naturales es comunicar contenidos, no producir música o ruido. Y no cabe ninguna duda de que así es; que el significante de las palabras es un mero instrumento del significado, que constituye su verdadera alma. Así, en el verbo “dar”, por ejemplo, lo importante no es la melodía de su significante, constituido por la combinación silábica consonante dental sonora /d/, vocal grave tónica /á/ y consonante vibrante /r/, que la transporta de la boca del hablante al oído del oyente, sino la significación invariante ‘soltar o echar de sí’ que la caracteriza, que, por lo demás, puede desarrollar sentidos tan diversos como ‘donar’ (le dio dinero), ‘producir’ (la tierra da frutos), ‘propinar’ (dar un golpe), ‘conceder’ (dar permiso), etc., en la realidad concreta del hablar.
Pero que la función primordial del componente material de las palabras sea subsidiaria de su significación no quiere decir que el mismo se limite a un mero papel instrumental. Todo lo contrario. Además de esta función física o material primaria, el significante puede usarse y de hecho se usa, al menos, en tres funciones connotativas distintas, lo que quiere decir que está dotado de significación propia, aunque esta sea secundaria.
De un lado, puede usarse, y de hecho se usa, para expresar el estado de ánimo, la actitud, etcétera, del que habla. Así, por ejemplo, para expresar enfado con alguien o algo o alegría por lo que hace o dice, solemos silabear o pronunciar más lentas las sílabas de las palabras. Es lo que ocurre en una expresión como “/no-lo-vuél-vas-a-ha-cér-más/, que dicen las madres a sus retoños revoltosos, que no sólo significa la ‘prohibición’ que implica la semántica de las palabras que contiene, sino también el contenido ‘enfado (de la progenitora)’, que se transmite a través del énfasis que esta pone al hablar.
De otro lado, puede usarse el significante de las palabras para llamar la atención sobre la importancia de un determinado elemento del texto, prolongando la duración de las vocales, por ejemplo. Es lo que hace la enfermera de cualquier centro sanitario cuando alarga la vocal /i/ de la palabra “pantallita” en la frase “La pantalliiita, señor”, para indicar al paciente que ha perdido su turno por descuido que debe estar pendiente del monitor para que no ocurra lo que le ha ocurrido; o lo que solemos hacer todos cuando alargamos la vocal de expresiones como “¡Qué horroooor!”, para enfatizar la significación que estás implican. Por tanto, ni la expresión “La pantalliiita, señor” de nuestra enfermera ni la expresión enfática “¡Qué horroooor!” que empleamos para enfatizar el espanto que nos provoca algo significan sólo que ‘en el centro médico de referencia hay una pantalla que canta el turno de los pacientes’ y que ‘la persona que habla se encuentra espantada por algo que ha ocurrido’, respectivamente, sino, además, que ‘el paciente tiene que estar pendiente de dicha pantalla, porque es de quien depende el buen funcionamiento de las citas médicas’ y que ‘el espanto que provoca la cosa de que se trata es mayúsculo’.
Y, de otro, también puede usarse y de hecho se usa el significante de las palabras como identificador del origen lingüístico, geográfico, familiar, personal o social de la persona que habla. En efecto, a través de él sabemos a qué familia, región, nación, clase social, etc., pertenece el hablante. Concretamente en el ámbito del mundo hispánico, cuando un andaluz, un canario o un americano oye hablar a alguien con eses apicales, zetas, ches tensas o jotas tensas, por ejemplo, lo identifica inmediatamente como castellano. Por tanto, para ellos la palabra /zánja/, por ejemplo, no significa sólo ‘excavación ancha y estrecha que se hace en la tierra’, sino ‘excavación ancha y estrecha que se hace en la tierra’ y ‘hablante castellano’. Y, a la inversa, cuando un castellano oye hablar a alguien con /s/ dorsal, ches relajadas o jotas relajadas, por ejemplo, lo identifica inmediatamente como andaluz, canario o americano. Por tanto, para él, la palabra /sáha/, también por ejemplo, no sólo significa lo dicho, sino lo dicho y ‘hablante andaluz (canario o americano)’. Lo mismo ocurre en el ámbito de nuestra comunidad autónoma: cuando oímos que un paisano tensa las consonantes sonoras /b/, /d/, /g/ y /y/ de expresiones como /los barránkoh/, /las gómah/, /las dóh/ y /los yáteh/, por ejemplo, o elimina las consonantes implosivas de palabras como fatal, Teror o comer, lo identificamos inequívocamente como grancanario. Por tanto, para un tinerfeño, un palmero, un conejero, un majorero, un herreño o un gomero, /lo bbarránkoh/, /la ggómah/, /la ddóh/, /lo yyáteh/, /fatá/, /teró/ y /komé/ no significan sólo ‘los barrancos’, ‘las gomas’, ‘las dos’, ‘los yates’, ‘Teror’, ‘fatal’ y ‘comer’, sino ‘los barrancos’, ‘las gomas’, ‘las dos’, ‘los yates’, ‘Teror’, ‘fatal’ y ‘comer’ y ‘hablante grancanario’. Asimismo, cuando oímos que un isleño dice /mucháchos/ o /tenderétes/, con /s/ implosiva plena, en lugar de /mucháchoh/ o /tenderéteh/, con /s/ implosiva aspirada, sabemos que es de origen herreño. Por tanto, para un hablante grancanario, tinerfeño, gomero, majorero, conejero o palmero, las expresiones /mucháchos/ y /tenderétes/ que nos ocupan no significan sólo ‘muchachos’ y ‘tenderetes’, sino ‘muchachos’, ‘tenderetes’ y ‘hablante herreño’. De forma general, por el acento sabemos qué grado de afinidad idiomática tiene la persona que habla con nosotros. Lo que pone claramente de manifiesto la importancia que tiene la forma de pronunciar las palabras en el reconocimiento de las lenguas naturales y sus dialectos.
En realidad, se trata de su componente externo más definidor o identatario, frente a los componentes gramatical y léxico, que ocupan en este aspecto un lugar secundario. Por eso precisamente entendemos mejor la lengua escrita que la lengua hablada. Y no sólo en el caso de la lengua materna, sino también en el caso de las extranjeras. Los hispanohablantes podemos entender más o menos bien el portugués escrito, pero tenemos serias dificultades para entender el hablado si no lo hemos estudiado a conciencia. Lo que quiere decir que las diferencias que existen entre los distintos dialectos de una lengua son más de superficie que de profundidad, puesto que se basan en el componente más periférico del lenguaje, que es el plano de la expresión.
Nos encontramos, por tanto, ante un componente lingüístico de una enorme trascendencia para la comunicación, puesto que reconocer el origen del interlocutor, para saber cómo actuar en su presencia o a qué atenernos cuando tratamos con él, es asunto de la máxima importancia. No podemos tratar de la misma manera a un paisano que a un extraño, simplemente, porque las relaciones, los intereses, los sentimientos, las convenciones, etc., que compartimos con aquel no son los mismos que los que compartimos con este. Por eso solemos utilizar la pronunciación de la gente para identificarla, sea para bien, sea para mal.
Según la Biblia, para mal la utilizaron los habitantes de Galaad, que se valieron de la incapacidad de sus enemigos los efraimitas para pronunciar la sibilante palatal /sh/ (de palabras como shibolet) para identificarlos y detenerlos. Para mal la utilizaron los secuaces del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, que se valieron de la /r/ uvular de los haitianos (en palabras como perejil) para identificarlos y matarlos, en la llamada masacre del perejil, de 1937. Para mal la utilizaron los norteamericanos, que en la guerra del Pacífico se valieron de la incapacidad de los japoneses para pronunciar la /l/ (en palabras como lollapalooza) para identificar y detener a sus espías. Y para mal la utilizan también determinados canarios cuando se valen de la más arriba citada tensión consonántica de los grancanarios, por ejemplo, para identificarlos y burlarse de ellos. Lo que se ha hecho aquí es considerar la pronunciación de las palabras como una especie de santo y seña o pasaporte del hablante. Ya se sabe que, como dice el refrán, “por la boca muere el pez”. Nos encontramos ante el fenómeno que Unamuno, gran forjador de palabras, dio en llamar chibolete, adaptando a los patrones fónicos de la lengua española la palabra de los galaaditas citada más arriba.
Y para bien utilizamos la capacidad identificadora de la pronunciación de las palabras cuando nos valemos de ella para identificar a aquellos que no pertenecen a nuestro mundo o que lo desconocen en mayor o menor medida y facilitarles en lo posible la integración en nuestro entorno o su desplazamiento por él; o, cuando, desamparados en un país extranjero, nos aprovechamos de ella para identificar a los paisanos que se encuentran en la misma situación que nosotros lejos de la patria y arroparnos en ellos.