El conflicto de Irán es también una crisis africana
La historia, a veces, se empeña en dibujar círculos perfectos. Hace cuarenta y cinco años, en enero de 1981, un Adolfo Suárez acorralado presentaba su dimisión mientras el precio del crudo se disparaba a los 115 dólares por las turbulencias a consecuencia de los enfrentamientos entre Iran e Irak y la amenaza a los petroleros en el estrecho de Ormuz.
Hoy, en 2026, volvemos a mirar hacia esa angosta válvula de paso de apenas 33 kilómetros con la misma inquietud. El Estrecho de Ormuz, recordemos, es un paso marítimo situado entre Irán, Omán y los Emiratos Árabes Unidos, que conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán.
Cada vez que este paso se ralentiza o estrangula, el mundo tiembla, y no solo es por el petróleo y el gas (por ahí pasan a diario un 20% del petróleo mundial y una cuarta parte del Gas Natural Licuado), sino por los efectos que esta restricción tiene en todas las cadenas de valor global: desde la automoción a la industria farmacéutica o la agricultura... todo se complica y encarece. Aunque a primera vista podamos pensar que nuestra dependencia de ese petróleo y ese gas son mínimos, el impacto colateral es y será terrible para nuestra economía.
Recuerdo dos ocasiones en los últimos años que han evidenciado el enorme impacto que la alteración del transporte marítimo puede ocasionarle a la economía mundial. En febrero de 2022, si recuerdan, tras la invasión rusa en Ucrania, la armada rusa bloqueó los puertos ucranianos del Mar Negro, por donde salían hasta el 90% de las exportaciones agrícolas del país. El trigo ucraniano dejó de abastecer los mercados, lo que implicó un crecimiento del precio del trigo a nivel global de hasta el 55% en solo una semana. Las consecuencias de ese aumento se dejaron sentir por todo el mundo, especialmente en África, al ser el grano el sustento básico de la población.
La segunda fue un año antes, en marzo de 2021, cuando un megabuque portacontenedores (se llamaba Ever Given) encalló en el Canal de Suez de forma transversal, bloqueándolo por completo. En solo seis días de bloqueo, y más de 300 buques en cola, se calcula que se ocasionaron pérdidas globales de 9.600 millones de dólares y que el incidente paralizó el 12% del comercio marítimo global. Un incidente que además llegó en plena recuperación tras la pandemia.
Lo que estamos viviendo estos días, tengan esto muy claro, es mucho más grave. Transcurridas tan solo dos semanas de esta absolutamente injustificable guerra iniciada por Trump y Netanyahu, los ecos de las explosiones de los misiles ya resuenan con fuerza en nuestras casas, en nuestros bolsillos: el precio del gas ha llegado a subir un 46% en una sola jornada, el petróleo ha roto la barrera de los 100 dólares, la subida del Euríbor amenaza con asfixiar de nuevo las hipotecas y ya no queda nada para que empecemos a notar el impacto en el tique de la compra del supermercado.
Sin embargo, como responsable de Casa África, mi obligación es invitarles a mirar un poco más allá de nuestras fronteras inmediatas. Si en España esta crisis se traduce en una lista de la compra más cara y un mayor coste de la gasolina, en el continente africano el impacto no es solo económico, sino existencial. La pregunta que me planteo hoy es: ¿Y en África? La respuesta es una compleja red de vulnerabilidades donde lo económico, lo geopolítico y la seguridad se entrelazan de forma alarmante.
Para entender por qué una guerra en el Golfo Pérsico golpea tan duro a África, debemos comprender una paradoja estructural: aunque el continente tiene grandes productores de crudo, como Nigeria o Angola, la mayoría de los países del continente son importadores netos de productos refinados. Esto significa que, cuando el Estrecho de Ormuz se cierra y los precios globales suben, el impacto en las gasolineras africanas es instantáneo y brutal.
En países como Nigeria, el precio del combustible ya ha subido un 11% en una semana. Pero el problema no se queda en el depósito del coche. En África, la inmensa mayoría de los alimentos y bienes de consumo se transportan por carretera. Un aumento en el precio del diésel se traduce, también casi automáticamente, en un aumento del precio del pan y el maíz, erosionando el ya frágil poder adquisitivo de millones de familias.
A esto debemos sumar el fenómeno de los ‘recargos de guerra’ en el transporte marítimo. Gigantes como MSC ya han impuesto tasas de emergencia de hasta 4.000 dólares por contenedor para envíos hacia naciones africanas debido al riesgo en los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb.
Al mismo tiempo, el desvío de buques por la ruta del Cabo de Buena Esperanza (evitando el Canal de Suez) se está convirtiendo en la “nueva normalidad”, lo que añade hasta 15 días de viaje y un incremento masivo en el consumo de combustible y los seguros.
El impacto no es solo una cuestión de precios; también es geopolítico, al forzarse una reconfiguración de las alianzas.
Por el este, en el Cuerno de África, la situación es muy más volátil. Esta región es el espejo donde se reflejan las rivalidades entre Irán y las potencias del Golfo, como Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. El conflicto iraní ha reactivado a lo que llaman sus milicias “proxies” o aliados indirectos. Los rebeldes hutíes de Yemen, que ya colaboran con el grupo terrorista somalí Al-Shabaab, amenazan con atacar posiciones israelíes o estadounidenses en lugares como Yibuti o la región de Somalilandia. La militarización del Mar Rojo transforma una ruta comercial vital en un corredor de guerra.
Incluso en la economía de las remesas hay nubarrones. Se estima que más de 400.000 kenianos trabajan en los estados del Golfo; una escalada bélica total allí pondría en riesgo sus empleos y los ingresos que sostienen a miles de hogares en el este de África. ¿Han visto estos últimos días videos de una Dubai completamente vacía mientras puntualmente se muestran otros videos de drones que logran alcanzar incluso algunos hoteles de renombre? Pues no duden de que esto derivará en despidos, si no está ya siendo así casi de forma automática.
Este escenario tan variado y complejo nos deja una lección didáctica fundamental: en un mundo globalizado, la autonomía energética no es un lujo, sino una necesidad de seguridad nacional. La crisis actual refuerza los llamamientos para que las naciones africanas diversifiquen sus sistemas de energía y reduzcan su dependencia absoluta de los combustibles importados.
Esto es algo que hemos escrito ya muchas veces en diferentes artículos, pero es evidente que la estabilidad del continente vecino es nuestra propia estabilidad. Si el estruendo de los misiles en el Golfo Pérsico nos quita el sueño en España por el precio de la gasolina, en África ese mismo ruido amenaza con desmantelar décadas de progreso económico y paz social. Solo a través de una inversión decidida en soberanía energética y una arquitectura de seguridad regional robusta -liderada por la propia Unión Africana- podrá el continente romper este círculo vicioso de crisis importadas, de convertirse incluso en el teatro de operaciones de conflictos lejanos.