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Día de la Madre

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Hay frases que repetimos tanto que corren el riesgo de desgastarse. “Una madre nunca se va del todo” es una de ellas…. Suena a consuelo prefabricado, a tópico de calendario. Y, sin embargo, cuando falta, cuando ya no está, se presenta como una verdad incómoda y rotunda. Porque una madre no se va, pero tampoco se queda de la forma en que quisiéramos.

Se queda en los gestos. En esa forma de lavar la ropa, en el plato que nunca vuelve a saber igual, en una palabra que solo ella pronunciaba con ese tono exacto. (¡Kiko, por dios!) Se queda en la memoria, sí, pero también en el cuerpo: en cómo reaccionamos, en cómo cuidamos, en cómo tememos. Y ahí es donde empieza la paradoja. Su presencia es constante, pero su ausencia duele a diario. Siempre se le echa de menos.

Da igual la edad. Uno puede tener veinte, cuarenta o sesenta años; puede haber construido una vida sólida, una carrera, una familia propia… pero cuando muere una madre, algo se descose por dentro. Es un desamparo silencioso, hasta diría que infantil. Una especie de orfandad que no entiende de madurez ni de lógica. Porque no se trata solo de perder a una persona: se pierde el lugar al que uno podía volver sin condiciones.

Y es curioso cómo, en ese vacío, aparecen preguntas que creíamos superadas. ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Qué me diría ahora? ¿Se sentiría orgullosa? La muerte no corta ese diálogo; lo transforma. Seguimos hablándoles, pero ya sin respuesta. O quizá con respuestas que nos inventamos, que también son una forma de mantenerlas vivas.

En algunos casos, ese vínculo adquiere matices aún más profundos. Para muchos de nosotros, personas homosexuales, la madre no es solo madre: es refugio, aliada, primera trinchera contra un mundo que a veces no entiende. No siempre ocurre así, claro, pero cuando ocurre, el lazo se vuelve especialmente intenso. Porque en ella no solo encontramos amor, sino validación. Y cuando falta, no solo se pierde a la madre, sino también a quien nos sostuvo en uno de los procesos más íntimos y valientes de la vida: ser uno mismo.

Quizá por eso el duelo tiene capas. No es solo nostalgia; es también gratitud, rabia, ternura, culpa… todo mezclado. Y, sobre todo, es aprendizaje. Aprender a vivir sin su presencia física, pero con su huella constante. Aprender que el amor no desaparece, solo cambia de forma.

Decir que una madre nunca se va del todo no es negar la muerte. Es reconocer que hay vínculos que trascienden lo tangible, que se quedan anclados en lo más profundo de lo que somos. Y eso, aunque no cure el dolor, lo acompaña de algo más llevadero: la certeza de que, de algún modo, seguimos siendo un poco de ellas. Siempre. 

¿Te gustó mamá? ¡Ay Lolita, la de Barroso!