Español de canarias y vulgarismos
Siempre ha sostenido el inveterado purismo lingüístico hispano que los canarismos fónicos, gramaticales y léxicos no son otra cosa que degeneraciones o realizaciones vulgares de los fenómenos correspondientes del español castellano. Como es de sobra sabido, hace ya mucho tiempo, se trata de un prejuicio que carece del más mínimo fundamento científico, por dos razones principalmente.
En primer lugar, es falso porque las lenguas no degeneran, sino que se adaptan a las necesidades expresivas de los hablantes, sin alterar o alterando de forma mínima los principios invariantes que les sirven de fundamento, como ha enseñado la lingüística moderna. Por tanto, como sabemos todos desde hace mucho tiempo, el habla canaria no es una corrupción o degeneración vulgar del habla de Castilla o de la norma estándar promocionada por la Academia de Madrid, sino una adaptación natural de la lengua española a las necesidades expresivas de los isleños, determinada por su propio proceso histórico, sus contactos con otros pueblos del mundo, las limitaciones de su geografía, su flora, su fauna, su sensibilidad, la climatología de su tierra, las particularidades de su ganadería, agricultura, pesca y artesanía, su sentido del humor, su alejamiento de los grandes centros de poder, etcétera. No hay en el habla de los canarios corrupciones de palabras castellanas, sino melodías propias de las palabras del idioma que son de todos o construcción de nuevas voces con los procedimientos fónicos, gramaticales y léxicos de la lengua que hablan, que es la lengua española. Por ejemplo, la combinación sintáctica más nada (nadie, nunca), tan extendida en todos los niveles sociolingüísticos de las Islas, y que, por otra parte, no es otra cosa que pervivencia de una construcción bastante general en el español antiguo, reforzada por la influencia portuguesa, no puede considerarse corrupción de la combinación nada (nadie, nunca) más del habla de Castilla, sino una forma distinta de relacionar los mostrativos existenciales nada, nadie y nunca con el cuantitativo relativo positivo más, para dar mayor rotundidad a la negación que implican; el adverbio endenantes del pueblo canario más llano no es deformación de la forma general antes, sino una enriquecedora matización del segmento temporal que este adverbio delimita, mediante un encadenamiento preposicional evidente: en-de-en-antes. Para el canario, antes significa ‘hace mucho tiempo’, en tanto que endenantes (a veces, encarecido en el diminutivo endenantitos) significa ‘inmediatamente antes’. La reducción de la vieja oposición de sibilantes castellana /s/ - /z/ a una /s/ dorsal propia del español meridional no es una corrupción vulgar del castellano, sino evolución natural de su originario sistema de consonantes sibilantes, que se encontraba muy recargado de oposiciones fónicas.
Y, en segundo lugar, es también falso el prejuicio de que los canarismos son corrupciones vulgares del castellano porque, en caso de que fuera verdad (que no lo es) que los cambios lingüísticos implican degeneración o corrupción de sus étimos, los canarismos serían degeneración o corrupción vulgar del andaluz, dado que fue de Andalucía, y no de Castilla, de donde partió el español que vino a Canarias, a principios del siglo XV; o del portugués, de donde procede una parte muy importante de su vocabulario más tradicional.
Pero es que, además de todo esto, cuando se habla de habla vulgar, tampoco se sabe de qué se está hablando exactamente, puesto que dicha expresión puede entenderse en, al menos, tres sentidos distintos: a saber, ‘habla propia del vulgo o pueblo llano’, ‘habla propia de personas ignorantes’ y ‘habla corrompida’.
Si con la expresión habla vulgar lo que quiere decirse es ‘habla propia del vulgo o pueblo llano’, es evidente que puede aceptarse la afirmación de que lo que suele llamarse habitualmente habla canaria, como el habla popular de todos los pueblos del mundo, es un habla vulgar, porque se trata de lengua hablada, no escrita. Precisamente porque no se escribían, llama la Lingüística románica lenguas vulgares al español, portugués, catalán, francés, italiano, etcétera, en sus orígenes, para distinguirlas de la lengua de la cultura escrita, que era el latín. Sólo desde este punto de vista es aceptable la división de las hablas de una lengua en hablas vulgares, que son las que sólo se hablan, y hablas no vulgares o cultas, que son las que, además de hablarse (o sin hablarse), se escriben. Pero esta distinción, que, entendida rectamente, no es falsa, es enormemente peligrosa cuando se desvirtúa y se identifica vulgar con falso o incorrecto y culto, con verdadero o correcto.
Si lo que se entiende por habla vulgar es ‘habla de personas ignorantes’, de personas que no saben de nada, es rotundamente falsa la afirmación de que el habla popular de Canarias es un habla vulgar. Y es rotundamente falsa porque la representación del mundo implicada en el habla canaria es tan compleja y lógica como la representación del mundo implicada en el español de las clases medias. ¿Por qué va ser menos correcta la representación mental que se hace en Canarias del ámbito referencial de la edad de las cabras, con las cuatro distinciones cabrito ‘cría de la cabra desde que nace hasta que deja de mamar’, baifo ‘cría de la cabra desde que deja de mamar hasta que le apuntan los cuernos’, machorra ‘cabra joven que todavía no se ha reproducido’ y cabra ‘cabra adulta’ que la caracteriza, que la que se hace en Castilla, con sólo tres distinciones: cabrito (o choto) ‘cría de la cabra desde que nace hasta que deja de mamar’, chivato ‘cabrito que pasa de seis meses y no llega al año’ y cabra ‘cabra adulta’? ¿Por qué va a ser menos correcta la representación mental que se hace en Canarias del ámbito referencial de los artefactos que emplean los pescadores para anclar el bote de pesca, con las seis distinciones rozón ‘ancla de pequeño tamaño para fondear’, rociega ‘rozón pequeño’, garampín ‘rociega pequeña’, potala ‘piedra que, sujeta a un cabo, se emplea para fondear’, pandullo ‘saco lleno de callaos que, sujeto a un cabo, se emplea para fondear’ y muerto ‘piedra grande o bloque de cemento fijo en el fondo del mar para amarrar el barco de pesca’ que la caracteriza, que la que se hace en otras partes del mundo hispánico, con sólo dos distinciones: rezón ‘ancla pequeña de cuatro uñas y sin cepo’ y potala ‘piedra que, sujeta a un cabo, se emplea para fondear’? ¿Por qué va a ser menos correcta la representación mental que hace el canario del ámbito referencial de la geografía de la costa, con distinciones tan matizadas como caleta, caletón, baja, bajeta, bajón, bajío, roque, marisco, carnadero, bufadero, etc., que la que se hace en otros ámbitos hispánicos, donde sólo hay ensenadas, bahías, escollos y poco más?
Con razón decía el poeta Manuel Padorno (y sensibilidad de poeta hay que tener para ir tan directamente al grano del asunto, como va él) que “el acervo cultural del campesino canario, su patrimonio oral, su conocimiento del medio, etcétera, es causa de un sofisticado entendimiento de la realidad. De realismo ancestral. Porque, por encima de todo, hay una cosa que no se le puede negar a este hombre: sabe cultivar la tierra, sabe cosechar, sabe del tiempo, de los vientos, de las estaciones, como nadie. Y sabe hablar de todo ello con su lenguaje. Es un cúmulo de conocimientos que, caso de perderse, haría que los que saben hablar, los hijos educados y estudiados, la gente de carrera y despachos, tuvieran que aprender esas ”inutilidades“ para sobrevivir. ¿Habla mal esta gente por utilizar tal o cual arcaísmo? Este hombre privado de cultura por las circunstancias de la vida, conoce un terrón mejor que nadie, las flores de la papa, la batata, el plátano o el tomate mejor que nadie. Y por trabajar como lo ha hecho merece todo nuestro respeto y consideración. Para muchos canarios que sentimos la tierra ancestralmente, este es un hombre nuestro intocable en su analfabetismo. Es más, es un hombre, me atrevería a decir, sagrado. Hable como hable. Y él es el primero que desea, que ha sudado sangre, para que sus hijos aprendieran el español canario culto. Él es un perdedor nato, un hombre azotado despiadadamente por la vida, que perdona de antemano que sus hijos, cultos y estudiados, se avergüencen de su ignorancia delante mismo de su barba. Ya no les queda sino sus piernas, sus manos, su cachorro, su mujer, su cama y el pisco de ron irrenunciable que se echa en la tienda después de golpear el tablero con la malilla”.
Y es que la cultura, que no es otra cosa que el conjunto de creencias, acuerdos y normas que comparten los miembros de una sociedad y que estos transmiten de generación en generación, no abarca sólo el conocimiento libresco o especulativo de las personas letradas. Abarca también el conocimiento práctico de los campesinos, los pescadores y los artesanos, un conocimiento que estos han adquirido, no mediante especulación o deducción lógica, sino mediante experiencia práctica. Es a lo que, como nos dice Francisco R. Pastoriza, “se refería Ortega y Gasset cuando, después de haber llevado a cabo en un trabajo de campo decenas de entrevistas a campesinos de las zonas más deprimidas del medio rural español, en los años 30 del siglo XX, comentó a uno de sus interlocutores: ‘¡Qué cultos son estos analfabetos!’. Se refería a los amplios conocimientos de aquellas gentes en la flora y la fauna, la siembra y la cosecha, la meteorología y en general en los aspectos relacionados con el conocimiento de la naturaleza”. En este aparente oxímoron orteguiano se encuentra la clave del problema que consideramos. Cultura y alfabetismo e incultura y analfabetismo son cosas distintas. La cultura es el “conjunto de medios de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, etcétera, en una época o grupo social”, como dice el diccionario, independientemente que se escriba o no. El alfabetismo es el “conocimiento de las técnicas de la lengua y la escritura”, independientemente de que se tenga cultura o no. La incultura, la “falta de cultura”. Y el analfabetismo, la “falta de conocimiento de la lengua escrita”. Por tanto, si fuera legítimo clasificar a la gente desde el punto de vista de sus conocimientos y su dominio de la lengua escrita, habría que hablar de cuatro tipos de personas distintas: personas cultas y alfabetizadas o letradas, personas cultas y analfabetas, personas incultas y analfabetas y personas incultas y alfabetizadas o letradas (es decir, seudocultas), que de todo esto hay en la viña del Señor.