El frente impopular
Hace poco más de noventa años, tres días más para ser precisos, se celebraron elecciones generales en España. De ellas se esperaba un aplastante triunfo de la derecha, que gobernaba, con su mefistofélico líder, Gil Robles, se esperaba en todas partes y no se estaba dispuesto, ¿quién?, a consentir otra cosa que no fuera eso. Pero hete aquí que las izquierdas, las poco izquierdas y burguesas, las más netas, socialistas, y comunistas incluidos que no eran nadie, y hasta un revolucionario Partido Sindicalista, se agruparon en una candidatura única con un programa breve y claro: el Frente Popular ganó aquellas elecciones y todos sabemos lo que pasó pocos meses después. La consecuencia electoral, pero no la más dramática, es que este país no tuvo elecciones generales hasta casi cuarenta años después, 1977: sin democracia por rojos, es un decir.
Y es un decir también que la afirmación excesiva de identidades propias, o impropias, conduce a la violencia verbal, primero, y física, después. Fue una de las consecuencias del romanticismo decimonónico, sobre el cual el otro día diserté en un ateneo supuestamente pacífico pero no lo debía ser mucho porque me llovieron tomates, plátanos, no eran canarios, y huevos de corral. Me sentí un cantante postmoderno y punki, como el pobre Germán Copini en sus tiempos, así lo vi en la vieja sala Zeleste de la calle Argenteria de Barcelona, aunque a él también le escupían, y mucho. Me salvó Macaria, y su pareja Fuencisla, compañeras de clase en Santiago, “¿pero como se te ocurre decir que estás en contra de la regularización de extranjeros y a favor de la supresión de todas las fronteras?”, me preguntaron. Ni ellas ni el público me entendieron. Por eso milito casi nada en una supuesta unión coyuntural de las izquierdas a la izquierda del PSOE, es un decir y un comprenderse: porque no soy capaz de imaginar juntos los egos de tanta gente solo animada por las fanfarrias de las avenencias electorales coyunturales. Admiro las buenas intenciones, sobre todo si vienen de Santa Coloma de Gramanet, por donde corrí algunos días de mi infancia y conocí a Isabel cuando daba clases de francés en su instituto. Pero no basta.
Y como vamos así, en desorden permanente, la semana pasada se cumplieron ciento cuarenta años del nacimiento de Ángel Pestaña en un pueblecito de el Bierzo leonés, y gallego. Quién era ese, preguntarán gentes ignorantes: anarcosindicalista de pro, fue el primer político europeo que denunció el autoritarismo de la Unión Soviética, ¡en 1920!, entre otras muchas cosas. Lenin le había preguntado: “Libertad ¿para qué?”. Estaba todo dicho. La muerte prematura le libró del calvario de la guerra y de la dictadura. Su último acto político fue, precisamente, la fundación del antes mencionado Partido Sindicalista.
Y en desorden seguiremos hasta la derrota final, así están mis poemas desde hace más de un año, que no conforman libro porque siempre se trastoca un verso o amanece un verso nuevo: “El amor/ qué es el amor/ que es el amor/ esa delicia en un revuelo, (…)
el desayuno en la habitación/ planchar una camisa “yo te la plancho”/ sembrar sonrojo“.