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Gran Canaria como laboratorio del impacto turístico en el territorio

20 de junio de 2026 20:14 h

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El periodista Tomás Galván me entrevistó recientemente en Radio Canarias con preguntas que fueron desde lo personal hasta el modelo turístico y su futuro. Se trata de una reflexión que forma parte ya de nuestra identidad colectiva y que ha ocupado a figuras tan diversas como Néstor y su hermano Miguel Martín-Fernández de la Torre, el sociólogo Mario GaviriaCésar Manrique o José Miguel Alonso Fernández-Aceytuno, entre otros. Sin embargo, es la figura de Ernst Jünger la que más me llama la atención por haber sido uno de los pensadores del siglo XX que percibió con mayor lucidez los efectos de la masificación turística.

En sus diarios de 1970 relacionó el malestar asociado a la circulación automovilística con las alteraciones que el desarrollo turístico comenzaba a producir en el paisaje canario. Aparece así una de las tensiones centrales de su pensamiento: el conflicto entre naturaleza y técnica.

He intentado localizar referencias hemerográficas sobre su estancia en Gran Canaria, una visita poco conocida que coincide con los primeros años del gran desarrollo turístico de la isla. Jünger residió en el Hotel Santa Catalina entre abril y agosto de 1970, cuando Maspalomas Costa Canaria comenzaba a desplazar a la capital como principal destino turístico insular. En aquel año llegaron 466.632 visitantes a Gran Canaria. Durante su estancia contrapuso dos realidades: la extraordinaria singularidad geológica y paisajística de la isla y la acelerada transformación provocada por la urbanización y el turismo.

Libros de memorias de Ernst Jünger

No he encontrado artículos, entrevistas ni referencias periodísticas sobre su estancia en la isla. Tampoco menciona en sus memorias contactos con figuras locales, pese a describir con detalle numerosos lugares visitados. Sin embargo, sus notas permiten reconstruir tres etapas: una primera de descubrimiento, centrada en la luz atlántica, la condición insular y la vida urbana de Las Palmas; una segunda de exploración del territorio y del paisaje costero tradicional; y una tercera de reflexión crítica, donde Gran Canaria se convierte en un laboratorio para estudiar la relación entre naturaleza, técnica, turismo y urbanización.

Jünger destacaba por su interés por la observación de la naturaleza, la entomología, los paisajes extremos y la crítica de la civilización tecnológica. Gran Canaria le ofrecía un escenario excepcional para observar simultáneamente naturaleza primordial y modernización acelerada. Diversos estudios sobre literatura y turismo en Canarias lo presentan precisamente como un observador sensible a la tensión entre paraíso natural y deterioro paisajístico.

Turistas con ‘souvenir’ de plátanos en un vuelo charter

La estancia de 1970 tampoco parece un episodio aislado. Existen referencias a visitas anteriores al archipiélago y a observaciones sobre Canarias en otros textos, lo que sugiere un interés prolongado por las islas. También es posible, aunque no esté documentalmente acreditado, que conociera indirectamente los trabajos de científicos como Günther Kunkel o Erik Sventenius, figuras fundamentales de la investigación botánica en Canarias.

La relevancia de Jünger radica en que formula esta crítica en 1970, cuando el turismo de masas apenas comenzaba a desplegar todos sus efectos. Detecta procesos que décadas después se convertirían en objeto de debate social, territorial y ambiental. Gran Canaria funciona para él como un observatorio privilegiado de uno de los grandes temas de su obra tardía: el conflicto entre naturaleza y técnica.

Resulta llamativo que esa reflexión coincida temporalmente y tambien en la misma isla con las formuladas por Mario Gaviria, quien definiría los orígenes del turismo popular como el turismo «a go-gó» en su obra España a Go-Go. Turismo charter y neocolonialismo del espacio, y con las preocupaciones de César Manrique. En aquellos años, Manrique ya era una referencia cultural en Canarias. En Gran Canaria permanecían plenamente vigentes intervenciones como el mural del Real Club Náutico (1962), la Casa del Marino (1964), el Hotel Folías (1965) o el mural del Hotel Cristina (1970), además de mantener una intensa relación con artistas e intelectuales grancanarios.

En 1970 Manrique formuló una frase que hoy se ha convertido en uno de los lemas de su centenario: «Yo soy un contemporáneo del futuro». Mientras tanto, Jünger escribía en Gran Canaria sobre el turismo masivo, la transformación del paisaje, el avance de la técnica y la pérdida de singularidad de los lugares. Ambos reflexionaban, desde perspectivas diferentes, sobre un mismo problema histórico: cómo preservar la identidad de una isla frente a las fuerzas uniformadoras de la modernidad.

Cincuenta y seis años después seguimos buscando las huellas de esa modernidad. Y probablemente existan pocos lugares como Gran Canaria donde hayan coincidido tantas figuras interesadas en comprender los efectos del veloz desarrollo turístico sobre el territorio, el paisaje y la identidad.