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Habla del pueblo y habla de la burguesía

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Las hablas populares, sean estas las que sean, no son ni más ni menos correctas que las hablas de las clases medias, íntimamente relacionadas con la lengua escrita. Los mismos procedimientos mentales del saber universal o humano (principio de identidad, principio de ordenación de lo general a lo particular o de lo particular a lo general, principio de contradicción, principio de coherencia, principio de oposición…) se encuentran en la base de aquellas que en la de estas. Observamos un campo semántico de la cultura popular canaria cualquiera, como el de los colores de las cabras, por ejemplo, en algunas zonas del Archipiélago constituido por más de treinta distinciones, y nos percatamos inmediatamente no sólo de que estos campos semánticos están montados sobre los mismos principios generales que los campos semánticos de la burguesía, sino que, en algunos casos, por lo menos, alcanzan un nivel de complejidad, sofisticación y sutileza conceptuales mucho mayor que estos. 

No, las hablas populares no son ni más ni menos correctas que las hablas llamadas cultas; simplemente son diferentes, en buena medida porque las necesidades expresivas y las experiencias del pueblo llano son en parte distintas de las necesidades expresivas y la experiencia de las clases medias. Y es que, como escribe Lévi-Strauss, “existen dos modos distintos de pensamiento científico, que tanto el uno como el otro son función, no de etapas desiguales de desarrollo del espíritu humano, sino de dos niveles estratégicos en que la naturaleza se deja atacar por el conocimiento científico: uno de ellos aproximativamente ajustado al de la percepción y la imaginación y el otro desplazado; como si las relaciones necesarias, que constituyen el objeto de toda ciencia -sea neolítica o moderna-, pudiesen alcanzarse por vías diferentes: una de ellas muy cercana a la intuición sensible y la otra más alejada de ella”. 

Por una parte, las hablas del pueblo llano son correctas en su medio natural, porque son las que permiten a sus usuarios designar de forma espontánea las personas, los animales, las cosas, las cualidades, las acciones, etcétera, que corresponden al mundo que los rodea. Por eso se expresa el pueblo llano a las mil maravillas cuando habla en el campo, la mar, el taller o el ámbito doméstico, que son sus contextos naturales, en tanto que suele hacerlo de forma deprimente cuando se ve obligado a hablar en los contextos de la vida formal o cuando se pone a teorizar. Los titubeos expresivos de los canarios del pueblo llano no se deben a que no hayan interiorizado las normas del castellano, como cree el pseudoculto; se deben más bien a que los obligan a hablar en contextos que no son los suyos; o a emplear signos que, en principio, les son extraños. 

Por otra parte, el habla de la burguesía es correcta en el contexto que le es natural. Por eso habla la burguesía con soltura en la oficina, el foro, la academia o los medios de comunicación, en tanto que no da pie con bola en la cubierta de un barco, en medio de la huerta o en el campo abierto de la dehesa. Porque, si el burgués hablara en la cubierta del barco, en medio de la huerta o en el campo abierto de la dehesa como habla en la oficina, el foro, la academia o los medios de comunicación, se sentiría el ser más desdichado de la Tierra, porque no habría quien lo entendiera.

Los titubeos expresivos no son, por tanto, exclusivos de las clases populares. También las llamadas clases cultas titubean cuando se meten a hablar de aquellas cosas que ignoran. Si sólo se conoce la norma popular, pues se titubeará cuando haya que construir discursos formales. Si sólo se conoce la norma burguesa, pues se titubeará cuando haya que construir mensajes informales, espontáneos o familiares. Aunque también hay que tener en cuenta que ni siquiera el burgués habla siempre como burgués. ¿Qué juez habla a sus hijos como habla en los tribunales? ¿Qué profesor habla a sus amigos como habla a sus alumnos? ¿Qué doctora en medicina habla a su marido cuando está amartelada como habla a sus pacientes?

No se trata, por tanto, ni que las hablas populares sean degeneración del idioma ni de que el hablante del común desconozca la norma estándar por falta de coeficiente intelectual para ello o porque no dé más de sí. Es más bien que, en su comunicación más espontánea, no la necesita, porque esa técnica idiomática no le resuelve sus necesidades expresivas. El discurso burgués tiene un exceso de verborrea, de palabrerío, de inflación verbal, de hojarasca retórica, que él no sólo no necesita, sino que, si la empleara, haría el más patético de los ridículos; se convertiría en la rechifla o pitorreo de sus paisanos. ¿Cómo podría decir un canario en serio “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”? Para él basta con “Lo que pasa en la calle”, que es expresión de transparencia e inmediatez; expresión poética, como decía Machado. Su mundo no necesita disimulos ni complicaciones, sino que le exige ir al grano, llamar las cosas por su nombre; al pan, pan, y al vino, vino, como suele decirse. Hasta en sus nombres de pila, tradicionalmente reducidos a una sola palabra (María, Magdalena, Carmen, Eleuteria, Braulia, Francisca, Rosario, Ramón, Pedro, Antonio, Domingo, José, Juan, Ricardo, Sandalio, Cosme, Bernabé…) es simple la gente humilde. El pueblo llano huye de disimulos y abstracciones. Su palabra es palabra concreta y de transparencia, no abstracta o de ocultación, como se pone de manifiesto en su forma particular de referirse al mundo, tanto en la vida real como en la ficción literaria: “Tus labios, lanzaroteña, / me quitan la magua mía, / porque tus labios me saben / a vino de malvasía”, “Yo creí que con el tiempo / mis penas se acabarían, / pero veo que aumentan / todas las horas del día”, canta escuetamente, sin el más mínimo adorno retórico, el campesino de las Islas. Con la brevedad del tópico vini, vidi, vinci de César, despachó su larga vida un socarrón informante majorero de más de ochenta años que compartió con mis compañeros Antonio Lorenzo y Gonzalo Ortega y conmigo mismo su profunda sabiduría popular, en una encuesta realizada en el año 1991: “Nací en Betancuria; fui pastor, marinero y caminero del cabildo; y ahora soy un viejo”. Sólo le faltó un dato para despachar su autobiografía en dos líneas, aunque, por razones obvias, ese dato no le era posible aportarlo a él. 

Y otro tanto hay que decir de las clases medias. No es tanto que desprecien y se nieguen a aceptar las expresiones de la gente humilde, como suelen hacer por hábito, sin razón alguna. Es que, simplemente, la transparencia e inmediatez de estas no les sirven para desenvolverse en el mundo de ceremonias, vanidades, pretensiones o chalaneo en que viven, donde ser diplomático, eludir, disimular o aparentar lo que no se es es tan necesario como el aire que se respira. Por eso han desarrollado un lenguaje más abundoso y pedante que el popular; un lenguaje que, aunque superfluo desde el punto de vista práctico, es estratégicamente útil y simbólicamente pertinente. Frente al discurso popular, que es sintético, el discurso de la burguesía es por necesidad analítico. Lengua del pueblo y lengua de la burguesía no son, pues, otra cosa que registros idiomáticos distintos, registros idiomáticos que tienen sus propias finalidades u objetivos. Nadie ignora las grandes diferencias sociales, económicas, de poder, etc., que existen entre las clases trabajadoras y la burguesía, que, por desgracia, ha sido quien ha determinado siempre el destino de aquellas, sin contar con ellas. Del mismo hecho de que Canarias se haya echado en brazos de ese esperpento que llaman “cultura del ocio”, acabando así con los profundos saberes tradicionales, las costumbres y los ritos de su pueblo trabajador, que han quedado reducidos a folclore, museos de artesanía o pintorescos nombres de calles, el deterioro de su territorio y la sobreexplotación de sus recursos naturales es responsable la burguesía local, en complicidad con el capital internacional, que son quienes han sacado partido de ello. Y así hemos pasado de una cultura profundamente arraigada en la tierra a una cultura en el aire, una cultura sin raíces. No se puede hablar aquí de “genocidio étnico”, evidentemente, pero sí de “genocidio cultural” o de “culturicidio”, como también suele decirse. Ya se sabe que hasta el sagrado sentimiento religioso que la muerte ha generado en todos nosotros ha sido puesto por los poderosos de la Tierra al servicio de sus intereses más bastardos. “La religión es un resorte del gobierno, cuyo interés es que haya en la otra vida infierno para los que aquí se oponen a sus intereses mundanos”, escribía con su habitual agudeza don Miguel de Unamuno. 

Desde el punto de vista práctico, no puede decirse ni que los hablantes populares tengan déficit lingüístico, porque desconozcan el registro formal del idioma, como suelen pensar los puristas, ni que las clases medias tengan déficit lingüístico, porque desconozcan los registros populares del idioma, como sostienen algunos defensores de lo popular a ultranza. Desde el punto de vista utilitario, repetimos, no hay déficit en ninguno de los casos, puesto que a cada uno de ellos le basta con su propia forma de hablar, que, como traje a medida, ha ido ciñendo a las curvas del cuerpo de sus necesidades expresivas con el lento discurrir de los siglos. Por tanto, en cuanto a la corrección, el español de las clases populares es tan correcto como el de las clases medias, o el escrito patrocinado por la Real Academia. Desde el punto de vista más estrictamente idiomático, tan correcta es la palabra local guagua como la palabra general autobús: la primera, en el ámbito lingüístico canario, cubano, dominicano y puertorriqueño; la segunda, en todo el dominio hispánico, incluido, por supuesto, Canarias, Cuba, República Dominicana y Puerto Rico, porque las palabras del español general no son menos canarias, cubanas, dominicanas y puertorriqueñas que las de la tierra. En realidad, tan canaria, cubana, dominicana o puertorriqueña es la palabra general autobús como la palabra particular guagua; tan canaria la palabra general bozal como la palabra particular zálamo que usan o usaban muchos isleños. Hay que olvidarse del prejuicio de que existe una sola forma de hablar correcta.