La historia frente al totalitarismo
Nadie decide el lugar donde nacer. Es un fenómeno absolutamente aleatorio. Esta idea fue expresada de forma irónica hace unos años por parte del economista Thomas Piketty: la decisión económica más relevante que tiene un ser humano es elegir a sus padres. Lógicamente, se trata de una provocación intelectual, pero sí refleja una noción precisa acerca de la importancia de las transferencias históricas. Legados de riqueza, pero también de pobreza que se transmiten de generación en generación. Ventajas y desventajas sociales y económicas traspasadas entre generaciones que han sido muy estudiadas en la literatura académica. La tesis se vincula a una cuestión de probabilidad estadística. Teniendo un nivel patrimonial “x”, ¿qué probabilidad tiene un individuo de acceder a buenos empleos y rentas equivalentes, comprar una vivienda, acceder a magistraturas importantes o formar parte de las altas instituciones del estado? Esa correlación entre la herencia y las oportunidades reales en la vida sigue siendo una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Una brecha que no ha hecho sino aumentar en las últimas décadas, como también lo ha hecho el discurso reaccionario.
Es importante no olvidar las lecciones del pasado. Esta aseveración parece ser un lugar común edulcorado para justificar la existencia de la disciplina. Sin embargo, en los tiempos que corren, es más importante que nunca defender el aprendizaje y enseñanza de la historia como herramienta colectiva de defensa democrática. El estudio riguroso y científico del pasado ayuda a explicar el funcionamiento de nuestras sociedades, las dinámicas estructurales, las desigualdades existentes y los diferentes legados patrimoniales, tanto materiales como inmateriales. El conocimiento de la historia permite comprendernos como sociedad en sus ámbitos económicos, sociales, políticos o culturales. La historia seria y rigurosa desmiente bulos y medias verdades y permite que, como especie, nos reencontremos con nuestro pasado común. Somos el resultado de múltiples trayectorias históricas, de pequeñas y grandes decisiones del pasado, de injusticias y dolor, de grandes conversaciones y ensordecedores silencios. Sobre nuestras espaldas cargamos un peso enorme de miles de generaciones pasadas que han construido nuestro imaginario y siguen condicionando las acciones del presente, empleando términos marxianos.
Desde el periodo de la Ilustración y las posteriores revoluciones liberales del siglo XIX, se ha desarrollado una formidable corriente de opinión que minimiza la importancia de esos legados puesto que, si todo el mundo es igual en derechos y oportunidades al nacer; muerta y enterrada la sociedad estamental, todo es obra y virtud del individuo. Su fortuna o desgracia dependía de sus decisiones, su intuición, inteligencia y capacidades. Este es el primer trampantojo general que ha sobrevivido a revoluciones sociales y al siglo XX en su conjunto. Discursos vacíos sobre ganadores y perdedores. El éxito o fracaso relativo de los individuos y los grupos sociales a los que pertenecían dependía de criterios que, en su momento, quedaban plenamente justificados por cuestiones biológicas y culturales.
En el caso más extremo de todos, las diferencias quedaban explicitadas por la providencia: ser “pueblos o individuos elegidos” por parte de cualquier divinidad para una misión sagrada. Esta aproximación generaba una idea de progreso asimétrica. A nivel interno, este argumento justificaba las enormes desigualdades sociales de su tiempo. A nivel externo, amparó al colonialismo y la extracción económica imperialista que aún se paga en el Sur Global. Los grupos y pueblos “inferiores” debían ser dominados, civilizados, ignorados, segregados o, llegado el momento, exterminados. El primer paso en ese camino era la “separación” de los individuos diferentes (o grupos enteros) del cuerpo nacional; la consideración de individuos y colectivos que no pertenecían al núcleo duro que representaba la esencia nacional, aunque hubiesen convivido dentro de la misma entidad política por décadas o centurias. Los crecientes nacionalismos de principios del siglo XX animaron todas estas ideas. La separación implicaba habitualmente la criminalización o la asignación de características reprobables y reconocibles por parte de las masas, convirtiendo a esos colectivos en chivos expiatorios que acabaron justificando algunos de los más horrendos crímenes de la historia de la Humanidad.
Vivimos en un momento crítico a nivel internacional por diferentes motivos, pero estimo que uno de los más relevantes es el de la normalización de unas ideas que, en el pasado, han estado asociadas al totalitarismo en sus diferentes modalidades. El racismo, el supremacismo y el imperialismo de nuevo cuño (que es naturalmente supremacista) forman parte de la historia totalitaria que tan bien describió Hannah Arendt en 1951. El camino que abonó a los diferentes totalitarismos de la década de 1930 estuvo plagado de grandes contribuciones de intelectuales en la literatura y la ciencia, pero también en pequeños gestos cotidianos, comentarios y anotaciones difundidas en la prensa y pasquines con una capacidad de difusión infinitamente inferior a la que existe en la actualidad.
La difusión de discursos de odio y la normalización del mensaje totalitario se amparan en la ironía, los chascarrillos, los memes y las bromas en redes sociales. Cuando esos discursos se hacen capilares y no producen reproche social, el veneno totalitario ya se encuentra inoculado en la sociedad. Los acontecimientos descritos por Arendt en la Europa de su tiempo son suficientemente graves para advertir a la ciudadanía sobre la gravedad de la situación actual. Cuando un expresidente de un país de la Unión Europea como M.R. trata de definir en un medio de comunicación masivo “quiénes son los franceses de verdad”, lanza un peligroso mensaje al conjunto de la sociedad, porque la distinción jurídica entre individuos en relación con su adscripción a la nación fue un elemento definitorio del ascenso totalitario. La pertenencia o no al cuerpo nacional tenía implicaciones jurídicas fundamentales. Las diferentes “prioridades nacionales o autonómicas” operan bajo lógicas similares. Antes de la segregación jurídica debe existir una diferencia cultural insalvable que genere una opinión pública favorable a la supresión de derechos por cualquier medio.
La deshumanización y negación de colectivos sociales (p.ej. personas migrantes), la elaboración y difusión masiva de discursos de odio, la violencia dialéctica y la normalización de todo ello en la conversación pública son señales de alerta. Cuando el discurso supremacista se convierte en algo normal en la conversación pública, el totalitarismo se encuentra preparado para actuar. Es fundamental volver al estudio de la historia para que la sociedad pueda defenderse del totalitarismo. Lógicamente, las sociedades democráticas no se protegerán exclusivamente con sesudas lecturas de gabinete, pero la historia, como ciencia humana que analiza las estructuras de funcionamiento debe ser tenida en cuenta para ofrecer respuesta a la sociedad. No como un arma arrojadiza sino como herramienta de preservación democrática.