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Migración y medios de comunicación

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Hay palabras que, aun antes de decir cosa alguna, ya han tomado partido. Avalancha es una de ellas; oleada, otra; asalto, naturalmente, otra. Y hasta la aparentemente inocente presión migratoria contiene ya toda una representación del mundo: si hay algo que presiona, habrá necesariamente algo que debe resistir. Así, incluso antes de conocer al ser humano que llega, hemos levantado la frontera contra él.

Lo ocurrido en Ceuta vuelve a enfrentarnos a una cuestión que Europa conoce sobradamente y que, sin embargo, parece descubrir con estupor cada vez que unas decenas, centenares o miles de personas aparecen ante una de sus fronteras. Pero la cuestión no es solo qué hacer con quienes llegan. Hay otra, anterior y acaso más profunda: cómo contamos que llegan.

La migración también es un acontecimiento lingüístico, como cualquier cuestión humana. Lo entendió bien el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular, adoptado en Marrakech en 2018 (curiosamente). Entre sus veintitrés objetivos, el número 17, cuya importancia ha recibido mucha menos atención de la que merece: “Eliminar todas las formas de discriminación y promover un discurso público basado en evidencias para modificar las percepciones sobre la migración”.

La elección de las palabras no es casual. El Pacto reconoce implícitamente algo esencial: las políticas migratorias no se desarrollan en un vacío. Se adoptan en sociedades que previamente han construido una imagen determinada del migrante. Y en la fabricación de esa imagen los medios de comunicación desempeñan un papel decisivo.

El Pacto pide fomentar información “independiente, objetiva y de calidad” sobre las migraciones; sensibilizar y formar a los profesionales de los medios sobre las cuestiones migratorias y la terminología adecuada; promover estándares éticos del periodismo y, respetando plenamente la libertad de los medios, evitar el apoyo público a quienes promuevan sistemáticamente la intolerancia, la xenofobia, el racismo y otras formas de discriminación contra los migrantes.

Las redes sociales han complicado, además, la propia noción de periodismo. Si esta se entiende funcionalmente —por lo que se hace y no por el carnet que se posee—, publicar no basta: también hay que verificar, contextualizar y responder de lo que se difunde. Nunca hubo tantos emisores; quizá por eso conviene distinguir, más que nunca, entre comunicar y hacer periodismo.

Conviene detenerse tanto en lo que dice como en lo que no dice. No exige un periodismo favorable a la migración. No reclama que se oculten los problemas derivados de las llegadas irregulares. Tampoco obliga a considerar acertada cualquier política de acogida. Todo ello sería incompatible con la libertad de expresión que el propio Pacto protege expresamente.

Lo que reclama es mucho más elemental y, quizás por ello, mucho más exigente: el rigor. Contar que una frontera se encuentra en situación extraordinaria es periodismo. Preguntarse por la capacidad de acogida de Ceuta es periodismo. Investigar delitos cometidos por extranjeros o por nacionales es periodismo. Examinar críticamente las políticas migratorias del Gobierno es periodismo. Pero convertir la procedencia del delincuente de turno en explicación del delito, transformar casos individuales en atributos colectivos o presentar sistemáticamente al extranjero como amenaza ya pertenece a otra cosa.

Porque si un español comete un delito, normalmente tenemos un delincuente; cuando lo comete un extranjero, corremos el riesgo de tener, además, un argumento sobre la migración.

Extraña aritmética esta en la que uno puede convertirse en muchos cuando conviene al titular.

Y ahí reside precisamente uno de los peligros que el Pacto Mundial identifica. La xenofobia contemporánea rara vez necesita presentarse abiertamente como tal. Le basta con administrar las palabras, seleccionar las imágenes y establecer asociaciones. Un grupo corriendo hacia una valla es una imagen. Repetida veinte veces, puede convertirse en una tesis política e incluso, para algunos, casi en una teología. Un delito cometido por un extranjero es un hecho. Una sucesión cuidadosamente seleccionada de delitos cometidos por extranjeros puede producir, sin necesidad de formular expresamente la conclusión, una teoría general sobre los extranjeros.

La propaganda más eficaz no necesita falsear cada hecho. A veces basta con decidir qué hechos veremos y cuáles permanecerán invisibles.

Esto no autoriza, desde luego, a formular una acusación indiscriminada contra los medios españoles. Sería incurrir precisamente en el mismo vicio que denunciamos: atribuir al conjunto las acciones de algunos. Hay periodistas que trabajan sobre el terreno, contrastan cifras, conocen el derecho, distinguen entre migrante, solicitante de asilo y refugiado y se resisten a convertir cada episodio fronterizo en espectáculo. Pero también existe un periodismo para el cual la migración parece haberse convertido en una cantera inagotable de miedo.

Y el miedo es una mercancía comunicativa extraordinariamente rentable. No necesita demasiadas explicaciones porque se siente; no exige contexto porque una imagen puede sustituirlo; y posee la admirable ventaja comercial de necesitar siempre una nueva dosis: otro vídeo, otro delito, otra frontera, otra avalancha, otra invasión.

Frente a ello, el Pacto Mundial propone algo que podría parecer modesto: información contrastada, terminología precisa, formación profesional y estándares éticos. Pero ¿acaso no hay nada más revolucionario, en tiempos de exaltación digital, que la exactitud?

La exactitud consiste en distinguir entre migración e inmigración irregular; migrante y refugiado; solicitud de asilo y entrada clandestina (y, por cierto, la mayor entrada de migrantes al país es por avión, pero no resulta tan amarillista como el asalto a una valla). Significa contextualizar una cifra antes de convertirla en un titular. Significa explicar un delito sin hacer de la nacionalidad del autor su causa. Y también significa reconocer los problemas reales de convivencia, seguridad o capacidad de acogida sin convertirlos en una acusación colectiva.

Aquí, el cine puede enseñarnos algo. No Other Land no trata sobre la migración hacia Europa (aquí recomiendo el filme Edén del oeste, de Costa-Gavras). Trata del desplazamiento y la desposesión de una comunidad palestina en Masafer Yatta. Pero contiene una enseñanza que debería interesar a cualquier periodista: acercar la cámara devuelve individualidad a quienes el lenguaje político había convertido en una categoría.

Y cuando la cámara se acerca, ocurre algo bastante perturbador: la avalancha tiene ojos.

Los movimientos migratorios tienen entonces un nombre, una familia, una historia, un teléfono en el bolsillo y alguien esperando una llamada al otro lado de la frontera. Y también significa que es una cuestión no solo ética, sino también de derechos y garantías que, en el marco del Derecho Internacional Público, se reconocen por humanizar este derecho y el derecho nacional. Y ello significa no retirar a una persona su condición humana antes de discutir cuáles son sus derechos.

No necesitamos un periodismo que nos diga qué pensar sobre la migración. Necesitamos uno que nos permita pensarla sin que las palabras hayan dictado previamente la sentencia ni hayan creado una realidad inamovible.

Porque las fronteras no siempre empiezan con una valla. A veces empiezan mucho antes: cuando alguien escribe asedio, otro escribe asalto y un tercero dice simplemente ellos. Y cuando el ser humano ha desaparecido tras la palabra que lo designa, la frontera más difícil de atravesar ya está levantada.