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El mito de la corrupción del lenguaje

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Si por habla vulgar se entiende, como suele entenderse habitualmente, corrupción, la afirmación de que el habla canaria es un habla vulgar es enteramente falsa. En realidad, dicha habla no es corrupción de la norma castellana o estándar, sino, como señalamos en artículos anteriores, una forma particular de usar los recursos fónicos, gramaticales y léxicos de la lengua española. Lingüísticamente, el relajamiento con que pronuncian los canarios la consonante /ch/ y los sentidos de pasado reciente y volver que dan al pretérito indefinido y al verbo virar, respectivamente, por ejemplo, no son corrupciones de la /ch/ tensa, el sentido de pasado remoto del pretérito indefinido y el sentido cambiar de bordada del verbo virar de los castellanos, sino formas particulares de actualizar las invariantes fónica, gramatical y léxica, respectivamente, que subyacen a la /ch/, el pretérito simple y el verbo virar de la lengua española. En efecto, lo que, desde el punto de vista articulatorio, define constante e invariablemente al fonema español /ch/ es algo así como consonante, oral, palatal, tensa (en oposición a la consonante /y/, que es relajada), independientemente de que se pronuncie más o menos floja, como en Canarias, o más o menos tensa, como en Castilla. Lo que define constante e invariablemente al pretérito indefinido (amé, anduve…) es algo así como mostración temporal anafórica vista desde fuera (en oposición a la mostración temporal anafórica vista desde dentro del llamado pretérito imperfecto: amaba, andaba…), independientemente de que esa mostración temporal anafórica se utilice para designar tiempo pasado remoto, como en Castilla, o, indistintamente, tiempo pasado remoto y tiempo pasado reciente, como en Canarias. Y lo que significa constante e invariablemente el verbo virar, es algo así como ‘inversión initiva de la orientación’, independientemente de que esa inversión se realice en la mar, como en castellano, o en la tierra o en la mar, como en Canarias.

No se trata, pues, de que el canario emplee el sistema fonológico, el sistema gramatical y el sistema léxico de la lengua española de la forma particular que los emplea porque desconozca la lengua que habla o por una especie de pereza o incapacidad para usarla bien, como suponen los castellanistas. Se trata más bien de que, por razones históricas, referenciales o expresivas particulares, los canarios realizan las consonantes de ese sistema fonológico de forma más relajada que los castellanos y emplea algunas de sus unidades gramaticales y léxicas en funciones designativas propias. Por tanto, los usos que hacen los canarios de los sistemas fónico, gramatical y léxico de la lengua española son tan correctos como los que de ellos hace el resto de los hispanohablantes. Como señala Ángel Rosenblat, “desde el punto de vista filológico, no hay malas palabras. Toda palabra, cualquiera que sea la esfera de la vida material o espiritual a que pertenezca, tiene dignidad e interés histórico y humano”.

Más todavía: no es sólo que el uso que hace el canario de la lengua española sea tan legítimo como el que de ella hace el castellano, sino que, además, ambos son complementarios, porque uno y otro contribuyen en igual medida al desarrollo o desenvolvimiento de sus posibilidades expresivas. Gran parte de los fenómenos propios del español de Castilla, del español de Andalucía, del español de Canarias y del español de América no son otra cosa que grados de desarrollos distintos (conservadores unos e innovadores otros) de los mismos fenómenos fónicos, gramaticales y léxicos. ¿Qué es el seseo andaluz, canario y americano sino la fase más avanzada de la reorganización del sistema de sibilantes del viejo castellano, una reorganización que empezó desde la Edad Media en la misma Castilla? ¿Qué es el ustedes que emplean los canarios para designar el oyente plural en general sino la fase más conservadora de la neutralización de la oposición pronominal vosotros / ustedes, en favor del elemento ustedes, que se desató en Andalucía a partir del siglo XIX y que allí ha seguido evolucionando hasta combinaciones híbridas del tipo ustedes se quedáis en casa, que no han alcanzado aún las costas insulares? ¿Qué es el chirrimil que usan determinados canarios para designar las cosas inútiles, por desmedradas, sino la fase más avanzada o quintaesenciada de la evolución semántica de la voz del español vascongado sirimiri ‘calabobos’? ¿Qué es el barraquito ‘cortado de leche y leche con licor, canela y limón’ que encontramos regado por tantas zonas de Canarias sino la fase más conservadora del significado originario de una voz que surgió de un genial acto de creación lingüística del pueblo de Santa Cruz, donde hoy se usa ya incluso con el sentido de ‘cortado largo de leche y leche’, sin más? Y, si se trata de usos complementarios, ¿por qué van a ser más legítimos los unos que los otros?

Pero, aunque está claro que el español popular de Canarias es, lingüísticamente hablando, tan legítimo como el español que suele llamarse culto, la verdad es que el tópico de que nos encontramos ante un habla corrompida o vulgar se encuentra tan arraigado en el subconsciente colectivo, que hasta del ámbito universitario es difícil erradicarlo. Como ejemplo, basta el siguiente engendro, con que un catedrático de química de la Universidad de La Laguna pretendía mofarse del habla canaria nada más y nada menos que en la lección inaugural de un curso académico, del curso académico 1998-1999: “A primera vista no me paíce que los políticos que padecemos tengan el pomo caído o las madres reviradas, pero me paíce que están un tanto como algo jíbicos o bien que sus sesos jayan sufrido un paralís que se los haya dejado paralisos y los muy confiscados andan como medio encochinados. No sé si uno de los remedios pa que dejen d’istar cancaniando y garrapatiando y haciendo chafalmejadas por los charaviscales políticos que paíce qu’están sindicados, sería darles un bernegal d’un agüita guisada o un beberaje de almirones, marimoñas, hinojo, matalajuga o arguazo acabantito jacer”. Cantinfladas como esta, que nada tiene que ver con la verdadera habla canaria, sino, a lo sumo, con Las boladas de seña María o las humoradas de cualquier candoroso costumbrista insular, es prueba fehaciente de cuál es el concepto que tiene mucha gente (incluso culta) de las Islas de la forma de expresarse de la región, que se supone que, cepillada o no, es la suya propia.

¿Cómo se explica que perjuicio tan dañino se haya perpetuado en el tiempo, después de todo lo que nos ha revelado la lingüística moderna respecto de las hablas populares? Esta pertinacia sólo se explica por la manipulación que una burguesía inculta, que desprecia lo que ignora, que ignora y desprecia a un pueblo que siempre ha explotado en beneficio propio, hace de esos dos potentes canales de difusión que son el sistema educativo y los medios de comunicación de masas, para difundir prejuicios clasistas. Porque es evidente que, como queda demostrado, la ecuación habla canaria = habla vulgar que se ha establecido siempre no es un juicio de hecho, un juicio relativo a una propiedad inherente a la realidad que se analiza, que es el habla canaria, sino un juicio de valor sobre esa realidad; es decir un prejuicio. Un prejuicio que convierte el habla canaria en habla de paletos, palurdos o personajes bufos, que sólo sirve para hacer reír. “Cuando se menciona la cultura hecha en las Islas -escribe Rubén Naranjo, con razón- siempre hay quienes vienen a discutir si se trata de la cultura de Canarias o en Canarias. En cualquier caso, se trata de ridiculizar, de minusvalorar lo propio, reduciéndolo como mucho a asunto de magos, que no va más allá de un chaleco y una cachorra, o de una guagua o de un aguaviva. El complejo de inferioridad de colonizado que arrastramos nos lleva a la risa fácil para cualquier tentativa de reivindicar aquello que nos identifica como pueblo”. Recuérdese, por ejemplo, el esperpéntico programa de Televisión Canaria En clave de ja, que durante tanto tiempo alegró, paradójicamente, las pajarillas a tanta gente del Archipiélago y que con tanta agudeza denunció el profesor Juan Manuel Pérez Vigaray en su excelente Español de Canarias y humor canario: amores que matan. ¿Por qué no se indignaba el pueblo canario ante tal cúmulo de ordinarieces y hasta insultos a su dignidad? Pues simplemente porque sabía o intuía, con razón, que la “jerga exagerativa y caricaturesca” de Chona, Carmela, Panchita, Servando o Josito no pasaba de ser otra cosa que un pastiche; un pastiche construido a partir de los rasgos más arcaizantes o tradicionales del dialecto, adobado con alguna que otra voz jergal de los suburbios, arrabales o polígonos de las ciudades canarias, que nada tenía que ver con su habla verdadera. De ahí que, en lugar de indignarse ante el esperpento, se riera, no de la forma de hablar en sí, sino de la torpeza y falta de sensibilidad de los que la inventaron.

En todo caso, hay en estas burlas de la forma de ser y de expresarse del mago, como se dice por acá, o del maúro o campurrio, como se dice por allá, una profunda injusticia humana y un ruin desagradecimiento hacia todos aquellos que nos llenan la mesa.