No quieren que les creas. Quieren que no creas a nadie
La mentira industrial no aspira a convencer: aspira a agotar. Cuando la desinformación triunfa de verdad, no es porque hayas aceptado una falsedad. Es porque has dejado de buscar.
Hay un momento, si eres honesto, lo reconocerás, en el que dejas de comprobar si algo es verdad. No por pereza ni por ignorancia. Sino porque has calculado, con la frialdad del que ha sido quemado demasiadas veces, que el esfuerzo no vale la pena. Que habrá una versión contraria con el mismo tono de certeza inapelable. Que el hecho verificado llegará tarde, viajará despacio y convencerá a nadie que no estuviera ya convencido. Ese momento de rendición, tan silencioso, tan razonable, es exactamente el momento que alguien lleva años intentando provocarte.
Hannah Arendt lo escribió cuando el humo de los hornos todavía era reciente y su advertencia sonaba a anatomía del pasado. Hoy suena a diagnóstico del presente: la mentira sistemática, explicó, no pretende convencerte de una falsedad concreta. Pretende destruir en ti la capacidad misma de distinguir lo verdadero de lo falso. No aspira a tu credulidad. Aspira a tu agotamiento.
La diferencia es crucial, y tendemos a pasarla por alto. La propaganda clásica, la del cartel, el noticiario estatal, el periódico que solo existe en una versión, requería que creyeras. El modelo contemporáneo no. Le basta con que dudes de todo. Con que iguales, en un gesto de falsa simetría intelectual, al que miente sistemáticamente con el que verifica laboriosamente. Con que repitas, como señal de pensamiento crítico, que “todos mienten igual”. Esa frase, pronunciada con la satisfacción del que cree haber escapado al engaño, es el engaño.
En España llevamos décadas sometidos a este experimento con la paciencia de cobaya bien alimentada. No es que un partido mienta más que otro, la contabilidad comparativa del bulo tiene sus propios problemas metodológicos, sino que el efecto acumulado de la mentira competitiva ha producido algo más valioso para el poder que cualquier falsedad concreta: la indiferencia activa. El Gobierno publica una cifra; la oposición presenta otra con distinta metodología y el mismo tono de evidencia irrefutable. El INE es gubernamental. Los medios son del establishment. Los verificadores tienen su sesgo. Bienvenido al ecosistema perfectamente diseñado para que el ciudadano más informado acabe con la misma capacidad de acción política que el que no lee nada: ninguna.
Trump no inventó este mecanismo, pero lo industrializó con la eficiencia de quien ha encontrado su vocación tardía. Sus desmentidos de hechos comprobables, audiencias de inauguración, fraudes electorales que ningún tribunal encontró en ningún Estado, datos sanitarios que contradecían a sus propios epidemiólogos, no buscaban ser creídos por todos. Buscaban algo más modesto y más devastador: instalar la duda, convertir a los verificadores en actores políticos, hacer que el propio acto de comprobar pareciera un gesto partidista. Lo consiguió. La confianza de los votantes republicanos en los medios de comunicación ha caído a mínimos históricos, según Gallup. No es que crean a Trump. Es que han dejado de creer a nadie más. Lo que es, por supuesto, exactamente lo mismo.
Rusia opera con la misma lógica, pero sin la fanfarria. La desinformación sobre Ucrania no pretende convencer al mundo de que Kiev bombardea sus propias ciudades, esa batalla la tiene perdida de antemano; pretende que el mundo diga “hay versiones para todo” y mire hacia otro lado. La confusión no es un efecto secundario de la campaña. Es el objetivo central del briefing.
Las redes sociales son la infraestructura perfecta para este proyecto, aunque sus ingenieros nunca la diseñaran con esa intención, o eso dicen, que también cuenta. Sus algoritmos no premian la verdad: premian la indignación. Una mentira emocionalmente cargada viaja, según un estudio del MIT publicado en Science, aproximadamente seis veces más rápido que su corrección. Y cuando el desmentido llega, ya ha cumplido su función: ha contaminado el ambiente, ha consumido la energía cívica que podría haberse gastado en algo real. Las redes no son plazas públicas donde se debate. Son máquinas de producir suficiente ruido para que nadie escuche nada con claridad, y se han revelado extraordinariamente buenas en su trabajo involuntario.
Aquí está la trampa más elegante de todo el sistema. El escepticismo absoluto, esa pose de “todo es mentira, todos mienten igual”, se vende a sí mismo como lucidez. Como la actitud del ciudadano que no se deja engañar. Es, en realidad, exactamente lo contrario: es la actitud que el embustero necesita para operar sin resistencia. El que exige verificación es peligroso. El que ha decidido que nada es verificable es perfectamente inocuo: puede protestar todo lo que quiera en las redes sociales, que para eso están.
Arendt advertía que cuando la mentira sistemática triunfa, el resultado no es una sociedad que cree las mentiras oficiales, sino una sociedad que ha perdido el sentido con el que nos orientamos en la realidad. Eso no es una sociedad engañada. Es algo considerablemente peor: una sociedad que ya no sabe que lo está.
Defender la verdad factual en este clima no es ingenuidad ni militancia. Es, paradójicamente, el único acto verdaderamente subversivo que queda. Porque la subversión real no consiste en dudar de todo, eso es exactamente lo que el sistema quiere de ti, sino en tener la paciencia, el rigor y la incomodidad de distinguir. De verificar. De decir: esto es falso, esto es verdadero, y la diferencia importa, aunque a nadie le parezca rentable decirlo.
El embustero te necesita cansado.
No se lo pongas tan fácil.