Nullum bellum esse iustum
Si existe una sociedad histórica que hizo de la guerra su forma de vida fue la romana. No significa que no tengamos suficientes ejemplos de pueblos que se caracterizaron por ser belicosos o estar en continuo enfrentamiento con sus vecinos o con quien se les pusiera por delante. Sin embargo, la historia de Roma está marcada desde sus orígenes por el hecho de la guerra. Desde su pasado mítico fundado sobre Eneas, un superviviente de la destrucción de Troya por parte de los micénicos, hasta su final a manos de los godos, aquellos a quienes Roma hizo la guerra durante los últimos años de su imperio. La guerra definía el calendario anual, hasta el punto de que el mes que nosotros asociamos al estallido de la primavera, cuando comienza el buen tiempo y las temperaturas son más agradables, en Roma recibía el nombre de Martius (nuestro marzo). Estaba dedicado al dios romano de la guerra, porque el buen tiempo también inauguraba la temporada bélica, hasta la llegada del otoño y el retorno a las “campamentos de invierno”. Durante mucho tiempo también, era considerado el primer mes del año, porque era cuando los magistrados republicanos tomaban posesión de sus cargos y se acordaban las decisiones importantes.
Estos romanos se dedicaron desde muy temprano a guerrear con todos sus vecinos; primero con sus primos del Lacio, luego con los demás pueblos de Italia. Cuando se les acabó la península entraron en disputa contra Cartago y el Norte de África; luego llegó a la Península Ibérica y para finales del siglo I a.C. ya estaban presentes en todo el Mediterráneo. Sin embargo, uno no se embarca en una política militarista expansiva e intervencionista sin construir un relato justificador del “por qué guerreamos”. Si las primeras guerras estaban motivadas por la necesidad de garantizar su propia supervivencia como ciudad-estado, pronto se vio que el proverbio de Vegecio si vis pacem, para bellum no se resumía exclusivamente a la paz por disuasión, sino a la necesidad de atacar primero. De esta forma, los autores antiguos acuñaron un concepto que servía para manejar la construcción del relato que Roma quería fijar en relación con su política belicista. Los cronistas de la historia de Roma, con Tito Livio a la cabeza, evolucionaron en el significado de la expresión Bellum Iustum (Guerra Justa), para amoldarla a la construcción de un imperio territorial. En un primer momento la fórmula era referida al cumplimiento de las formalidades legales y rituales a la hora de declarar la guerra a algún enemigo. En este sentido lo refiere Cicerón (De officiis 1.34–40) al señalar que Nullum bellum esse iustum, salvo la que se libra para reclamar derechos o previamente denunciada y declarada. Sin embargo, cuando Roma se convirtió en la potencia militar y política del Mediterráneo, actuando como árbitro de los conflictos de las demás naciones e interviniendo por voluntad propia en la política interna de pueblos históricos como Egipto o las ciudades griegas, el sentido de bellum iustum derivó hacia la justificación de los intereses propios o de sus aliados como motivo para intervenir militarmente en conflictos que no afectaban directamente al territorio romano. La anécdota célebre de Catón el Viejo repitiendo al finalizar cada discurso que hacía en el Senado la coletilla de Ceterum censeo Carthaginem esse delendam (“además opino que Cartago debe ser destruida”), era una forma de disponer un estado de opinión favorable entre la población romana para que iniciara una tercera y definitiva guerra contra Cartago para que fuera aniquilada por completo, a pesar de haber dejado de ser una amenaza real.
La guerra y el imperialismo se convirtieron en instrumentos que favorecían los intereses de las élites dirigentes romanas. No olvidemos que las victorias reportaban enormes riquezas convertidas en botines de oro y plata. También la venta de esclavos cautivos aumentó los bolsillos de quienes no participaban directamente en las decisiones políticas, pero financiaban a quienes se presentaban a las altas magistraturas. Por tanto, los intereses que movían los conflictos permanentes en territorios alejados no estaban amparados exclusivamente por una justa defensa de sus fronteras. De ahí que fuera necesario crear un estado de opinión favorable para que se aceptaran estas continuas intervenciones. En algunos casos, la idea de Guerra Justa fue suficiente para que la población comprara la pertinencia de algunos de los conflictos. El poder político siempre ha manejado y controlado los medios de difusión, tuvieran estos el formato que fuera en cada momento. En otros casos, y eso abrió el principio del fin del Imperio romano, nadie se atrevió a cuestionar las decisiones unilaterales, megalómanas, caprichosas y sin justificación alguna de quien ostentaba como emperador de turno el poder de la mayor potencia mundial de aquel momento.