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Israel Campos

Profesor de Historia Antigua en la ULPGC y especialista en el campo de Historia de las Religiones.

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Omnis Improbitas Exstinguenda

La historia de la Roma Antigua está marcada por multitud de personajes que no se caracterizaron por sus grandes hazañas, sino más bien por todo lo contrario. El conocimiento que tenemos de ellos, a menudo nos ha llegado por lo que nos contaron autores latinos que dejaron en sus obras semblanzas de estos individuos como ejemplo de lo que no debía ser el comportamiento esperado de un buen ciudadano romano. No era frecuente que estos protagonistas alcanzaran un castigo en vida, por eso los casos que nos han informado a través de los textos conservados de quien fue durante los últimos años de la república romana el abogado más famoso, Marco Tulio Cicerón, tienen el doble valor: no solo para conocer su pensamiento, sino también para obtener una radiografía de la vida judicial y los casos más escandalosos que se producían en aquellos años. En su libro Contra Verres, Cicerón recogió los discursos que pronunció en el año 69 a.C. en la causa en la que representó los intereses de los habitantes de la provincia romana de Sicilia contra su reciente gobernador Cayo Verres. El currículum de este senador romano era bastante extenso y estaba marcado por una trayectoria muy lejana a la palabra “impecable”. Antes de llegar a Sicilia, ya había afianzado su carrera política por medio del soborno, lo que le permitió obtener en el año 74 a.C. la magistratura de “pretor”, cargo político que en Roma tenía atribuciones principalmente judiciales. Como juez comenzó a prevaricar interfiriendo en las causas que estaban siendo instruidas por otros colegas para favorecer a los encausados que le pagaban un dinero a cambio. Cuando llegó como gobernador de Sicilia, aprovechó su mandato para extorsionar a los agricultores subiendo los impuestos de forma desorbitada, anulando contratos e ignorando de forma continuada las reclamaciones que los ciudadanos romanos le hacían. Esa fue la razón de que, a su retorno, los sicilianos contrataran a Cicerón para que llevara la acusación en su contra.

No podemos pensar que conseguir llevarle a juicio fue una tarea fácil. Como miembro del orden senatorial, conocía los entresijos del sistema, contaba con el apoyo de muchos miembros de su grupo y además contrató al otro gran abogado del momento, Quinto Hortensio. La causa se demoró todo un año en el que Verres y su abogado empezaron a utilizar todas las argucias legales e ilegales que estuvieron a su alcance. Intentó retrasar el juicio para que quien lo presidiera fuera un magistrado amigo personal de Verres, Quinto Cecilio Metelo, alegando que había que esperar que acabaran las fiestas de verano, o pretendiendo que se diera prioridad a otros juicios anteriores. El objetivo fundamental era tratar de impedir que su caso fuera presidido por Manio Acilio, pretor de ese año y difícilmente sobornable. Finalmente, el juicio comenzó en agosto, cuando Cicerón pudo presentar nuevas pruebas en su contra que frenaron cualquier otro intento de rechazo. El trabajo de Cicerón en este caso es conocido, como dije, por poner en evidencia la corrupción de un sistema político romano, la República, que en su proceso de transformación en un imperio territorial había fallado en crear los mecanismos de control para evitar que quienes ejercían las funciones de administración de los territorios o estuvieran al frente de la aplicación de la justicia no actuasen de forma corrupta y favoreciendo otros intereses. Lo de Verres no era un caso nuevo, sin embargo, la experiencia que se había incrustado dentro de la praxis política de la república romana había enseñado a los pobres ciudadanos que las élites político-económicas utilizaban los aparatos de Estado para beneficiarse y protegerse mutuamente. Cualquier intento de hacer depurar las responsabilidades, difícilmente llegaba a término o se solucionaba con penas meramente simbólicas. Ese argumento es que el va a presentar Marco Tulio Cicerón al comienzo de su discurso en contra de Verres y su abogado defensor, para justificar no solo la apertura del juicio, sino que después de mucho tiempo haya abandonado su función de abogado defensor, para ser parte de la acusación. No se trata de un caso aislado con el que castigar a un individuo particular, lo que Cicerón señala en su Contra Verres es que era necesario “extirpar y exterminar la prevaricación, que es lo que el pueblo romano demanda ha largo tiempo” (omnino omnis improbitas, id quod populus Romanus iam diu flagitat, exstinguenda atque delenda sit. I,8). Finalmente, Verres acabó siendo sentenciado, aunque antes de terminar el juicio y por recomendación de su abogado se marchó exiliado de Roma a la que ya nunca volvió y acabó siendo proscrito en el 43 a.C. por Marco Antonio.

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Delenda est Carthago

Cuando a principios del siglo III a.C. la ciudad de Roma ya se había anexionado toda la península itálica, le llegó el momento de enfrentarse con la otra potencia hegemónica en el Mediterráneo central hasta ese momento: la ciudad norteafricana de Cartago. Del conflicto entre estas dos ciudades surgieron las conocidas como Guerras Púnicas (púnico es la manera latina de referirse al origen fenicio -phoiniké en griego- de la ciudad), que marcaron un antes y un después en la historia de Roma y le permitieron empezar a gestar un imperio territorial mucho antes de que hubiera emperadores. En la primera de las guerras, el territorio en conflicto fue Sicilia y después de casi veinte años, Roma consiguió imponerse. En la segunda, hubo dos escenarios principales, el sur de la península ibérica y la propia Italia. En este conflicto hubo dos protagonistas relevantes: del lado cartaginés, Aníbal consiguió sorprender a los romanos obteniendo victorias en suelo itálico y llegando a estar a punto de dar el “sorpasso” de conquistar la propia ciudad de Roma. El miedo a verse vencidos fue tal que el Senado llegó a plantearse huir y abandonar la Urbe a su suerte. Finalmente apareció la figura de Publio Cornelio Escipión (luego llamado también el Africano) quien de forma sorpresiva, no solo le fue ganando terreno a los cartagineses en Iberia, sino que finalmente llegó a vencer a los ejércitos de Aníbal a las puertas de la propia ciudad de Cartago en la batalla de Zama del año 202 a.C.

Después de esta victoria, Cartago quedó confinada a su mínima expresión. Roma aprovechó la coyuntura para expansionarse por el Mediterráneo, conquistando Grecia, la Península Ibérica y Asia Menor. Desde el punto de vista histórico, siempre ha sido interesante analizar el contexto en el que Cartago pudo sobrevivir tras la derrota contra Roma, perdiendo buena parte de sus territorios que le permitían obtener apoyos humanos e ingresos económicos. Además, esa derrota fue aprovechada por los pueblos bereberes vecinos de la colonia fenicia para expandirse a su costa y conformar los futuros reinos de Numidia y Mauritania, aliados de Roma. Los romanos parecían haberse despreocupado de su anterior enemigo por antonomasia, satisfechos con su victoria y con su nuevo papel de dominadores. Sin embargo, las fuentes nos han dejado una anécdota vinculada a un personaje curioso de la historia de Roma. Plutarco (Catón, 27) y Plinio (Historia Natural, 15.74) hablan de un tal Catón el Viejo quien a mediados del siglo II a.C., solía acabar todas sus intervenciones o charlas ya fueran en el Senado, en el Foro, en una cena de amigos o en los retretes públicos con la siguiente sentencia: “Delenda est Carthago” (Cartago debe ser destruida). Este político romano asumía que Roma no podía permitirse dejar con vida a su enemigo, puesto que siempre podría recuperarse y volver a convertirse en la amenaza que 70 años atrás había llegado a plantarse a las puertas de la propia ciudad. Bien fuera por su insistencia, sus maquinaciones o por los propios intereses estratégicos, en el 149 a.C. Roma finalmente declaró la Tercera Guerra y el resultado final fue la destrucción y arrasamiento completo de la ciudad púnica.

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'Rem publicam amplificatam, qui religionibus paruissent'

Hoy, una vez más, se acaba este momento del año que está marcado en el calendario como la celebración de la Semana Santa. Son dos días festivos del calendario laboral y siete días de vacación dentro del calendario escolar y universitario. En esta ocasión, la conmemoración de los momentos más importantes de la liturgia cristiana han estado marcados por la actualidad política que vive España de cara a la cita electoral del próximo domingo 28 de abril.

Hace un año, la polémica se centró en la decisión tan particular de la entonces ministra de Defensa, la desaparecida María Dolores de Cospedal, de decretar que la bandera nacional ondeara a media asta en los edificios públicos. Aquella medida desembocó en muchos debates que pusieron una vez más la atención sobre la tan delicada cuestión de la confesionalidad o no del estado español. El artículo 16 de la constitución española establece en su apartado 3 que “ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. Sobre este aspecto se ha construido la particular relación que en nuestra democracia se ha establecido entre los poderes públicos y el hecho religioso, dejando claro que la Iglesia Católica ha mantenido su protagonismo histórico, sustentado sobre los concordatos firmados con la Santa Sede en el año 1979.

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Postquam omnium animus alacuis videt

En el año 63 a.C., la vida política en la república romana se encontraba bastante convulsa. Hacía ya unos años que se había vivido un episodio dramático, cuando Sila había vencido en la primera guerra civil y por un tiempo había implando una dictadura que trajo consigo la eliminación de una parte importante de la clase política senatorial y un giro conservador en el gobierno. Con  su muerte, el senado romano trataba de volver a hacerse con el control del poder. Había tenido que enfrentarse al episodio separatista de Quinto Sertorio, quien por unos diez años declaró independiente de Roma buena parte de los territorios de la Península Ibérica. Pero los mayores peligros se encontraban en su interior. Habían ido cobrando peso dentro de la ciudad de Roma grupos sociales y facciones políticas que sentían que el gobierno no les representaba. Consideraban que quienes estaban al frente de las instituciones republicanas en ese momento eran indignos y que no estaban sabiendo ofrecer las soluciones adecuadas a los problemas que acuciaban a la ciudadanía. Al frente de estos grupúsculos, que englobaban a diferentes capas sociales, se encontraba una figura que tenía un pasado vinculado tradicionalmente a las élites del poder, puesto que por apellido y pasado, Sergio Catilina, formaba parte de las familias patricias de cierto prestigio en la Urbe. A su alrededor, Catilina irá formando una camarilla de conspiradores que de una forma u otra, bien por convicción o para satisfacer sus propias ansias de poder personal, alentaban la necesidad de desgastar en lo posible al Senado y buscar el momento para dar un golpe de mano y hacerse con el control del gobierno de la república.

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Conspiratio inter tres civiates principes

Son muchos los historiadores de la Antigüedad que no acaban de ponerse de acuerdo de cuándo y en qué circunstancias empezó a gestarse la descomposición de la república romana. Un periodo que se suele describir en términos generales como la “Crisis de la República” y que tiene claramente un punto final, cuando Octavio se queda con todo el poder al eliminar a su último enemigo fuerte: Marco Antonio, aliado con la famosa Cleopatra de Egipto. Sin embargo, para buscar un momento histórico en el que el sistema de gobierno surgido tras la expulsión a finales del siglo VI a.C. – la fecha simbólica es el año 509 – del último de los reyes romanos, Tarquinio el Soberbio, empezó venirse abajo se suelen ofrecer diversos episodios: la crisis de los Graco, los consulados de Cayo Mario, las diferentes guerras civiles del siglo I a.C. Pero si queremos destacar un instante preciso en el que se pudo percibir claramente que ya no se podría dar marcha atrás a los acontecimientos que acabarían con la República para dar paso al gobierno personalista del Imperio, ese fue cuando tres hombres con trayectorias políticas diferentes unieron sus destinos y sus intereses. Los nombres son largamente conocidos por los sucesos que protagonizaron después, pero aquel año 60 a.C. Cneo Pompeyo, Marco Craso y Julio Cesar tenían trayectorias políticas muy diferentes que les permitían estar en las condiciones más adecuadas para hacer un pacto con el que repartirse de forma indirecta el manejo de todos los entresijos del gobierno de la tambaleante República. Que tres personajes que se arrogaban ser los representantes de las diferentes sensibilidades políticas de Roma consideraran que era perfectamente lógico y asumible que en aras de evitar enfrentamientos entre ellos, era preferible un acuerdo político con el que controlar al Senado y al gobierno, nos da una perfecta radiografía de cómo de debilitado se encontraba un Estado que había alcanzado cotas de poder y control territorial enorme, pero que en ese mismo proceso se había manifestado como inadecuado para hacer frente a las nuevas realidades que se le habían presentado con el paso de los años.

Lo interesante de este episodio conocido como el Primer Triunvirato (los tres hombres) es que cada uno arribaba a él con intereses y situaciones bien diferentes: Pompeyo, ya conocido entonces como el Grande, venía de ser la cabeza visible de la facción política de los optimates, los conservadores que consideraban que las tradiciones había que conservarlas y que la plebe debía estar satisfecha con las decisiones que el Senado tomaba por el “bien” de todos; sin embargo, su poder no acababa de consolidarse y necesitaba afianzar su figura como “Primer hombre de Roma”. Marco Craso era para entonces el hombre más rico de Roma, su trayectoria política era un tanto limitada – su mayor éxito era haber acabado con la revuelta de esclavos liderada por Espartaco – y representaba los intereses del grupo de los caballeros, quienes desempeñaban todos los lucrativos negocios que habían surgido al amparo de la expansión imperialista de Roma desde el siglo III a.C. Por último, un Cayo Julio César que recién empezaba su carrera política, contaba como principal capital tener el respaldo de las masas populares que estaban cansadas de que los senadores gobernaran pensando en sus intereses y que veían en César al hombre que haría las reformas para que Roma volviera a ser grande de nuevo.

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'Quadraginta milia librorum Alexandriae arserunt'

Dada su etimología, tradicionalmente se ha creído que el origen del término museo estaba relacionado con la mitología griega. En ella, el museion (en latín musaeum) venía a ser la morada de las musas, esas nueve deidades que se pensaba que habitaban en el Parnaso. Todas eran hermanas y personificaban las artes y las ciencias: Calíope lo era de la Poesía Épica, Clío de la Historia, Erato de la Poesía Lírica, Euterpe de la Música, Melpómene de la Tragedia, Polimnia de la Pantomima, Talía de la Comedia, Terpsícore de la Danza y Urania de la Astronomía. La principal razón de su ser era la protección de las artes mencionadas y la inspiración a los artistas. Sin embargo, cuando buscamos la aplicación que la palabra museo tenía en la Antigüedad, en realidad no tenía una relación directa con la idea moderna que tenemos de lo que hace referencia este término. En realidad, el verdadero contexto en el que esta palabra se emplea para referirse a lo que ahora conocemos debemos situarlo en Francia y en el momento posterior a su revolución. Cuando en la Asamblea Nacional debaten qué hacer con las colecciones artísticas que había en los palacios reales, se decide convertir esas dependencias en un museum, pero su referente histórico no serán las musas griegas, sino un modelo cultural que sí tiene un pasado helénico, pero que se desarrolló a partir del siglo III a.C. en Alejandría, capital del Egipto gobernado por la familia macedónica de los Ptolomeos. Fue descrito por el geógrafo Estrabón de la siguiente manera: “Un lugar en la ciudad de Alejandría […] donde era mantenido con fondos públicos un cierto número de estudiosos por sus méritos […]fue un largo edificio adornado con pórticos y galerías para caminar, con largas habitaciones para conversar sobre problemas de literatura y una habitación donde reunirse”.

En la idea de los ilustrados franceses no estaba evocar a musas y divinidades, sino ofrecer a la ciudadanía un lugar físico, a imitación del antiguo Museo de Alejandría, donde recopilar las piezas artísticas confiscadas a la monarquía y a la aristocracia tras la revolución. En su voluntad se encontraba la convicción de que los museos debían ser lugares desde donde fomentar la difusión y conocimiento de estas obras por parte del conjunto de la ciudadanía, sentando así las bases del futuro concepto de patrimonio cultural. Influidos por estas ideas debemos entender el esfuerzo que, a finales del año 1879, llevó a un grupo de intelectuales y científicos canarios a crear una Sociedad Científica y posteriormente a abrir en la planta alta de las Casas Consistoriales la primera sede de El Museo Canario. Desde sus orígenes, esta institución no se ha limitado a ser meramente un lugar de colección de las piezas que testimonian nuestra historia, sino que ha sido el motor principal para la investigación, creación y divulgación del conocimiento desde estas islas. Desde su sede actual en la antigua casa del Dr. Chil y Naranjo, se ha convertido en el punto de referencia para la formación de generaciones de investigadores, pero también para poner en el mapa el conocimiento científico de la historia de Canarias.

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Scio me nihil scire

Después del curso político que llevamos, que ha estado marcado por los escándalos académicos de títulos de Master fraudulentos y demás componendas extrañas sobre convalidaciones, no deja de ser un enorme ejercicio de humildad política que nuestro entrañable presidente del Gobierno autónomo haya hecho una confesión tan atrevida como la de que se declara un ignorante en todo, pero que sabe rodearse de personas mejores que él. En este país en el que desde hace siglos hemos estado acostumbrados a arrastrar el lastre de vivir al remolque de los inventos e innovaciones que nos venían de fuera, presumir de ignorancia no parece que suponga en un desmerecimiento para nadie. De hecho, todavía se sigue recordando de vez en cuando la máxima de Millán-Astray en 1936, cuando proclamó aquello de que “¡Muera la Inteligencia!”, y quien aquel día le hizo la réplica, Miguel de Unamuno, unos años antes había sentenciado también su famosa “Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones”. Si hace unos años también en esa misma sede parlamentaria, un Director de la Radio Televisión Canaria presumió de su formación en la Universidad de la Vida, eso explica por qué el presidente no se haya ruborizado lo más mínimo en su afirmación. De hecho, sin él darse cuenta (puesto que como ha reconocido, es un ignorante en todo) se ha puesto a la misma altura intelectual que el padre de la Filosofía, Sócrates. La frase entronca directamente, dos mil y pico años después, con la que Platón en su Apología de Sócrates nos legó con el conocido dicho de “solo sé, que no sé nada” (scio me nihil scire).

Tener un presidente del Gobierno que es un remedo de los filósofos griegos nos supondría una enorme satisfacción, puesto que estaríamos respondiendo al ideal que el propio Platón había diseñado en su República, donde establecía que el gobierno debía recaer sobre los más sabios. Sin embargo, mucho me temo que este alarde de humildad no nos lleva directamente al inventor del método mayéutico, por el cual Sócrates trataba que cada uno alumbrara por sí mismo el conocimiento; sino que la frase hecha que Clavijo formuló se la tomó a otro personaje no tan relevante. El padre de esa expresión fue Andrew Carnagie, el hombre más rico de EE.UU. a principios del siglo XX, y la realizó para justificar el origen de su fortuna y la fórmula magistral para su éxito empresarial. No se trata de demonizar a este personaje, puesto que destinó buena parte de su fortuna a la filantropía y la promoción de la cultura, pero comprenderán que el contexto y el sentido es completamente diferente al que habíamos interpretado de las palabras de Clavijo.

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Ostracismo

Si queremos buscar los orígenes históricos del episodio político que ha sacudido España en estos días, debemos remontarnos, cómo no, a la cuna de este sistema llamado Democracia. A finales del siglo VI a.C. en Atenas se habían vivido unos años bastante convulsos. La ciudad había experimentado un periodo de cuarenta años de tiranía, iniciada por Pisístrato y continuada luego por sus hijos, Hipias e Hiparco. Al expulsar al último de los tiranos y bajo la dirección de un nuevo personaje carismático, Clístenes, se iniciaron las reformas políticas que sentaron las bases de lo que posteriormente sería el poder en manos del pueblo (demos-krátos). Sin embargo, desde muy temprano, Clístenes previó el peligro que podía suponer para la estabilidad del nuevo régimen el que cualquier ciudadano pudiera llegar a convertirse en una amenaza que supusiese un retorno a la tiranía. O, peor aún, que algún magistrado pudiera desde su cargo convertirse en un obstáculo para la búsqueda del bien común. Es por esa razón que se introdujo lo que podríamos considerar el antecedente de la moción de censura.

Según cuenta Aristóteles en su Constitución de los Atenienses, Clístenes estableció la posibilidad de desterrar durante diez años de la ciudad a aquel que fuese considerado por la asamblea como un peligro para la comunidad. Obviamente, este sistema no se realizaba de forma aleatoria, sino que debía ser resultado de una votación. Para ello, a mitad de año se convocaba a los ciudadanos (lamentablemente en esta época en la que estamos solo estaban incluidos los hombres) para que decidieran si consideraban necesario que se votara el exilio de algún individuo. Si el resultado era favorable, se volvía a convocar al demos para hacer la elección dos meses después. Esta votación se realizaba al pie de un monte, en el conocido como barrio Cerámico, donde se concentraban la mayoría de los artesanos y alfareros. El soporte que se utilizaba para expresar el voto eran los trozos rotos de la cerámica desechada, que en griego se denominan “ostraka”, de ahí que finalmente este evento acabara siendo denominado “ostracismo”. En esas piezas se inscribía el nombre del individuo o individuos que se consideraba que debían abandonar la ciudad por un tiempo. Según Plutarco, eran necesarios 6000 votos para que se mandara a alguien al exilio, aunque otros autores consideran que esa cantidad era el quorum mínimo para que una votación resultara válida. En cualquier caso, al “afortunado” se le obligaba a marchar al exilio durante diez años, aunque no perdía su ciudadanía, ni sus posiciones en la ciudad. El ostracismo se planteaba inicialmente como una medida “profiláctica”, para extirpar preventivamente cualquier posible tentación de autoritarismo y malas prácticas en el gobierno.

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Mulier Caesaris non fit suspecta etiam suspicione vacare debet

Si históricamente queremos encontrar los orígenes de nuestro marco de organización actual, debemos mirar necesariamente a la Grecia y Roma antiguas como lugares donde se fundamentaron las bases de la política y el derecho. El modelo de convivencia que dio origen a lo que conocemos como la polis o ciudad-estado y que, con el paso del tiempo, se concretó en la democracia y la república, tenía como premisa fundamental que para garantizar su pervivencia era necesario que todos los ciudadanos estuvieran amparados por unas leyes que regularan sus derechos y sus obligaciones. La importancia que los griegos le dieron al respeto de las leyes nos ha dejado ejemplos bastante llamativos. Diodoro de Sicilia nos habla de Carondas, un gobernante de la colonia siciliana de Catania, que mientras ejerció la función de “legislador” (es decir, aquel que establecía y revisaba las leyes de la comunidad) había establecido normas encaminadas a regular los conflictos dentro de la ciudad. Una de ellas fue castigar con la pena de muerte a aquel ciudadano que entrara con una espada en el ágora, la plaza pública donde se hacían las asambleas (el sentido de la medida nos lo podemos imaginar en un contexto de orden público).

Lo relevante de este episodio es que en una ocasión y motivado por una urgencia política, Carondas llegó al ágora sin haberse quitado su espada. Este hecho fue aprovechado por sus adversarios para recriminarle que él mismo no cumplía sus propias disposiciones. Y fue aquí cuando Carondas hizo lo que nadie podría pensar en un acto de extrema coherencia: reconoció el error cometido. Seguidamente hizo cumplir por sí mismo la ley que había aprobado y se suicidó con su propia espada. Nos podemos imaginar lo impactante del episodio, más aún si desde nuestra perspectiva actual, está instalada en nuestra cultura política la costumbre de que es enormemente difícil que un gobernante de cualquiera de los formatos que nos podemos imaginar (local, autonómico o nacional) sea capaz de salir a reconocer que ha sido descubierto cometiendo un fraude de ley y, muchísimo menos, que por coherencia se atreva a cometer un suicidio (en sentido figurado) político de su carrera.

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'Sub specie feminae virilem animum'

Para los griegos de la Antigüedad, la única manera en que podían concebir que las mujeres participaran en la actividad política era dentro del contexto de una comedia representada sobre los escenarios de cualquiera de los teatros de las antiguas ciudades-estado. Lo absurdo e inviable de esa intervención de las mujeres en la política general, o tan siquiera que su voz pudiera ser escuchada en las asambleas, llevó a que el más famoso de los comediógrafos griegos, Aristófanes, creara dos obras de teatro representadas a finales del siglo V y principios del IV a.C. donde, bajo el formato de comedia, exagerara el absurdo de los excesos que podría suponer que el poder político pudiera estar algún día en manos femeninas.

La primera de ellas, Lisístrata, presentaba un escenario ficticio e impensable, en el que las mujeres de las ciudades de Atenas y Esparta eran capaces de ponerse de acuerdo para obligar a sus maridos a que firmasen la paz. Estaban hartas de una guerra absurda (la Guerra del Peloponeso duró treinta años) que duraba demasiados años y que se estaba llevando por delante a sus seres más queridos. El método para lograrlo era expeditivo: una huelga de sexo. Las mujeres se abstendrían de tener relaciones con sus maridos y amantes hasta que estos firmaran la paz. El contexto de comedia hace que el autor provoque situaciones irreales y que, además, la seriedad de la demanda reivindicada por las mujeres – nada menos que la Paz – quede ninguneada por lo paradójico del método elegido. Lo verdaderamente interesante, entre otras muchas cosas, de esta obra es que, por un lado, las mujeres consiguieron finalmente su objetivo, el final de la guerra. Pero por otro, la obra de Aristófanes dejaba entrever el temor que se puede instalar en el colectivo masculino acostumbrado a que no se cuestione su modelo tradicional de hacer las cosas y a que las mujeres algún día puedan ser capaces de organizarse en torno a reivindicaciones que consideren justas y legítimas. La otra obra teatral fue Las Asambleístas. Menos conocida que Lisístrata, sin embargo, iba mucho más allá en sus planteamientos. Las mujeres de Atenas pedían que les dejaran dirigir la política de la ciudad, bajo el argumento de que lo iban a hacer mejor que los hombres. En el contexto artificial del teatro, los hombres ceden y ellas implantan un proto-comunismo que podría haber llegado a funcionar, si no hubiese sido por el temor de los hombres a verse suplantados del todo. En ambas representaciones, sus protagonistas, Lisístrata y Praxágora, se deciden a actuar cansadas de la pasividad de los hombres y de la incapacidad para realizar políticas que satisfagan sus verdaderas necesidades. A pesar de la mediación masculina en la elaboración de las obras, no deja de ser interesante encontrarnos en dos escenarios donde las mujeres se han posicionado en la esfera pública sin necesidad de seguir pidiendo permiso o tener que esperar pacientemente a que las migajas de los cambios acaben haciendo algún efecto.

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