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Israel Campos

Profesor de Historia Antigua en la ULPGC y especialista en el campo de Historia de las Religiones.

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 8

Quem vini anhelitum? Quas contumelias fore censetis minasque verborum!

En los sistemas políticos surgidos en la Antigüedad Clásica, cuyos casos más emblemáticos fueron la Democracia ateniense y la República romana, quienes se dedicaban a la cosa pública tenían muy claro que salir elegido para cualquier cargo o poder sacar adelante sus propuestas en las asambleas se sustentaba sobre un elemento fundamental: la capacidad de poder convencer a sus conciudadanos por medio de la palabra, expresada en medio de la asamblea. Eran los argumentos y la manera de expresarlos el instrumento principal para terminar de decidir las voluntades que luego se depositaban en forma de voto en el recipiente para su posterior recuento. Parece lógico concebir que este contexto fuera el lugar de nacimiento de la disciplina de la Oratoria, a la que tantos filósofos, pensadores, políticos y sabios clásicos le dedicaron su tiempo y sus escritos. Era tal el poder y el valor que se le daba a la palabra, que hubo que estar alerta de todos aquellos que en medio del ágora o del foro trataran de utilizar los trucos y engaños que la propia disciplina pronto fomentó. En la antigua Grecia fueron mirados con malos ojos los demagogos, quienes no dudaban en apelar a prejuicios, emociones, miedos y esperanzas del público para ganar apoyo popular. Más odiados fueron aún los sofistas, que habían llevado al descrédito su significado original de “sabios”, para convertirse en profesionales que enseñaban en la llamada “areté”, el arte de la política y la ciudadanía, que incluía todas las técnicas persuasivas para hacerse un lugar en la administración de la polis, fomentando de manera principal los trucos de la dialéctica y la capacidad para convertir en sólido el argumento más débil.

Pero si existía un aspecto que era ampliamente rechazado en la vida política griega y romana era la inclusión del insulto personal como argumento político. Existe una norma aceptada en la oratoria clásica, el recurso al insulto contra el adversario resultaba una manifestación clara de una estrategia débil y errónea, porque lo que venía a reconocer era la carencia de argumentos convincentes, que venían a ser sustituidos por ruido y que a la postre produce un deterioro de la imagen personal y ética del orador en la consideración del auditorio. La descalificación personal o la atribución de comportamientos indecentes como medio para anular al adversario político parecían el último recurso de quien había perdido el debate público. Eso no excluyó que esto se produjera más frecuentemente de lo que podamos pensar. Tanto en Grecia en el contexto de la pugna por controlar la ciudad de Atenas durante la guerra contra Esparta; como en la Roma de finales de la República, cuando los populares y optimates se enfrentaban en el Senado, en el Foro y en los campos de batalla, vamos a encontrar ejemplos de los más variados y graves insultos políticos. Es el propio Cicerón, a quien muchos describen como el ejemplo más representativo de lo que fue el ejercicio del arte de la Oratoria en la Antigua Roma quien, en sus Filípicas dirigidas al lugarteniente de César, Marco Antonio, puso de manifiesto el grado de deterioro al que había llegado el debate político en la agonizante república romana. En uno de sus discursos en el Senado, señaló: “Quem vini anhelitum? Quas contumelias fore censetis minasque verborum!”. Denunciaba así “el aliento de vino que sale las bocas de esos hombres” que estaban al frente de la política romana, de quienes decía “que solo proferían palabras de insulto y amenaza”. En aquel momento la palabra había dejado de ser el argumento que convenciera en el debate y el descrédito, el insulto y la falsedad se convertían en principal argumentario con el que resolver las disputas políticas (cuando no, finalmente, la fuerza de las armas).

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Divisit populum unum in duas partes

A menudo he recurrido al último tercio del siglo II a.C. para encontrar paralelismos históricos que parecen tener un eco directo sobre nuestra actualidad española. Aquella época está marcada en la historia de Roma como el inicio de la denominada “Crisis de la República”. Un proceso que todavía se prolongó casi cien años y que pasó por diferentes y turbulentas fases, incluyendo dictaduras, guerras civiles y finalmente la imposición de un mando unipersonal que dio paso a los emperadores.

Si el colapso del sistema político republicano se prolongó tanto en el tiempo, fue debido a que eran muchos los factores y las fuerzas en conflicto, además de que no existía un consenso claro con respecto a qué modelo sería el más adecuado para sustituirlo. En cualquier caso, todos los protagonistas que apuntalaron la muerte de la República siempre arguyeron como justificación que lo hacían por el bien del Estado, y que eran los males de este y el bien del pueblo romano lo que les llevaba a asumir las decisiones que estaban tomando. 

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Socii et Amici Populi Romani

La visión que solemos tener de la historia de Roma es la de un imperio que dominó buena parte del mundo conocido en la Antigüedad por la fuerza de sus legiones y estableciendo una especie de homogeneidad latina en todos los rincones donde su poder alcanzaba. Nada más lejos de la realidad. Ni el proceso de conquistas territoriales fue resultado exclusivo de victorias militares, ni el imperio romano se caracterizó por la imposición de una única lengua, una única cultura, unas únicas costumbres y hasta muy tarde una única religión. Dentro de las fronteras del imperio se hablaba el griego, el arameo, el copto egipcio y otras múltiples lenguas locales (íbero, celta, púnico, amazigh, tracio, hebreo, euskera, etc.) conviviendo con el latín que actuaba como lengua oficial y administrativa, pero no siempre exclusiva. 

Desde el primer momento en que Roma empezó a crecer fuera de sus murallas estableció acuerdos y alianzas con sus vecinos; en muchos casos, como resultado de victorias militares en las que se habían enfrentado por el control de un territorio o unos recursos económicos. Pero en la mayoría de las veces, los romanos fueron mucho más proclives a consolidar la convivencia con sus vecinos no por medio de la imposición militar, sino estableciendo tratados bilaterales.

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'Non potestas est opitulandi rei publicae'

Si algo nos ha enseñado el siglo I antes de Cristo en la historia de Roma, es que el sistema de gobierno republicano que había permitido convertir a aquella pequeña ciudad del Lacio en dueña del mundo conocido, se encontraba pasando sus horas más bajas. No solo por la serie de guerras civiles que finalmente acabaron poniendo en el poder a Octavio e inaugurando el Imperio, sino porque para llegar a eso, antes quedó evidenciado que los representantes políticos que habían dirigido durante siglos los intereses del Estado se manifestaron como incapaces. La república romana había surgido como una alternativa que sustituía a una monarquía inicial que no pudo aguantar la conversión de Roma en una ciudad importante en el centro de Italia. Los grupos de poder tradicionales idearon un sistema en el que, aunque toda la población acababa eligiendo a sus representantes y sus leyes, en la práctica, era la élite senatorial quien controlaba todos los entresijos del poder político y económico. En estas circunstancias, era muy complicado que figuras que surgieran desde abajo con la intención de introducir reformas lograran superar los obstáculos que se les ponían para conseguirlo. El ejemplo de los hermanos Graco es el más paradigmático. Intentaron realizar un reparto de tierras entre los ciudadanos para mejorar la situación de aquellos que no tenían recursos y no podían obtener trabajo por cuenta propia. Los senadores no solo bloquearon sus proyectos, finalmente acabaron también con sus vidas.

Cerrada esta vía, la república romana entró en el siglo I a.C. en una dinámica donde el protagonismo fue ejercido por particulares, que acumularon sobre sus personas las atribuciones del Estado. Cayo Mario, Sila, Pompeyo, César, Marco Antonio y Octavio son ejemplos de lo que puede pasar cuando las instituciones fallan en su cometido original y dejan que, con el apoyo pasivo del pueblo y la complicidad de la clase política, impongan un caudillismo en la gestión de la cosa pública. Tanto unos como otros contaban con el respaldo de sus respectivas facciones políticas, los populares y los optimates. Todos ellos sostenían que su intención era salvar a la República de los males que arrastraban, de los que no se sentían responsables. Cada uno de ellos dejó tras su paso un rastro de sangre, guerra y mayor debilitamiento del sistema. Si algo caracterizó el mando de estos últimos hombres fuertes de la república romana fue su incapacidad para entenderse con el oponente. Ni Mario, ni Sila, ni Pompeyo, ni César, ni Antonio, ni Octavio podían tolerar que nadie cuestionara su deseo de ejercer el poder de forma autónoma, sin contrapesos, sin que otra manera de plantear soluciones a los problemas pudiera tener cabida en su mandato. No eran capaces de entender que lo que había hecho grande durante siglos a Roma no eran solo sus legiones victoriosas, sino una manera de ejercer el gobierno donde las decisiones que afectaban al Estado tenían que ser aprobadas con el consenso de su colega en el mando, ya fuera un cónsul, un pretor, un cuestor o un edil. Cicerón en la introducción a su tratado Sobre la República describe la necesidad de que quien se dedique al servicio público tenga vocación y preparación. Pero esta sola no basta. No se trata únicamente de tener la potestad para querer salvar a la República (non potestas est opitulandi rei publicae), hace falta también estar en la posición para conseguirlo.

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Omnis Improbitas Exstinguenda

La historia de la Roma Antigua está marcada por multitud de personajes que no se caracterizaron por sus grandes hazañas, sino más bien por todo lo contrario. El conocimiento que tenemos de ellos, a menudo nos ha llegado por lo que nos contaron autores latinos que dejaron en sus obras semblanzas de estos individuos como ejemplo de lo que no debía ser el comportamiento esperado de un buen ciudadano romano. No era frecuente que estos protagonistas alcanzaran un castigo en vida, por eso los casos que nos han informado a través de los textos conservados de quien fue durante los últimos años de la república romana el abogado más famoso, Marco Tulio Cicerón, tienen el doble valor: no solo para conocer su pensamiento, sino también para obtener una radiografía de la vida judicial y los casos más escandalosos que se producían en aquellos años. En su libro Contra Verres, Cicerón recogió los discursos que pronunció en el año 69 a.C. en la causa en la que representó los intereses de los habitantes de la provincia romana de Sicilia contra su reciente gobernador Cayo Verres. El currículum de este senador romano era bastante extenso y estaba marcado por una trayectoria muy lejana a la palabra “impecable”. Antes de llegar a Sicilia, ya había afianzado su carrera política por medio del soborno, lo que le permitió obtener en el año 74 a.C. la magistratura de “pretor”, cargo político que en Roma tenía atribuciones principalmente judiciales. Como juez comenzó a prevaricar interfiriendo en las causas que estaban siendo instruidas por otros colegas para favorecer a los encausados que le pagaban un dinero a cambio. Cuando llegó como gobernador de Sicilia, aprovechó su mandato para extorsionar a los agricultores subiendo los impuestos de forma desorbitada, anulando contratos e ignorando de forma continuada las reclamaciones que los ciudadanos romanos le hacían. Esa fue la razón de que, a su retorno, los sicilianos contrataran a Cicerón para que llevara la acusación en su contra.

No podemos pensar que conseguir llevarle a juicio fue una tarea fácil. Como miembro del orden senatorial, conocía los entresijos del sistema, contaba con el apoyo de muchos miembros de su grupo y además contrató al otro gran abogado del momento, Quinto Hortensio. La causa se demoró todo un año en el que Verres y su abogado empezaron a utilizar todas las argucias legales e ilegales que estuvieron a su alcance. Intentó retrasar el juicio para que quien lo presidiera fuera un magistrado amigo personal de Verres, Quinto Cecilio Metelo, alegando que había que esperar que acabaran las fiestas de verano, o pretendiendo que se diera prioridad a otros juicios anteriores. El objetivo fundamental era tratar de impedir que su caso fuera presidido por Manio Acilio, pretor de ese año y difícilmente sobornable. Finalmente, el juicio comenzó en agosto, cuando Cicerón pudo presentar nuevas pruebas en su contra que frenaron cualquier otro intento de rechazo. El trabajo de Cicerón en este caso es conocido, como dije, por poner en evidencia la corrupción de un sistema político romano, la República, que en su proceso de transformación en un imperio territorial había fallado en crear los mecanismos de control para evitar que quienes ejercían las funciones de administración de los territorios o estuvieran al frente de la aplicación de la justicia no actuasen de forma corrupta y favoreciendo otros intereses. Lo de Verres no era un caso nuevo, sin embargo, la experiencia que se había incrustado dentro de la praxis política de la república romana había enseñado a los pobres ciudadanos que las élites político-económicas utilizaban los aparatos de Estado para beneficiarse y protegerse mutuamente. Cualquier intento de hacer depurar las responsabilidades, difícilmente llegaba a término o se solucionaba con penas meramente simbólicas. Ese argumento es que el va a presentar Marco Tulio Cicerón al comienzo de su discurso en contra de Verres y su abogado defensor, para justificar no solo la apertura del juicio, sino que después de mucho tiempo haya abandonado su función de abogado defensor, para ser parte de la acusación. No se trata de un caso aislado con el que castigar a un individuo particular, lo que Cicerón señala en su Contra Verres es que era necesario “extirpar y exterminar la prevaricación, que es lo que el pueblo romano demanda ha largo tiempo” (omnino omnis improbitas, id quod populus Romanus iam diu flagitat, exstinguenda atque delenda sit. I,8). Finalmente, Verres acabó siendo sentenciado, aunque antes de terminar el juicio y por recomendación de su abogado se marchó exiliado de Roma a la que ya nunca volvió y acabó siendo proscrito en el 43 a.C. por Marco Antonio.

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Delenda est Carthago

Cuando a principios del siglo III a.C. la ciudad de Roma ya se había anexionado toda la península itálica, le llegó el momento de enfrentarse con la otra potencia hegemónica en el Mediterráneo central hasta ese momento: la ciudad norteafricana de Cartago. Del conflicto entre estas dos ciudades surgieron las conocidas como Guerras Púnicas (púnico es la manera latina de referirse al origen fenicio -phoiniké en griego- de la ciudad), que marcaron un antes y un después en la historia de Roma y le permitieron empezar a gestar un imperio territorial mucho antes de que hubiera emperadores. En la primera de las guerras, el territorio en conflicto fue Sicilia y después de casi veinte años, Roma consiguió imponerse. En la segunda, hubo dos escenarios principales, el sur de la península ibérica y la propia Italia. En este conflicto hubo dos protagonistas relevantes: del lado cartaginés, Aníbal consiguió sorprender a los romanos obteniendo victorias en suelo itálico y llegando a estar a punto de dar el “sorpasso” de conquistar la propia ciudad de Roma. El miedo a verse vencidos fue tal que el Senado llegó a plantearse huir y abandonar la Urbe a su suerte. Finalmente apareció la figura de Publio Cornelio Escipión (luego llamado también el Africano) quien de forma sorpresiva, no solo le fue ganando terreno a los cartagineses en Iberia, sino que finalmente llegó a vencer a los ejércitos de Aníbal a las puertas de la propia ciudad de Cartago en la batalla de Zama del año 202 a.C.

Después de esta victoria, Cartago quedó confinada a su mínima expresión. Roma aprovechó la coyuntura para expansionarse por el Mediterráneo, conquistando Grecia, la Península Ibérica y Asia Menor. Desde el punto de vista histórico, siempre ha sido interesante analizar el contexto en el que Cartago pudo sobrevivir tras la derrota contra Roma, perdiendo buena parte de sus territorios que le permitían obtener apoyos humanos e ingresos económicos. Además, esa derrota fue aprovechada por los pueblos bereberes vecinos de la colonia fenicia para expandirse a su costa y conformar los futuros reinos de Numidia y Mauritania, aliados de Roma. Los romanos parecían haberse despreocupado de su anterior enemigo por antonomasia, satisfechos con su victoria y con su nuevo papel de dominadores. Sin embargo, las fuentes nos han dejado una anécdota vinculada a un personaje curioso de la historia de Roma. Plutarco (Catón, 27) y Plinio (Historia Natural, 15.74) hablan de un tal Catón el Viejo quien a mediados del siglo II a.C., solía acabar todas sus intervenciones o charlas ya fueran en el Senado, en el Foro, en una cena de amigos o en los retretes públicos con la siguiente sentencia: “Delenda est Carthago” (Cartago debe ser destruida). Este político romano asumía que Roma no podía permitirse dejar con vida a su enemigo, puesto que siempre podría recuperarse y volver a convertirse en la amenaza que 70 años atrás había llegado a plantarse a las puertas de la propia ciudad. Bien fuera por su insistencia, sus maquinaciones o por los propios intereses estratégicos, en el 149 a.C. Roma finalmente declaró la Tercera Guerra y el resultado final fue la destrucción y arrasamiento completo de la ciudad púnica.

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'Rem publicam amplificatam, qui religionibus paruissent'

Hoy, una vez más, se acaba este momento del año que está marcado en el calendario como la celebración de la Semana Santa. Son dos días festivos del calendario laboral y siete días de vacación dentro del calendario escolar y universitario. En esta ocasión, la conmemoración de los momentos más importantes de la liturgia cristiana han estado marcados por la actualidad política que vive España de cara a la cita electoral del próximo domingo 28 de abril.

Hace un año, la polémica se centró en la decisión tan particular de la entonces ministra de Defensa, la desaparecida María Dolores de Cospedal, de decretar que la bandera nacional ondeara a media asta en los edificios públicos. Aquella medida desembocó en muchos debates que pusieron una vez más la atención sobre la tan delicada cuestión de la confesionalidad o no del estado español. El artículo 16 de la constitución española establece en su apartado 3 que “ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. Sobre este aspecto se ha construido la particular relación que en nuestra democracia se ha establecido entre los poderes públicos y el hecho religioso, dejando claro que la Iglesia Católica ha mantenido su protagonismo histórico, sustentado sobre los concordatos firmados con la Santa Sede en el año 1979.

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Postquam omnium animus alacuis videt

En el año 63 a.C., la vida política en la república romana se encontraba bastante convulsa. Hacía ya unos años que se había vivido un episodio dramático, cuando Sila había vencido en la primera guerra civil y por un tiempo había implando una dictadura que trajo consigo la eliminación de una parte importante de la clase política senatorial y un giro conservador en el gobierno. Con  su muerte, el senado romano trataba de volver a hacerse con el control del poder. Había tenido que enfrentarse al episodio separatista de Quinto Sertorio, quien por unos diez años declaró independiente de Roma buena parte de los territorios de la Península Ibérica. Pero los mayores peligros se encontraban en su interior. Habían ido cobrando peso dentro de la ciudad de Roma grupos sociales y facciones políticas que sentían que el gobierno no les representaba. Consideraban que quienes estaban al frente de las instituciones republicanas en ese momento eran indignos y que no estaban sabiendo ofrecer las soluciones adecuadas a los problemas que acuciaban a la ciudadanía. Al frente de estos grupúsculos, que englobaban a diferentes capas sociales, se encontraba una figura que tenía un pasado vinculado tradicionalmente a las élites del poder, puesto que por apellido y pasado, Sergio Catilina, formaba parte de las familias patricias de cierto prestigio en la Urbe. A su alrededor, Catilina irá formando una camarilla de conspiradores que de una forma u otra, bien por convicción o para satisfacer sus propias ansias de poder personal, alentaban la necesidad de desgastar en lo posible al Senado y buscar el momento para dar un golpe de mano y hacerse con el control del gobierno de la república.

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Conspiratio inter tres civiates principes

Son muchos los historiadores de la Antigüedad que no acaban de ponerse de acuerdo de cuándo y en qué circunstancias empezó a gestarse la descomposición de la república romana. Un periodo que se suele describir en términos generales como la “Crisis de la República” y que tiene claramente un punto final, cuando Octavio se queda con todo el poder al eliminar a su último enemigo fuerte: Marco Antonio, aliado con la famosa Cleopatra de Egipto. Sin embargo, para buscar un momento histórico en el que el sistema de gobierno surgido tras la expulsión a finales del siglo VI a.C. – la fecha simbólica es el año 509 – del último de los reyes romanos, Tarquinio el Soberbio, empezó venirse abajo se suelen ofrecer diversos episodios: la crisis de los Graco, los consulados de Cayo Mario, las diferentes guerras civiles del siglo I a.C. Pero si queremos destacar un instante preciso en el que se pudo percibir claramente que ya no se podría dar marcha atrás a los acontecimientos que acabarían con la República para dar paso al gobierno personalista del Imperio, ese fue cuando tres hombres con trayectorias políticas diferentes unieron sus destinos y sus intereses. Los nombres son largamente conocidos por los sucesos que protagonizaron después, pero aquel año 60 a.C. Cneo Pompeyo, Marco Craso y Julio Cesar tenían trayectorias políticas muy diferentes que les permitían estar en las condiciones más adecuadas para hacer un pacto con el que repartirse de forma indirecta el manejo de todos los entresijos del gobierno de la tambaleante República. Que tres personajes que se arrogaban ser los representantes de las diferentes sensibilidades políticas de Roma consideraran que era perfectamente lógico y asumible que en aras de evitar enfrentamientos entre ellos, era preferible un acuerdo político con el que controlar al Senado y al gobierno, nos da una perfecta radiografía de cómo de debilitado se encontraba un Estado que había alcanzado cotas de poder y control territorial enorme, pero que en ese mismo proceso se había manifestado como inadecuado para hacer frente a las nuevas realidades que se le habían presentado con el paso de los años.

Lo interesante de este episodio conocido como el Primer Triunvirato (los tres hombres) es que cada uno arribaba a él con intereses y situaciones bien diferentes: Pompeyo, ya conocido entonces como el Grande, venía de ser la cabeza visible de la facción política de los optimates, los conservadores que consideraban que las tradiciones había que conservarlas y que la plebe debía estar satisfecha con las decisiones que el Senado tomaba por el “bien” de todos; sin embargo, su poder no acababa de consolidarse y necesitaba afianzar su figura como “Primer hombre de Roma”. Marco Craso era para entonces el hombre más rico de Roma, su trayectoria política era un tanto limitada – su mayor éxito era haber acabado con la revuelta de esclavos liderada por Espartaco – y representaba los intereses del grupo de los caballeros, quienes desempeñaban todos los lucrativos negocios que habían surgido al amparo de la expansión imperialista de Roma desde el siglo III a.C. Por último, un Cayo Julio César que recién empezaba su carrera política, contaba como principal capital tener el respaldo de las masas populares que estaban cansadas de que los senadores gobernaran pensando en sus intereses y que veían en César al hombre que haría las reformas para que Roma volviera a ser grande de nuevo.

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'Quadraginta milia librorum Alexandriae arserunt'

Dada su etimología, tradicionalmente se ha creído que el origen del término museo estaba relacionado con la mitología griega. En ella, el museion (en latín musaeum) venía a ser la morada de las musas, esas nueve deidades que se pensaba que habitaban en el Parnaso. Todas eran hermanas y personificaban las artes y las ciencias: Calíope lo era de la Poesía Épica, Clío de la Historia, Erato de la Poesía Lírica, Euterpe de la Música, Melpómene de la Tragedia, Polimnia de la Pantomima, Talía de la Comedia, Terpsícore de la Danza y Urania de la Astronomía. La principal razón de su ser era la protección de las artes mencionadas y la inspiración a los artistas. Sin embargo, cuando buscamos la aplicación que la palabra museo tenía en la Antigüedad, en realidad no tenía una relación directa con la idea moderna que tenemos de lo que hace referencia este término. En realidad, el verdadero contexto en el que esta palabra se emplea para referirse a lo que ahora conocemos debemos situarlo en Francia y en el momento posterior a su revolución. Cuando en la Asamblea Nacional debaten qué hacer con las colecciones artísticas que había en los palacios reales, se decide convertir esas dependencias en un museum, pero su referente histórico no serán las musas griegas, sino un modelo cultural que sí tiene un pasado helénico, pero que se desarrolló a partir del siglo III a.C. en Alejandría, capital del Egipto gobernado por la familia macedónica de los Ptolomeos. Fue descrito por el geógrafo Estrabón de la siguiente manera: “Un lugar en la ciudad de Alejandría […] donde era mantenido con fondos públicos un cierto número de estudiosos por sus méritos […]fue un largo edificio adornado con pórticos y galerías para caminar, con largas habitaciones para conversar sobre problemas de literatura y una habitación donde reunirse”.

En la idea de los ilustrados franceses no estaba evocar a musas y divinidades, sino ofrecer a la ciudadanía un lugar físico, a imitación del antiguo Museo de Alejandría, donde recopilar las piezas artísticas confiscadas a la monarquía y a la aristocracia tras la revolución. En su voluntad se encontraba la convicción de que los museos debían ser lugares desde donde fomentar la difusión y conocimiento de estas obras por parte del conjunto de la ciudadanía, sentando así las bases del futuro concepto de patrimonio cultural. Influidos por estas ideas debemos entender el esfuerzo que, a finales del año 1879, llevó a un grupo de intelectuales y científicos canarios a crear una Sociedad Científica y posteriormente a abrir en la planta alta de las Casas Consistoriales la primera sede de El Museo Canario. Desde sus orígenes, esta institución no se ha limitado a ser meramente un lugar de colección de las piezas que testimonian nuestra historia, sino que ha sido el motor principal para la investigación, creación y divulgación del conocimiento desde estas islas. Desde su sede actual en la antigua casa del Dr. Chil y Naranjo, se ha convertido en el punto de referencia para la formación de generaciones de investigadores, pero también para poner en el mapa el conocimiento científico de la historia de Canarias.

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