Cuando todo es otoño, y tú lo sabes
Casi con el inicio de la acampada de la Puerta del Sol de Madrid, se fue Gonzalo Suárez. El cine, la literatura, y el periodismo deportivo hechos placer. Y un azar, bello, que emparejó para siempre en una película suya a Ana Belén y a Víctor Manuel. Y una maestría con la cámara y con las historias, que convirtió a Charo López en la musa sublime de nuestro cine moderno, qué gran actriz. Rodó Ditirambo en 1969, cerca de Palafrugell, en la casa solariega de los Soler-Roig, años después la visitamos un descendiente y yo. Su amigo Juan Cueto Alas, inolvidable cronista y retratista de esos años (¿cuáles?) contaba todo aquello con mucho encanto y aprecio.
Siempre ocurren estas cosas en día de brumas, por eso llovió y llueve estos días, brevemente. La lluvia desdicha la ilusión aunque se trate de una buena causa. Pero es inevitable, esta semana, que todo aparente estar quemado y parco. ¿Qué se ha hecho? Nada, eso es lo peor, estamos así por inacción y cobardía y casi todo lo que ocurre son reparaciones de urgencia. Estamos así porque los malos siguen siendo los mismos que hace treinta, cincuenta, cien años, con mejores pertrechos y mayores engaños, pero aparentamos no verlo. Allá nosotros.
Cuando estalló la llegada de inmigrantes a las costas canarias, hace casi treinta años, un alto cargo del ministerio de interior azanarí afirmó y preguntó, “pero eso es poca gente, ¿verdad?”. Con esa forma de decir la palabra verdad tan castiza y esperpéntica, como escupiéndotela a la cara, y así lo sintieron aquellos canarios que estaban en la sala de reuniones del ministerio un otoño de 1999. Se podrían dar los nombres, de unos y de otros porque no había otras.
En eso que llaman la periferia, se dice la palabra verdad de otra forma, más suave, casi con una caricia y cierto cariño. No es cuestión de localismos ni de hablas, es cuestión, como casi siempre en estos días, de prosodia, prosodia mal ejecutada, prosodia ignorada. Ya lo dijo el poeta: desprecia cuanto ignora.
El otoño se cuece a fugo lento en la lareira a la espera de un socarrat primaveral que acabe con todo y lleve al poder a las huestes de la barbarie patria, muy patria. Banderitas y laureles, a la vuelta el dichoso doce de octubre y su anacrónico desfile militar. A la vuelta trompetas y clarines cuando llegue la navidad tardía. En ese punto, vuelve con nosotros César Vallejo, que me parece siempre muy olvidado, y nos dice unas cosas, con su estilo:
¿Puedo decir que nos han traicionado? No/ ¿Qué todos fueron buenos? Tampoco. Pero/ allí está una buena voluntad, sin duda,/ y sobre todo, el ser así.
(Trilce, LVII, 1922)