El Papa en África: un viaje lleno de símbolos
El Papa León XIV se ha puesto la mochila y ha iniciado un viaje por África cargado de simbología. Porque África no es únicamente un destino más en la agenda del Vaticano; es una declaración de intenciones que marca, de forma clara, el inicio real del pontificado de León XIV. El viaje, que se desarrollará entre el 13 y el 23 de abril de 2026, ha sido descrito como una auténtica odisea trotamundos que, por su complejidad y ambición, recuerda a los grandes periplos de San Juan Pablo II.
Las cifras de la logística ayudan a entender la magnitud del desplazamiento: el primer Papa estadounidense recorrerá cerca de 19.000 kilómetros y tomará entre 18 y 19 vuelos, incluidos trayectos en helicóptero, para visitar once poblaciones en cuatro países distintos: Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial.
A ello se suma una agenda especialmente intensa, con cerca de 25 discursos previstos en cuatro idiomas (español, francés, inglés y portugués) y hasta ocho misas públicas. Con este recorrido, el Papa busca situar en el centro del escenario internacional a un continente que, con frecuencia, queda relegado a un segundo plano en la geopolítica global. Es, por lo tanto, un ejercicio de visibilidad para el continente africano. En un momento en que el mundo mira hacia otros frentes (La Casa Blanca, Israel, Irán, Ucrania, Palestina...), el Papa lanza con su viaje el mensaje de que hay que tener presente a África.
Precisamente desde esta perspectiva, el viaje arrancó con polémica: el agrio enfrentamiento con Donald Trump, evidenciando una profunda fractura entre el liderazgo político norteamericano (una Casa Blanca extremadamente vinculada a los muy conservadores evangelistas norteamericanos) con la autoridad moral del Vaticano. En su propia red social, Trump lanzó ataques al Papa León XIV, acusándolo de ser “débil ante el crimen” y demasiado cercano a la izquierda política, respondiendo así a una frase del Papa que atribuía la guerra de Irán a una “ilusión de omnipotencia”.
La cosa se fue complicando, además, cuando el vicepresidente JD Vance sugirió que el Papa debería tener cuidado al hablar de teología y, en pocas horas, el entorno de Donald Trump difundía una ilustración en la que aparecía el presidente como una figura similar a Jesucristo. ¡Qué indecencia!
Decía que el viaje papal a África, el primer gran periplo de este Papa, tiene mucha carga simbólica, porque supone el reconocimiento explícito de un cambio profundo: el eje de la fe católica se ha desplazado de forma definitiva hacia el sur, consolidando a África como la nueva frontera del catolicismo.
En 2025 se alcanzó un hito histórico conocido como el sorpasso: por primera vez, el número de bautizados en África superó al de Europa, con 288 millones de fieles frente a los 285 millones del viejo continente. Este punto de inflexión confirma una tendencia de fondo difícil de revertir: hoy, el 20,3â¯% de los católicos del mundo son africanos (uno de cada cinco) y, según las proyecciones demográficas, en 2050 representarán ya el 32 % (casi uno de cada tres) de la Iglesia universal.
Muchos expertos describen este fenómeno como un auténtico milagro de evangelización, sustentado en una vitalidad demográfica y social excepcional. Más del 65â¯% de la población africana tiene menos de 35 años, lo que convierte al continente en una cantera de fe especialmente dinámica, donde la religión no se vive como una elección individual, sino como una experiencia comunitaria que estructura la vida cotidiana. Mientras Europa afronta el estancamiento de sus comunidades y una profunda crisis de vocaciones, África se mantiene como el único territorio donde el número de seminaristas continúa creciendo, con más de 35.700 jóvenes en formación sacerdotal. A este impulso contribuye también el papel de la Iglesia como pilar social, ofreciendo educación y atención sanitaria allí donde el Estado no llega, junto a un proceso de “africanización” de la fe que combina la doctrina con liturgias vivas y participativas, muy autóctonas y festivas, capaces de generar un fuerte y duradero sentimiento de pertenencia.
La cuidada elección de cada país permite al Vaticano lanzar un mensaje inequívoco. En Argelia, primera etapa de este viaje de once días, León XIV no solo pisa por primera vez suelo musulmán como Papa, sino que regresa a las raíces de su propia tradición espiritual. Como primer pontífice agustino, su visita a Annaba -la antigua Hipona-, donde predicó San Agustín, transmite una idea clara: el Mediterráneo no debe entenderse como una frontera, sino como un espacio de encuentro. El gesto de descalzarse en la Gran Mezquita de Argel reforzó además su papel como constructor de puentes subrayando que el cristianismo puede ser un factor de convivencia, no una amenaza para el mundo islámico.
El mensaje adquiere un tono más urgente en Camerún, un país que el propio León XIV define como una “África en miniatura” por su diversidad, pero marcado por un conflicto secesionista que ha causado más de 6.000 muertos. Su desplazamiento a Bamenda, epicentro del enfrentamiento entre el gobierno francófono y los separatistas anglófonos, propició incluso un alto el fuego temporal de las partes enfrentadas. Allí, el Papa denunció sin ambages las “cadenas de la corrupción”. Hoy mismo (viernes), cuando termino de redactar este artículo, leo que antes de reunir a más de 600.000 fieles por las calles de Camerún, el Papa carga “contra los explotadores de África”, contra aquellos que “en el nombre de la ganancia siguen poniendo sus manos en el continente para explotarlo y saquearlo”.
En Angola, la atención se centra en la juventud y en la esperanza de un continente con un empuje demográfico extraordinario. En un país cuya edad media apenas alcanza los 16 años, León XIV busca contribuir a cerrar las heridas de una guerra civil que concluyó en 2002. Su peregrinación al Santuario de Mama Muxima rinde homenaje a la piedad popular africana y pone de relieve la contradicción de una nación enormemente rica en petróleo y diamantes, pero a pesar de ello, un tercio de la población sigue viviendo en la extrema pobreza.
La gira culmina en Guinea Ecuatorial, un desafío diplomático altamente sensible. Único país hispanohablante del continente, parte de nuestra historia, que cuenta con una comunidad católica mayoritaria, pero también con un régimen complejo que algunos califican como la dictadura más longeva de África. El Papa deberá hacer equilibrios sobre una línea muy fina: acompañar la celebración de 170 años de evangelización sin que la visita papal se interprete como un respaldo al régimen de Teodoro Obiang.
Es la última pieza de un rompecabezas con el que León XIV quiere evidenciar que el futuro de la Iglesia se construye, cada vez más, desde el sur global. Es obvio que todo lo que nos está enseñando este Papa de su viaje africano nos sirve para prepararnos de cara a su visita a Canarias los próximos 11 y 12 de junio. Me gusta pensar que en este viaje hay una fuerte influencia de su predecesor, Francisco, que siempre mostró gran sensibilidad y preocupación por el fenómeno migratorio en nuestra tierra.
Esta visita nos ayudará, en mi opinión, a poner el foco donde debe ponerse: más allá de polémicas políticas, más allá del uso torticero de la supuesta ‘amenaza’ migratoria, la realidad es que la Ruta Atlántica o Ruta Canaria de las migraciones es la más mortífera del planeta y ahí es donde debemos poner el foco. En el horror que eso supone y la importancia de que la humanidad pase por delante de toda política, especialmente de las medidas represivas o estas nuevas cárceles de migrantes en terceros países que Europa acaba de aprobar. No debe haber otro objetivo que detener esta sangría que en los últimos años ha sucedido frente a nuestras costas y nos ha estremecido sin que se generase la respuesta solidaria suficiente.
Ese debe ser, y ojalá así sea, el mensaje del Papa León XIV que trascienda al mundo desde Canarias: que nuestro compromiso con los más vulnerables no puede entender de fronteras, y que es inadmisible que en 2026 sigan muriendo jóvenes a bordo de cayucos en busca de La oportunidad de tener una vida mejor.