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La retórica del insulto

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La intransigencia y la tiranía, manifiéstense en el terreno que se manifiesten (en el de los hechos o en el de las palabras), suelen conducir al silencio o al insulto, que son reacciones a cada cual peor, porque suponen la quiebra o el fracaso del recurso de convivencia más importante del ser humano, que es el diálogo, el hablar cordial con el otro en busca de avenencia. Para el género humano, que no es un agregado o una suma de individuos independientes o mónadas de naturaleza distinta (para decirlo con palabra del viejo Leibniz), sino una comunidad espiritual, el diálogo es fundamental, porque es quien hace posible la convivencia y la integración social. Los seres humanos dejan de ser individuos y se convierten en sociedad gracias al lenguaje. No somos solos, somos con los demás. El diálogo con que construimos el mundo y nos entendemos con nuestros congéneres es el cemento de la sociedad; la base del altruismo y la solidaridad, tan consustanciales a los humanos e inexistentes o muy raros en el resto de las sociedades animales. 

Por su parte, el silencio supone la renuncia a hablar, sin más, tragándose los sapos de la mayor o menor indignación que la cerrazón, arbitrariedad o incomprensión del tirano provoca en la víctima. Con ello renunciamos a perder el tiempo, desentendiéndonos totalmente del que abusa de nosotros, que hace oídos sordos a cualquier cosa que se le diga, por muy razonable que esta pueda ser. Ante la incomprensión, la arbitrariedad o la brutalidad del otro, callamos, por temor a su reacción o por comodidad, aunque la indignación nos corroa las entrañas. ¿Qué otra cosa podemos hacer si no queremos pelear?

Por la suya, el insulto consiste en una recriminación u ofensa hacia el que reputamos culpable de la tiranía o de la incomprensión de lo que decimos, de sus actos de fuerza o intransigencia, mediante calificativos de calibre más o menos grueso. No hay aquí dialéctica cordial entre los interlocutores, sino un discurso unidireccional para destruir al rival. Es el desahogo inherente a eso que se llama en español “derecho al pataleo”, único recurso que queda cuando se han agotado todas las posibilidades que ofrece el lenguaje de la razón, donde hablante y oyente intentan encontrar la verdad o llegar a un acuerdo más o menos lógico. ¿Qué se pretende con esta sarta de improperios o excesos verbales? Evidentemente, ofender, provocando o irritando al que nos molesta; no dialogar civilizadamente con él. La lengua se usa aquí, no para entenderse, encontrar la verdad o llegar a acuerdos, sino para echar fuera malos humores, desprestigiar y aun destruir al interlocutor. Son expresiones de estados de ánimo, no de conciencia y razón. Lo que predomina aquí no es la función representativa del lenguaje, sino la función expresiva. Es una especie de exclamación; de exclamación imprecatoria. La misma palabra con que lo designamos lo dice: se trata de un salto verbal sobre alguien; de una agresión.

Este fue el recurso que eligió Unamuno para combatir la dictadura del rey Alfonso XIII y el dictador Miguel Primo de Rivera y sus secuaces, que habían secuestrado por la fuerza de las armas la libertad de los españoles en el año 1923 y que lo arrancaron un año después de su familia y de su patria y lo confinaron en la para él lejana isla de Fuerteventura. Con ellos se despachó nuestro autor a gusto en varios sonetos de su diario de destierro De Fuerteventura a París y en múltiples artículos publicados, sobre todo, en la revista Hojas Libres y el periódico España con honra, que se editaron en Francia en la época del destierro del autor (1924-1930). Así, de Alfonso XIII dirá don Miguel que era un “muñeco”, un “memo”, un “loco”, un “bobo”, un “embustero” y un “blando”; de Primo de Rivera, que era un “tonto de capirote”, un “frívolo”, un “botarate”, un “vanidoso”, un “bullanguero”, un “codicioso”, un “majalulo” (en sentido recto, ‘camello joven’ en el habla canaria) y un “tonto”; y del general represor Martínez Anido, que era un “tenebroso”, un “bellaco”, un “cerdo” y un “verdugo negociante”. Nunca hasta ahora se había mostrado don Miguel tan contundente en la reivindicación de la democracia y la libertad, de las que fue siempre un insobornable defensor, pese a las insidias de algunos modernos que deben de haber frecuentado poco su obra. Para nuestro autor, sus insultos, más allá de las groserías e incluso obscenidades que implicaban, no eran algo perverso o reprobable. No se trataba de un acto de energumenismo, como los llegó a calificar Julián Marías al analizar esta amarga etapa de la vida de don Miguel. Todo lo contrario: los insultos del rector de Salamanca a Alfonso XIII, Primo de Rivera, Martínez Anido, el populacho español y los políticos cómplices del golpe de Estado primorriverista no sólo estaban justificados, sino que constituían un “deber noble, santo y justo”, pues estaban motivados por un sentimiento o un móvil desinteresado y alto, según dice el mismo autor en carta del 14 de octubre de 1924 al general golpista Adolfo Vallespinos y Vior, que le había recriminado sus improperios hacia sus superiores: “Las serenas regiones de la doctrina -escribe don Miguel a Vallespinos- son para debatir doctrina, pero cuando se trata de debatir actos arbitrarios e injustos, tropelías tiránicas del Poder, entonces es noble, santo y justo lo que usted llama insulto. San Juan Bautista insultó a Herodes y fue por ello decapitado. Tácito insultó a los tiranos de Roma. Víctor Hugo insultó a Napoleón el chico (…). Y es que hay, más que aun el derecho, el deber de insultar, cuando se hace movido por un noble, nobilísimo sentimiento y un móvil desinteresado y alto.

El amor a España y a la justicia exige hoy que se insulte a un poder arbitrario que está deshonrando y envileciendo a la Patria“. ¿Qué otra cosa podía hacer don Miguel ante la brutalidad y sinrazón de la dictadura pretoriana que había suspendido las libertades civiles (entre ellas, la más querida por nuestro autor, que era la libertad de expresión) y desterrado y encarcelado a los que se rebelaron contra ella? ¿Convencer a los tiranos para que depusieran su actitud? No, porque los tiranos no estaban dispuestos a escuchar a nadie. ¿Callarse y transigir, como hicieron los pusilánimes y los aprovechados, entre ellos, algunos miembros de la izquierda de entonces? Tampoco, porque la integridad moral de don Miguel se lo impedía. Por eso no se reprimió nuestro autor a la hora de poner como chupa de dómine a aquellos que habían degradado a la patria, para ponerlos ante el espejo y que comprobaran cuál era su verdadera catadura moral. Y en esto había tenido nuestro autor un buen maestro, que era Francisco de Quevedo, que había tenido que usar el mismo recurso contra el conde-duque de Olivares, que lo había encarcelado por sus críticas. No se trataba, por tanto, de un mero desahogo sentimental, de una forma de botar fuera la bilis que se tenía dentro, sino de un acto de civilidad; de un afeamiento de conducta criminal. Era algo así como cantarles las cuarenta al dictador y su pandilla para que tomaran consciencia de la gravedad de los actos que habían cometido, de su arbitrariedad y de su injusticia. En estas circunstancias, el insulto estaba más que justificado. No quedaba otra alternativa, porque no se podía hablar para convencer a los tiranos de la maldad de sus fechorías y disuadirlos de ellas. Es lo que hace también el pueblo llano cuando de condenar la conducta de asesinos y psicópatas se trata: denigrarlos con improperios más o menos ominosos cuando salen de los juzgados o se echan a la calle. ¿Qué otra cosa puede hacerse cuando ya es imposible reparar el daño que se ha hecho?

Y este mismo recurso retórico es el que emplean muchos políticos y personajes públicos de la España del momento, que no paran de insultarse un día sí y otro también en los foros públicos y privados del país. Así, todos recordamos cómo, en el debate de aspirantes a presidente de las elecciones generales de 2015, Pedro Sánchez tildó a Rajoy de “mentirosos” y de “persona indecente”, y este a aquel de “ruin, mezquino y miserable”. A partir de entonces la espiral del insulto no ha hecho más que crecer en nuestro país. Gabriel Rufián, que es uno de políticos del momento que más práctica el género, llamó recientemente nada más y nada menos que “inútil, mentiroso, homicida y psicópata” a Carlos Mazón, entonces presidente de la Generalitat Valenciana; “gánster”, “mamporrero”, “lacayo” y “conspirador”, a Daniel Alfonso, exdirector de Antifraude; “fascista y hooligan”, al exministro Josep Borrell; y “patriota de cartón piedra” y “miserables y ratas”, a determinados miembros de Junts per Catalunya. Pablo Iglesias Turrión acaba de llamar “escuadrista, provocador y fascista” al periodista Vito Quiles. Dirigentes de Junts per Catalunya motejan de “indocumentado y nazi” al citado Gabriel Rufián. Determinados líderes del Frente Obrero consideran que la periodista Sarah Pérez es una “concubina mediática disfrazada de analista política”. Belén Navarro Cañete, concejala del ayuntamiento de Vallanca, grita a voz en cuello en un mitin del partido socialista al presidente del Gobierno de España que es un “hijo de puta”. En una manifestación reciente en Denia, ciertos manifestantes llaman “perro y guarro” al citado Gabriel Rufián. Y así hasta el infinito. 

¿Hasta qué punto están justificados estos insultos en un régimen democrático como el nuestro? ¿Por qué han llegado nuestros representantes públicos a este nivel de degradación moral? ¿Por qué se encuentra tan desbocada la actual política española? ¿Qué justificación tiene el insulto en la España moderna? Evidentemente, ninguna. Afortunadamente, la situación de la España actual nada tiene que ver con la que tuvo que sufrir Unamuno en la década de los veinte del siglo pasado y que, como acabamos de decir, justificaban sobradamente sus incontinencias verbales. Vivimos en una sociedad democrática donde hay libertad de expresión y los derechos de los ciudadanos (entre ellos, la imprescindible libertad de expresión) se encuentran protegidos por las leyes. En esta situación, no tiene ninguna justificación el insulto. Se puede hablar y el interlocutor tiene la obligación de escuchar, para que los demás lo escuchen. ¿Que la derecha critica el proceder de la izquierda al pactar con independentistas? Pues hay que oírla, aunque uno crea que no tiene razón. Su obligación es protestar contra todo aquello que vaya contra sus planteamientos ideológicos. Otra cosa sería que cuestionara la legitimidad de esos pactos, que gozan obviamente de los parabienes necesarios a toda acción democrática, que es el respaldo de las mayorías. ¿Que la patronal se queja porque el gobierno del Estado no los tiene en cuenta a la hora de subir el salario mínimo interprofesional? Pues hay que oírla también, no insultarla. Su obligación es protestar contra todo aquello que vaya contra sus intereses mercantiles o empresariales. Otra cosa sería que cuestionara la legitimidad de la medida, absolutamente democrática, porque cuenta también con las bendiciones del parlamento. Como todo el mundo sabe, una cosa es que algo no coincida con los planteamientos de uno y otra muy distinta que ese algo sea ilegal o antidemocrático. Es lo normal en las democracias liberales. En la España moderna, incluso los que quieren acabar con el Estado (los independentistas) tienen derecho a expresar libremente sus ideas, sin que se les insulte o se les meta en la cárcel. “Los Diputados y Senadores gozarán de inviolabilidad por las opiniones manifestadas en el ejercicio de sus funciones”, proclama el artículo 71 de nuestra vigente Constitución.

Y ¿por qué, si eso es así, si, según nuestro ordenamiento jurídico, tenemos derecho a expresar libremente nuestras opiniones e ideas, si podemos hablar libremente, hay gente que nos insulta cuando no comparte lo que decimos? ¿Por qué, a poco que uno discrepe de los demás y se atreva a traspasar los límites de lo políticamente correcto, que es lo que conviene a los que gobiernan, lo tratan de “fascista”, “dictador”, “machista” o cosas peores? ¿Por qué no se usa la lengua para dialogar, en lugar de para insultar? ¿Por qué se ha renunciado a la posibilidad de negociar y pactar y se ha optado por el desahogo emocional? Pues por cinco razones fundamentales. En primer lugar, porque se tiene miedo a la libertad, que suele conducir a discrepancias más o menos incómodas, que hacen difícil el ejercicio del poder e impiden que el que gobierna haga lo que le venga en gana. En segundo lugar, porque se tienen dudas de la bondad y decencia de los planteamientos de uno. En tercer lugar, porque se está fanáticamente convencido de ellos. En cuarto lugar, por la falta de empatía y respeto hacia el rival. El jefe de la oposición Alberto Feijoo no puede ver al presidente del gobierno Pedro Sánchez ni este a aquel. Y esto es grave, porque se trata de las personas que representan a la inmensa mayoría de los españoles. Y, en quinto lugar, se ha optado por el desahogo destructivo por pura estrategia política: interesa radicalizar al electorado para mantenerlo fiel y para eso el lenguaje emocional del insulto viene a las mil maravillas. Exagerando los defectos y los peligros del rival político mediante el insulto para azuzar el fantasma del miedo nos ganamos la adhesión incondicional de los que pueden auparnos en el poder o perpetuarnos en él, mediante el voto. Precisamente por ello sería impensable (y yo creo que es una desgracia para el bien común) que el partido de la oposición apoyara al que gobierna cuando de los grandes asuntos nacionales (educación, política territorial, defensa, sanidad, etc.) se trata. Gran parte de nuestros dirigentes políticos nacionales se han cerrado en banda. Y, cuando la gente se cierra en banda, entonces surge el insulto, que, por su naturaleza emocional, es contrario a la democracia, que se basa en el imperio de la razón. 

Y lo malo de todo esto es que el insulto no sale nunca gratis. Y menos aquel que circula desbocadamente por la calle o se produce en el marco sagrado de las instituciones públicas o de los medios de comunicación, que lo legitiman y le dan prestigio. En primer lugar, no sale nunca gratis porque, como la vida pública es el espejo en que se mira el resto de los ciudadanos, con el tiempo el insulto termina extendiéndose a la vida privada de la gente, creando así un clima de convivencia social y familiar irrespirable. ¿Hasta qué punto el lenguaje agresivo de algunos de nuestros jóvenes actuales, incluso en el ámbito educativo, no está motivado por la retórica del insulto que impera en las broncas del parlamento nacional, en los debates públicos y en las tertulias radiofónicas y televisivas del país, donde cada cual aspira a decir la barrabasada mayor para lucirse? Y, en segundo lugar, el insulto en la vida pública no sale nunca gratis porque la violencia verbal solivianta las pasiones y puede armarse la de Dios es Cristo. Ya el otro día, en el parlamento español, dijo más o menos un ministro a un miembro de la oposición que no paraba de insultarlo que lo que le estaba diciendo en sede parlamentaria no se atrevía a decírselo en la calle. Sólo faltó decirle que eligiera las armas y buscara padrino. Del insulto hay que huir como del demonio, excepto que sea absolutamente imprescindible para protestar contra todos aquellos que intentan amordazarnos para que no hablemos. Hay quienes dicen que los que manejan a la perfección el dudoso arte de insultar son unos buenos parlamentarios. Yo creo que son un peligro público. Cuanto más se radicalice la vida política, peor para todos. El buen político es el que contribuye a la paz social, no el que la hace imposible.

Por eso piensan tantos españoles que es necesario volver al espíritu de concordia y negociación que presidió la transición democrática del 78, partiendo del principio de que, cuando se trata de pactar, todos tenemos que ceder algo en nuestros planteamientos; de que no podemos imponer nuestras convicciones a machamartillo, sino que tenemos que asumir parte de los planteamientos de los demás, para que ellos asuman parte de los nuestros. Es lo lógico, porque, en toda sociedad humana sana, conviven siempre los valores de la tradición, que representa las llamadas derechas, con las innovaciones de la modernidad, que representan las izquierdas, imprescindibles las unas y las otras. En el equilibrio entre estos dos tipos de valores y la armonía con que evolucionen conjuntamente, se encuentra el éxito de una sociedad civilizada. Hay que decirlo claro: no se trata sólo de “vencer”; hay que convencer y para ello es necesario dialogar, no insultar, que, como hemos visto, no es un discurso cordial, sino un discurso de odio, contrario al diálogo. Una cosa es “vencer” (sea mediante la aritmética parlamentaria, el decreto o las armas) y otra muy distinta “convencer”, como les dijo don Miguel de Unamuno a los secuaces del golpista Franco en los albores de la dictadura más sanguinaria que ha sufrido nuestro país a lo largo de su historia y que todos estamos obligados a evitar que vuelva a repetirse, para seguir disfrutando de dignidad humana.