¿Y si estar bien formado ya no fuera suficiente?
Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento. Nunca habíamos contado con tantos recursos para aprender, formarnos e informarnos. Y, sin embargo, cada vez es más frecuente encontrar a jóvenes que se sienten bloqueados ante una decisión, que posponen una y otra vez aquello que saben que deberían hacer o que se frustran cuando las cosas no salen como esperaban. Quizá el reto ya no sea únicamente aprender más. Quizá haya llegado el momento de preguntarnos si estar bien formado es, por sí solo, suficiente para desenvolverse en el mundo actual.
Porque el mundo en el que vivimos ha cambiado. Hoy ya no basta con acceder al conocimiento. También hay que saber filtrar la información, tomar decisiones entre múltiples opciones, adaptarse a cambios constantes, convivir con la incertidumbre y mantener el rumbo en medio de un entorno que rara vez se detiene. Nunca habíamos vivido en una sociedad con tantas oportunidades, pero tampoco con tantas exigencias para desenvolvernos en ella.
Esta reflexión no nace únicamente de mi profesión como maestra y psicopedagoga. Nace, sobre todo, de observar cómo muchos jóvenes se enfrentan a situaciones cotidianas para las que, con frecuencia, no han tenido la oportunidad de entrenar herramientas concretas.
En el mes de abril tuve la oportunidad de desarrollar, junto a la Concejalía de Juventud del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, el proyecto Sala de Control: entrenamiento mental para la vida real. Un espacio pensado para trabajar con jóvenes habilidades relacionadas con la toma de decisiones, la planificación, la constancia, la gestión de impulsos o la capacidad de adaptación al cambio. Pero, más allá de las actividades realizadas, el proyecto terminó confirmando una idea que llevaba tiempo rondándome.
Muchos jóvenes no necesitan únicamente más información. Necesitan aprender a utilizarla. Porque saber qué hacer no siempre significa ser capaz de hacerlo.
Todos conocemos a alguien —o incluso nos reconocemos a nosotros mismos— que ha retrasado una decisión importante, que ha abandonado un objetivo antes de tiempo, que ha actuado por impulso y después se ha arrepentido o que se ha sentido bloqueado cuando las cosas no salían como esperaba. En la mayoría de esas situaciones, el problema no era la falta de conocimientos. Era la dificultad para convertir esos conocimientos en acciones.
En psicopedagogía conocemos ese conjunto de herramientas como funciones ejecutivas. Aunque el término pueda sonar técnico, forman parte de nuestra vida cotidiana. Son las que utilizamos cuando conseguimos organizarnos en una semana complicada, cuando frenamos un impulso antes de responder, cuando cambiamos de estrategia porque algo no está funcionando o cuando mantenemos un compromiso aunque la motivación inicial haya desaparecido.
Lejos de ser una cuestión reservada a la infancia o al ámbito educativo, las funciones ejecutivas nos acompañan durante toda la vida. Son las herramientas que nos permiten dirigir nuestro comportamiento, adaptarnos a los cambios y responder con mayor criterio a los desafíos cotidianos.
Quizá por eso merece la pena abrir esta conversación. Hablamos con frecuencia de salud mental, bienestar, empleabilidad o del futuro de nuestros jóvenes. Sin embargo, prestamos mucha menos atención a aquellas habilidades que permiten sostener todo lo demás. Porque entre saber qué hacer y ser capaz de hacerlo existe un espacio que, con demasiada frecuencia, damos por supuesto.
La sociedad del siglo XXI necesita personas preparadas. Pero, sobre todo, personas capaces de pensar con criterio, adaptarse al cambio y construir su propio camino. Quizá haya llegado el momento de ampliar la conversación y preguntarnos si, además de transmitir conocimientos, también estamos dedicando el tiempo y la atención que merecen aquellas habilidades que permiten convertir ese conocimiento en decisiones, en oportunidades y en proyectos de vida.
El conocimiento nos abre puertas. Son las herramientas con las que pensamos, decidimos y actuamos las que nos permiten cruzarlas y decidir qué hacemos una vez estamos al otro lado.