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Si es gratis, el producto eres tú

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Cualquiera que se ponga una bata blanca y un estetoscopio al cuello puede ofrecer consejos médicos sin respaldo científico a sus espaldas. Aunque lo peor no es que los dé. Lo peor está en la creencia del resto, sin reflexión ni duda al respecto. Esto suele darse en este contexto contemporáneo, caracterizado por una sobreabundancia de información y una digitalización acelerada, donde la atención humana se ha consolidado como uno de los recursos más escasos y, por tanto, más valiosos, por lo que hay que competir por captar, retener y monetizar el tiempo y la concentración de las personas, lo que afecta directamente a modelos de negocio, estrategias de marketing, productividad organizacional, diseño de políticas públicas y, en última instancia, a la eficiencia del sistema económico en su conjunto. El secreto del éxito se basa en una capacidad cognitiva limitada para procesar tanta información aparentemente infinita.

Esta restricción convierte a la atención en un bien escaso, sujeto a competencia, asignación y, en muchos casos, explotación. En términos económicos, la atención puede entenderse como un recurso rival, en la medida en que el tiempo dedicado a un estímulo no puede dedicarse simultáneamente a otro, aflorando el concepto de coste de oportunidad. Este cambio de paradigma implica una inversión de la lógica tradicional, donde ya no es la información el factor crítico, sino la capacidad de filtrarla, priorizarla y consumirla. En el entorno digital, la atención se ha transformado en un activo cuantificable. Métricas como el tiempo de permanencia, la tasa de clics, la retención de usuarios o el nivel de interacción constituyen indicadores clave de rendimiento para empresas tecnológicas y plataformas digitales. Este proceso de cuantificación permite integrar la atención en modelos de valoración empresarial, optimizar algoritmos de recomendación y diseñar estrategias de monetización más eficientes.

Los principales modelos de negocio asociados a este fenómeno se articulan en torno a la publicidad digital, la suscripción y la denominada economía de creadores. En el primer caso, las empresas ofrecen contenido o servicios gratuitos a cambio de captar la atención del usuario, que posteriormente es monetizada a través de publicidad segmentada. En el modelo de suscripción, la atención se monetiza de forma directa, siendo el usuario quien paga por acceder a contenido o servicios, generalmente con la promesa de una experiencia sin interrupciones. Por su parte, la economía de creadores se presenta como una supuesta democratización de la generación de ingresos, aunque en la práctica reproduce dinámicas de concentración extrema, donde una minoría captura la mayor parte del valor.

Es en este último ámbito donde emerge con claridad la figura del “influencer”, frecuentemente sobredimensionada en términos de aportación económica real. Bajo una apariencia de emprendimiento individual y creatividad, gran parte de esta actividad se basa en la explotación intensiva de la atención mediante contenidos de bajo valor añadido, altamente estandarizados y diseñados exclusivamente para maximizar métricas de visibilidad. Lejos de constituir una profesión estructurada o generadora de conocimiento, en muchos casos se trata de un modelo parasitario que depende de plataformas tecnológicas y de la capacidad de inducir comportamientos de consumo impulsivo en audiencias amplias, pero poco fidelizadas, donde la provocación es parte de la metodología.

La aparente sofisticación de estos perfiles contrasta con la simplicidad de sus mecanismos, exposición constante, banalización del contenido y dependencia absoluta de algoritmos que pueden alterar su relevancia de forma abrupta. Desde una óptica económica, su contribución a la productividad es, en el mejor de los casos, marginal, y en el peor, negativa, al desviar atención hacia actividades con escaso retorno social. La inflación de su valor percibido responde más a dinámicas especulativas de mercado que a una generación efectiva de riqueza. Por esa razón, la competencia por la atención ha impulsado el desarrollo de sofisticadas estrategias de diseño conductual, apoyadas en principios de psicología cognitiva y economía del comportamiento, como el scroll infinito o la reproducción automática. Estas prácticas generan ventajas competitivas significativas, pero también plantean interrogantes éticos y regulatorios.

Uno de los efectos más relevantes desde una perspectiva macroeconómica es el impacto de la economía de la atención en la productividad. La fragmentación de la atención tiene consecuencias directas sobre la capacidad de concentración, la calidad del trabajo cognitivo y la toma de decisiones. Las prácticas orientadas exclusivamente a maximizar la atención a corto plazo pueden generar efectos adversos sin olvidar que, si es gratis, el producto eres tú.