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¿Un smartphone a 34 euros para África?

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Llevamos un tiempo leyendo con curiosidad diversos artículos en los que constatamos lo rápido que avanza la implantación de la tecnología en África. Pese a la evidente brecha económica que aún nos separa, el continente está experimentando en estos momentos un fenómeno de desarrollo conocido como el salto de la rana o, en inglés, leapfrogging, con el que los países con menos recursos se saltan etapas tecnológicas intermedias para adoptar directamente las soluciones más modernas y eficientes.  

Una videoinfografía que en Casa África hicimos hace exactamente 10 años contaba de manera didáctica cómo la proporción en nuestro país de smartphones respecto a móviles no inteligentes (los de los sms, para entendernos) era de un 80% smartphones-20% terminales simples, mientras que en África era al revés, un 20-80. Ese dato, motivado tanto por el precio de los terminales como por la escasez de redes 3G, había forzado el desarrollo y la inventiva de los ingenieros africanos: éstos habían generado tecnologías móviles punteras a través de sms que supusieron el germen de la banca móvil en África. Ahora nos parece normal pagar cosas aquí a través de plataformas como bizum, pero en África ya vienen haciendo eso muchos años a través de SMS con sistemas, por ejemplo, el llamado M-Pesa, que nació en Kenia y se extendió por muchos países de la región. 

Las cifras de hace 10 años están mutando con mucha rapidez: cada vez hay más smartphones, la media del África subsahariana está ya por encima del 33%, y en algunos países alcanza el 50%. Respecto a la red, los datos existentes muestran que, aunque el 95% de la población africana vive bajo la cobertura de redes de banda ancha móvil, existe una brecha de uso masiva: solo el 40% utiliza realmente internet. 

Pero ese dato nos evidencia aún el inmenso tamaño de este abismo tecnológico con respecto a los países más desarrollados, asumir que aún hay más de la mitad de los africanos y africanas que aún no tienen acceso a los servicios digitales avanzados. Para nuestra sociedad, en nuestro día a día, el móvil no es un simple terminal para la comunicación sino que es toda una plataforma de servicios, el verdadero sistema operativo de nuestra economía personal y hasta profesional. 

En África, pues, aún faltan pasos audaces para ‘universalizar’ esa tecnología, y hay indicios muy interesantes de que están cambiando algunas cosas. Lo puede ver cualquier persona que tenga la suerte de darse un paseo por cualquier calle concurrida de una gran ciudad en países como Nigeria, Senegal, Kenia, Sudáfrica o Angola: a diferencia de aquí, los modelos de telefonía móvil con más presencia en las calles no son ni los Iphone ni los Samsung, son teléfonos chinos, de marcas como Tecno, Infinix o Itel. 

Solo una empresa china, llamada Transsion Holdings, controla aproximadamente entre un 47% y un 52% de la cuota de mercado de smartphones en África. Estamos hablando de muchos millones de terminales (hay datos que hablan de que logran vender más de 10 millones de móviles cada trimestre), así que es interesante preguntarse cómo han logrado este éxito. 

Pues a través de una estrategia de hiperlocalización, produciendo terminales muy económicos, y además totalmente pensados para África: incorporan baterías potentes (para garantizar muchas horas de uso), múltiples ranuras para tarjetas sim de quita y pon (las tarjetas de datos son uno de los productos más habituales de ver y comprar en las calles) y con cámaras de fotos optimizadas para retratar mejor a las personas con tonos de piel oscuros.  

Pero su estrategia va mucho más allá de la simple venta de terminales: la compañía ha consolidado su posición en el continente mediante una extensa red de servicios posventa, con más de 1.200 puntos de atención repartidos en 15 países. De este modo, responde a una de las mayores preocupaciones de los consumidores africanos: la dificultad para mantener y reparar sus dispositivos. En términos empresariales, un ejemplo de muy hábil adaptación a un mercado.  

Quizás inspiradas por los resultados de estas marcas chinas, las grandes operadoras de telefonía africanas (las empresas Airtel, Axian, Ethio Telecom, Orange, Vodacom y MTN, que juntas dan servicio a unos 800 millones de africanos –y pienso aquí que quizás Telefónica debería tomar nota del gigantesco mercado que tiene en el continente-), están reunidas en un consorcio que se llama GSMA, han anunciado un proyecto de una ambición extrema: se llama 'el smartphone de los 40 dólares'. 

La estrategia: conseguir vender teléfonos inteligentes a 40 dólares, 34 euros, precio accesible para ampliar el acceso digital, fidelizar usuarios y sostener el crecimiento del mercado móvil en un continente donde el importe del terminal sigue siendo la principal barrera de entrada. Para el 20% más pobre de la población en África subsahariana, un smartphone básico, el más asequible ahora mismo, puede suponer hasta el 87% de sus ingresos mensuales. En un país como Somalia, por ejemplo, comprar un móvil inteligente de los económicos puede llegar a suponer... ¡una sexta parte del sueldo medio anual! 

Así que este grupo de operadoras han pensado que conseguir producir juntas móviles a 40 dólares en primera instancia (y abaratarlos hasta 20 más adelante) puede definitivamente poner el puente a la enorme brecha digital de la que les hablamos. Estiman que reducir el precio a este nivel “mágico” tendría un impacto global: podría permitir que 1.600 millones de personas en todo el mundo se unan a la economía digital. El potencial es asombroso: cerrar esta brecha digital podría añadir 3,5 billones de dólares al PIB mundial para el año 2030. 

Pero una estrategia no se convierte en realidad sin un proceso industrial que realmente lo haga viable, y ahí entra en juego el ecosistema chino de fabricantes. La coalición ha definido unas especificaciones técnicas mínimas -memoria, pantalla, batería- y ha negociado con los proveedores para alcanzar ese umbral simbólico de los 40 dólares. Este proyecto piloto se está probando en países como Ruanda, Nigeria, Etiopía y Tanzania. El modelo en el que se inspiran, obviamente, es el de Transsion. 

Porque un terminal tan económico, al final, no es solo un objeto tecnológico: es el punto de encuentro entre poder de mercado, geopolítica industrial y la promesa -todavía en el aire, frágil, pero ilusionante- de una inclusión digital real. 

Porque es en esta palabra, la inclusión, donde radica la clave del desarrollo. Tengamos en cuenta el mundo que le abre a una persona un smartphone, o el mundo que le abre a un joven ávido de estudiar y aprender. 

Pongamos por ejemplo un agricultor, que antes de que salga el sol ya está utilizando su teléfono para consultar los precios actualizados de sus cosechas en los distintos mercados, asegurándose así de obtener una venta justa y transparente. Gracias al acceso a servicios de banca móvil, puede enviar dinero de forma inmediata para comprar fertilizantes o herramientas, incluso si los proveedores están en otro país, todo con apenas un par de pulsaciones en la pantalla. Esta capacidad de recibir pagos digitales al instante le permite mejorar su liquidez, reducir riesgos y ahorrar en costes asociados al transporte y manejo de efectivo. 

Pero el verdadero salto se consolida cuando cada movimiento financiero queda registrado digitalmente. Así, el agricultor empieza a construir una huella financiera: un historial de transacciones que, por primera vez, le abre las puertas a microcréditos, seguros agrícolas y otros productos financieros que antes le resultaban inaccesibles al no contar con avales tradicionales. Se llama inclusión financiera. 

Son proyectos bonitos que cuando uno los descubre se ilusiona pensando que pueden llegar a buen puerto. Ojalá sea así. La digitalización en África no es un capricho, sino una necesidad tan fundamental como disponer de carreteras o electricidad. Si conseguimos que el acceso a la tecnología sea realmente inclusivo y asequible, no solo veremos cómo el continente participa en la revolución digital, sino que África podrá convertirse en un auténtico motor que impulse la productividad y el progreso económico a escala global.