Teoliberalismo
El neoliberalismo se presenta como una corriente de pensamiento, económico y político, que promueve la eliminación de la intervención estatal en la economía, así como la privatización de las empresas públicas y la desregulación como mecanismos para maximizar la eficiencia y el crecimiento. La diferencia fundamental con el liberalismo clásico estriba en la radicalización de postulados, como es el caso del rol del Estado, la comprensión de la desigualdad o la jerarquización de las libertades individuales.
En el caso del rol a jugar por parte del Estado, para el neoliberal debe desaparecer o dejarlo reducido a su mínima expresión, con todas sus atribuciones reguladoras completamente anuladas. Esto afecta a la citada comprensión de la desigualdad: si bien el liberal consideraba que las desigualdades respondían a la propia naturaleza de la diversidad individual, el Estado podía jugar un papel a la hora de compensar ciertos desajustes. En el caso del Neoliberalismo, la desigualdad es motor de competitividad y, por tanto, no hay razón para interferir en una dinámica que consideran positiva. Esto tiene una repercusión inmediata en las libertades individuales, las cuales se ven afectadas por la diferente concepción del Estado. El liberal, conocedor de las desigualdades que emergen producto del modelo económico privado y privativo, aboga por la responsabilidad social (empresarial) como elemento conciliador. En cambio, el neoliberal rinde todo su credo a la privatización pura y dura, a sabiendas de los desequilibrios existentes que, a la postre, los resignificarán como elemento positivo para el estímulo de la competitividad.
Sin embargo, contemplamos hoy en día un paso más allá en dicha radicalización, que ya no afecta solo a los postulados filosóficos de lo económico, sino que tienen que ver con las fuentes de legitimación de la organización nacional en su conjunto. Hablamos del teoliberalismo, donde el prefijo teo- (theós) hace alusión a Dios, lo divino o similares.
¿Y dónde radica la diferencia con respecto al neo-liberalismo? Como decía antes, en la fuente de legitimación de la organización nacional, que ya permite o contempla la superación de la democracia como (¿mejor?) sistema de gobierno y establece a Dios como fuente de legitimación de la nueva gobernanza, de la soberanía nacional. ¿Una teocracia? Sí, lo es, incluso aunque no haya ningún jerarca religioso encabezando la jefatura del país; sus nuevos profetas son tecnócratas y oligarcas que, bajo el pretexto del mandato economicista, consideran que todo y todos somos susceptibles de ser comprados, poseídos, utilizados y arrojados: se comportan como dioses todopoderosos.
Imágenes como la de Trump rezando con sus pastores-asesores, “para que continúes dando a nuestro presidente la fuerza que necesita para liderar nuestra gran nación”; cambios jurídicos como el del estado de Israel, declarándose oficialmente como un “Estado judío, sionista y democrático” y, por tanto, excluyendo a un 25% de la población israelí, que no comparten adscripción etno-religiosa; líderes nacionales retomando el viejo eslogan de “Dios, patria y familia” (Milei, Meloni, Bolsonaro, Orban), al estilo de nuestros antepasados carlistas; cambios curriculares equiparando enseñanzas bíblicas (creacionismo) con postulados científicos (evolucionismo); políticos de gobiernos ‘democráticos’ cambiando las reglas para poder hacerse vitalicios o inmortalizarse en el cargo (Bukele, Trump, Putin).
Porque, a fin de cuentas, lo importante es la eficacia de cara a la obtención del beneficio como gran medidor y valedor del éxito, principal mandato del teoliberalismo. El beneficio, bene facere + icio, es decir todo aquello que tiene que ver con bien hacer. Pero el beneficio de esta nueva escatología post-medieval tiene una particularidad, como es la limitación de cuántos pueden acceder a su disfrute: la figura, real y metafórica, de la exclusión teoliberal la encarna el migrante, es decir, aquel personaje (personas reales, con nombres y apellidos) que carece de la condición necesaria para ser parte del pueblo elegido, sea cual sea este pueblo. También hay una limitación de los preceptos éticos que regían la vida en común, como así lo expresó uno de los profetas de este teoliberalismo, Elon Musk: “La debilidad del hombre occidental es la empatía (...) Conduce al suicidio civilizatorio”.
Y, para eso, las reglas pueden ser un estorbo: los principios universales y el derecho internacional, los límites éticos, el sentido común, las normas básicas de convivencia representan un obstáculo para la consecución del éxito nacional, sospechosamente vinculado al interés particular de los nuevos jerarcas: “colusión de intereses”, por acuñar la confluencia entre conflicto de intereses junto con la colusión. Las reglas son dispositivos que vinculan, pues definen normas, derechos y obligaciones, pero la nueva aspiración es la desvinculación, la desconexión, la exclusión de una parte importante de la población que no interesan como beneficiarios de la Gran Nación (MAGA, Gran Israel y todos sus sucedáneos).
La falacia es que con el teoliberalismo no se produce una anulación de las reglas (‘desregulación’), sino tan solo una limitación/restricción de los sujetos que pueden verse beneficiados por ellas; la desaparición de un mundo sujeto a normas es, en realidad, la creación de un contexto normativo arbitrario, privativo, parcial e interesado, hecho para los amiguetes. Pero supone también la destrucción de los consensos en torno a los principios que han guiado nuestras sociedades, al menos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Principios que, en muchos casos, tenían una clara filiación religiosa (No matarás o No robarás, por ejemplo) y que ahora se reinterpretan para devolvernos a períodos históricos que creíamos superados. El nuevo orden basado en la ausencia de normas se presenta como un contrato social en forma de Pacto Bíblico (s. XVII), “contraído entre un pueblo en su conjunto y su Dios, en virtud del cual el pueblo consentía en obedecer cualesquiera leyes que su todopoderosa divinidad decidiese revelarle” (Hannah Arendt). Pero las nuevas deidades no son etéreas ni abstractas ni incorpóreas; son carnales, viven en este mundo, aunque, quizá, su reino tampoco es de este mundo. ¿No kings?
El nuevo billete de dólar, con la novedad histórica de la firma del presidente Donald Trump, supone una derivación de las viejas a las nuevas deidades y, por eso, quizá los estadounidenses deberían también adaptar su viejo eslogan In God We Trust por una versión más personal y actualizada, del tipo In Trump We Trust.