Virginia

Se convirtieron en una especie de remedo de aquellas gentes de principios del siglo XX en Cambridge. Durante un tiempo breve y concreto, cometieron el error de creerse una reencarnación del grupo de Bloomsbury: ni contexto, ni intertexto, casi ni belleza exterior. Aun así, se emborracharon más de una vez en Cambridge, ellos y ellas, probablemente en la Bañera, patearon los patios, jardines y bibliotecas de los colleges, se extasiaron ante el puente de los matemáticos y, eso sí, leyeron siempre mucho, hasta nuestros días.

¿Qué fue de todo aquello? Nos queda para siempre y sobre el listón de la historia, Virginia Woolf. Quizás algunas pinturas de Carrington, el frío escéptico de su amado Lytton Strachey, la singular referencia moral de Bertrand Russell (solo próximo al grupo), Pasaje a la India de E. M. Foster y, por supuesto, todo lo que pudo ser la economía mundial si se le hubiera hecho más caso a John Maynard Keynes, en especial a sus primeras versiones. Hace un siglo, el economista británico vaticinó que en 2020 la semana laboral en los países desarrollados sería de quince horas… Convendría que las patronales de este país, y la oposición opositora en funciones, leyeran un breve instante a Keynes y así sabrían quién fue, y probablemente no bramarían tantas estupideces.

¿Dónde está todo aquello? Por supuesto y en alta maestría, en las novelas de Virgina, únicas. Ahora las prohíben en algún ayuntamiento (Orlando como metáfora de nuestro tiempo, cien años después. Qué cosas.) También se puede encontrar en una insuperable biografía escrita por su sobrino Quentin Bell. Sentir una biografía es sentir a su biografiada. La vida de Virginia fue sensacional, con todos sus dramas y con su trágico final. Inauguró una época en la literatura y un antes y después en los valores respecto a la consideración de las mujeres en el mundo. Su biografía descubre todo eso con exquisita suavidad, soberbio rigor y un cariño implícito en cada palabra de recuerdo y de rememoración. La edición que he manejado recientemente, la traducción de Marta Pesarrodona en Lumen (la última compañera, o compañía, de Gabriel Ferrater: otro dramón de poeta), solo tiene veinte años. Es un libro para consultar muchas veces. Se recrea el proceso creativo de la escritora de una manera magistral, sus muchas dudas, sus pasos perdidos, toda la aventura editorial de ella y Leonard (Hogarth Press), tan incomprendida entonces y tan poco valorada en nuestros días. Fueron élite, cierto, pero se podían haber dedicado a otra cosa distinta que a pensar y a crear, y nos la hubiéramos perdido, a Virginia y a su obra. Seguiré mucho tiempo con ella. En momentos feministas repletos de gestos funambulescos, Virginia es la reflexión pura y primigenia, la que cortó arbustos, marcó camino. Sin concesiones.

¿Qué se puede repetir? Jamás los errores, muchos. Hay aviones baratos a Londres que dan malas compañías y ciertos sobresaltos. Si tienes unas libras, pide un taxi raudo al barrio de Bloombsbury, todavía es posible imaginar sus calles y sus casas, quedan algunas (los británicos conservan) al ladito del Museo de los horrores, el museo Británico. Siempre hay un añejo pub en el que consolar la añoranza. Puede que en una mesa esquinada, sentado, esté Rusell con su pipa apagada y Roger Fry lanzando dardos. Puede. Siempre los veo con la segunda pinta.