CAMINOS HISTÓRICOS DE CANARIAS /1
Arrieros somos y en los caminos guanches nos encontraremos
CAMINOS HISTÓRICOS DE CANARIAS /1
“Tenía once años y nunca había ido a la escuela aunque la tenía pegada a mi casa. Mi hermano se marchó al cuartel y yo me quedé con una mula. Llevaba papas y carbón para La Aldea desde Tejeda. El horario era de las dos de la madrugada hasta que llegaba a la casa por la tarde; a veces a las cinco, otras a las diez de la noche…”. José Velázquez es uno de los últimos arrieros que hubo en Canarias, una profesión que ha desaparecido aunque todavía se alquilan mulas para determinados trabajos en recónditos parajes rurales. En este reportaje vamos a recorrer los antiguos senderos guanches, caminos reales que se crearon tras la Conquista y, en la segunda entrega, los caminos históricos que aún perduran gracias a los pastores trashumantes y al senderismo, una red de 2.231 kilómetros. El patrimonio caminero, sin embargo, no está exento de peligros. Vamos a saber por qué.
“En épocas de sequía, no nos bañábamos, pero a la mula había que bañarla todos los días con jabón porque las mataduras de la albarda la fastidiaban”, recuerda Velázquez en Caminos y arrieros de la isla de Gran Canaria, un vídeo producido por el cabildo de esa isla. Hoy jubilado, este hombre de 81 años ha contado a Canarias Ahora-elDiario.es como su oficio de arriero lo llevó a ser propietario de una empresa de transportes que terminó vendiendo a Alsa, la compañía del sector más importante de España.
El ámbito académico no es ajeno al legado de los antiguos caminos reales e históricos. El doctor Claudio Moreno es profesor del Departamento de Geografía de la Universidad de Las Palmas, uno de los investigadores que más sabe de patrimonio caminero de Canarias. Su tesis doctoral –Articulación territorial en espacios insulares: las vías de comunicación terrestres en Canarias, siglos XVI-XIX-, publicada en 2005, es un exhaustivo trabajo de referencia.
“El camino”, informa a este periódico el geógrafo Moreno, “es un eje estructurante del territorio, porque a través de ellos pasa la vida, pasa la gente, pasan las mercancías”. En consecuencia, “es un diálogo entre el camino y el territorio que nos permite adivinar cuánta gente vivía, de qué vivía y cómo fue evolucionando el paisaje a lo largo de los últimos cinco siglos”. Los caminos, sentencia Moreno, “son las arterias, las venas del territorio”.
En su trabajo Caminos tradicionales de Canarias, además de describir la evolución de este patrimonio etnográfico, desde las sendas que trazó la población preeuropea a los cuatro siglos siguientes a la Conquista, detalla la relación de caminos vecinales de las islas y los clasifica por su ancho. En total, contabiliza 357 caminos públicos, con una longitud total de 2.231 kilómetros. Tenerife al ser la isla mayor atesora la red con más kilómetros, 446. Fuerteventura, la segunda isla más extensa, tiene 422 kilómetros repartidos en 30 caminos. Gran Canaria, a pesar de ser más pequeña, tiene 354 kilómetros en 105 caminos, más del triple que la isla majorera y solo nueve menos que Tenerife, cifra que ilustra la abrupta geografía grancanaria. Estos datos son del siglo XIX, extraídos del Boletín Oficial de la Provincia de Canarias de abril de 1868. Claudio Moreno puntualiza que “los inventarios se pidieron a los ayuntamientos de la época con el fin de que recibieran ayudas para su mantenimiento, pero sólo reflejaron los caminos públicos más importantes. Había muchos más”.
José González, antropólogo e investigador de la etnografía isleña, principalmente de Gran Canaria, aporta claves sobre la importancia de estas antiguas vías de comunicación. “El patrimonio caminero forma uno de los capítulos más interesantes de la historia de las comunicaciones en cuanto a extensión y su significado territorial. Hay que entender esta vieja malla de caminos como elementos estructurantes del territorio: no solo eran vías de comunicación, eran marcos de relaciones que conectaban recursos, desde fuentes de agua, pastos de ganado o tierras de labor y, por supuesto, núcleos de población, con sus parroquias, asentamientos y cementerios”. Los caminos “están llenos de memoria”, sentencia González, inspector de patrimonio histórico del Cabildo grancanario.
La red de senderos que se han creado en todas las islas del Archipiélago propicia, además de su conservación, recursos económicos derivados de los visitantes que apuestan por un turismo alternativo al tradicional de sol y playa. No obstante, este patrimonio caminero no está libre de peligros. José González alerta de obras, tanto públicas como privadas, que han afectado a estos bienes etnográficos. En este sentido, señala que “cerramientos, vallados y cercados han eliminado muchos caminos públicos”. Otro problema es que “la red no está homologada”; más grave aún es que “los ayuntamientos no los han inventariado como bienes públicos para garantizar su protección. En este sentido, el profesor Moreno lamenta que de los 21 municipios de Gran Canaria, ”solo Agaete, Santa María de Guía y Valleseco tienen inventario“. A esto se suman, añade González, ”intervenciones de recuperación, conservación y mantenimiento sin criterios técnicos, ajenas a la naturaleza histórica de estos bienes“.
Los arrieros -viene de arre, interjección usada para estimular a equinos- fueron figuras imprescindibles del transporte y comercio tradicional, moviendo mercancías y personas a lomos de animales, especialmente cruciales para el cultivo del plátano y tomate hasta mediados del siglo XX. En aquellos tiempos, los arrieros, como recuerda José Velázquez, no necesitaban reloj. “El tiempo se medía porque el sol va caminando y al llegar a determinados puntos sabíamos la hora; y con la luna igual”. En invierno, continúa, “el sol corre más para el norte y cuando está muy alto quiere decir que no va a llover”.
Una persona que sabe mucho del patrimonio caminero es Manuel Cardona, guía de senderos. “Si hablamos de senderos hay que hablar del origen de los caminos que fueron los que abrieron los primeros pobladores para comunicarse entre ellos y sus lugares de producción agrícola. Tras la Conquista, esos caminos fueron la base para la red de veredas que crearon los nuevos habitantes, unos caminos que tuvieron que ser adaptados para el paso de burros, mulas y caballos”. Son los caminos de herradura, adoquinados para facilitar el trajín de los animales con sus albardas cargadas. Un ejemplo se conserva en el Camino del Pino que une Teror y Las Palmas, cuyo empedrado data del siglo XVII.
La profesión de arriero estaba tan inmersa en la sociedad canaria que en La Palma se creó, en el siglo pasado, la Agrupación Folklórica Los Arrieros, una reconocida formación que preserva canciones y tradiciones, destacando su Misa Arriera y la Capa Arriera.
En la Isla Bonita, como en el resto de las ínsulas, los arrieros terminaron por desaparecer con la llegada de las carreteras y los nuevos vehículos de transportes, pero los caminos históricos no se han perdido gracias “a la recuperación de caminos para adaptarlos al uso senderista y a la labor de los pastores trashumantes”, apunta el profesor del Departamento de Geografía de la ULPGC Claudio Moreno. Su colega de la Universidad de La Laguna José Juan Cano, autor de la tesis doctoral La recuperación de las redes camineras: instrumento para el desarrollo territorial en la isla de Tenerife –en Canarias se han publicado tres tesis sobre patrimonio caminero- defiende la necesidad de “una mayor articulación estratégica a medio y largo plazo en relación a la red caminera y el establecimiento de una estructura a nivel insular que mejore la coordinación entre instituciones, empresas [de senderismo] y usuarios”.
La trashumancia, clave en la creación de nuevos caminos tras la llegada de los europeos a las Islas y en la conservación de los caminos guanches, es la protagonista de la segunda y última entrega de este reportaje sobre los Caminos Históricos de Canarias, que se publicará el próximo sábado, 18 de abril.