“Lo que pasa en las redes sociales se materializa en la calle”, las mujeres reivindican su voz en el espacio público en '#MujeresConectadas: Estrategias contra el Cibermachismo'

Opinar en público siendo mujer puede tener un coste que va mucho más allá de las críticas o los desacuerdos. Los ataques sobre el físico, las amenazas y las campañas de odio pueden terminar afectando a la vida cotidiana de las afectadas y provocar que quienes participan en el debate público se planteen dejar de hacerlo. Este fue de los temas que centró la mesa redonda Mujeres, espacios de opinión, periodismo y violencia en redes, celebrada en el marco de la cuarta edición de #MujeresConectadas: Estrategias contra el Cibermachismo, que se celebró este martes en Talleres Palermo, en Las Palmas de Gran Canaria. 

La periodista de Canarias Ahora, especializada en igualdad y violencias machistas, Jennifer Jiménez, moderó la mesa redonda y abrió el debate con algunos datos sobre el alcance de estas violencias. Según las cifras que recoge un informe del Ministerio de Igualdad, cerca del 80 % de los jóvenes de entre 16 y 24 años ha sufrido algún tipo de acoso digital, mientras que el 73 % de las periodistas en el mundo ha experimentado violencia en línea, según una encuesta de la Unesco. También advirtió de que estas agresiones aumentan cuando se cruzan con otras formas de discriminación, como el racismo o la LGTBIfobia.

Antes de dar paso a las participantes, Jiménez presentó el testimonio de la periodista y analista política Sarah Santaolalla, que intervino a través de un vídeo grabado previamente. Su experiencia sirvió para poner rostro a una violencia que ha traspasado las pantallas y ha llegado hasta la calle.

Santaolalla explicó que los ataques no se dirigen únicamente a sus opiniones políticas, sino también a su forma de vestir, su aspecto o sus relaciones personales. Aunque reconoció que no todas las mujeres reciben la violencia con la misma intensidad, señaló que quienes se posicionan públicamente desde posturas de izquierdas, feministas o antifascistas suelen convertirse en objetivos de ataques especialmente crueles.

Durante su intervención describió las distintas etapas por las que ha pasado desde que comenzó a sufrir acoso: el complejo y la sensación de estar haciendo algo mal; el enfado y, más tarde, la resignación, hasta llegar a normalizar una violencia que acaba formando parte de la rutina. También relató cómo los ataques digitales han terminado convirtiéndose en agresiones físicas, con insultos, tirones de pelo, empujones y actos vandálicos. Una situación que ha condicionado su día a día, hasta el punto de tener que cambiar sus hábitos, evitar el transporte público y modificar su forma de vestir al salir a la calle.

“Cuando pasas la parte digital en la que necesitas ayuda para vivir, para seguir, llega la parte en la que ves el peligro incluso más cerca”, explicó. También contó que llegó a dormir con el móvil apagado y tuvo que comprar un despertador para no depender del teléfono. Para Santaolalla, uno de los problemas más graves es la falta de miedo de quienes acosan, que llegan a publicar amenazas utilizando sus propios perfiles, donde puedes ver datos personales, a sus familias…

Su testimonio abrió una reflexión sobre el precio que pagan las mujeres por ocupar espacios de opinión y representación pública. Victoria Rosell, magistrada de la Sección de Violencia sobre la Mujer del Tribunal de Instancia de Las Palmas de Gran Canaria y exdelegada del Gobierno contra la Violencia de Género, recordó los ataques que recibió durante su etapa en el Congreso y al frente del Ministerio de Igualdad. Y explicó que estas reacciones no son casuales, “el feminismo representa una de las fuerzas democratizadoras más importantes y, por eso, se convierte en un objetivo para quienes pretenden frenar sus avances”. 

Rosell también mostró su preocupación por el efecto que este clima de hostilidad puede tener sobre las mujeres jóvenes, especialmente en aquellas que se plantean entrar en política o hacerse visibles en el espacio público. El miedo a convertirse en objeto de ataques las aleja de esos espacios antes incluso de que tengan la oportunidad de participar.

Ngone Ndiaye, periodista e investigadora de la Fundación porCausa, puso el acento en cómo el racismo se suma a la misoginia cuando las mujeres racializadas expresan opiniones políticas o participan en debates públicos. En esos casos, los ataques dejan de cuestionar únicamente sus ideas y pasan a dirigirse contra su origen o su identidad. Puso como ejemplo los comentarios dirigidos a mujeres migrantes y racializadas, a quienes se les llega a decir que “se marchen del país” cuando expresan una opinión o cuentan una experiencia personal. También relató la inquietud que le produjo encontrarse con determinados ataques en la publicación de Canarias Ahora sobre estas jornadas, cuando llegó a preguntarse si eso es lo que le espera en el desarrollo de su trayectoria profesional.

En este sentido, coincidió con Santaolalla en que la violencia digital no se queda en la pantalla. La periodista cuestionó además el papel de las plataformas, sobre todo después de comprobar por ella misma que algunos de los comentarios más graves aparecen en cuentas verificadas por Meta.

La conversación también hizo hincapié en el papel de los grupos organizados por la manosfera, que utilizan las redes para difundir discursos antifeministas y convertir el malestar social en hostilidad hacia las mujeres. Nereida Vizuete, educadora social y cofundadora de Marviz Consultoría, compartió esta preocupación y recordó que el funcionamiento de los algoritmos también puede aprovecharse para dar visibilidad a otros discursos. “Interactuar con contenidos feministas, compartirlos y hacer que lleguen a más personas son algunas de las formas de disputar ese espacio”, señaló. También defendió la importancia de saber cuándo intervenir y cuándo tomar distancia, “no siempre es necesario responder a cada provocación, especialmente cuando no se cuenta con el ánimo o las herramientas para hacerlo”. 

Vizuete, que trabaja con jóvenes, lamenta que cada vez existe una mayor sensación de impunidad a la hora de expresar discursos machistas y racistas. No obstante, se mostró optimista e indicó que la juventud no es un colectivo que esté peor que generaciones anteriores. “Es importante entender que los jóvenes forman parte de la sociedad y que sus comportamientos están condicionados por el entorno, las redes sociales y las circunstancias familiares y económicas”. Y destacó que en sus ponencias se encuentra con una resistencia importante entre chicas jóvenes que cuestionan y se enfrentan a esas actitudes machistas por parte de sus compañeros.

La educación apareció así como una de las principales herramientas fundamentales para combatir el cibermachismo. Las participantes insistieron en la necesidad de trabajar desde las aulas, implicar también a los chicos y ofrecer formación a quienes deben atender estas situaciones, desde los cuerpos de seguridad hasta los profesionales de la justicia. 

Desde el ámbito jurídico, Rosell reconoció que todavía existen dificultades para dar una respuesta adecuada a las agresiones digitales. Aunque señaló que se han producido avances normativos que permiten retirar determinados contenidos antes de que exista una sentencia firme, advierte de que todavía falta investigación y diligencia en muchos casos. La jueza propuso crear repositorios digitales seguros, gestionados por el Estado, donde las víctimas puedan conservar pruebas de los ataques y facilitar después su investigación, con la misma atención que se presta a otras formas de violencia o delitos.

Las críticas a la respuesta institucional y al funcionamiento de las plataformas estuvieron presentes durante toda la mesa. Ndiaye cuestionó que, en ocasiones, sean las propias víctimas quienes acaben sufriendo las consecuencias al denunciar. Y contó ejemplos como cuando una cuenta acaba restringida por publicar una captura de pantalla en la que muestra el acoso que está recibiendo. 

La mesa concluyó con una reflexión compartida sobre la necesidad de no dejar solas a las mujeres que sufren estas agresiones. Santaolalla señaló en su intervención que, frente al desgaste psicológico y la falta de acompañamiento, la red de mujeres de su entorno ha sido fundamental para seguir adelante. Una idea que conectó con las propuestas de las participantes, crear espacios seguros, apoyarse mutuamente y encontrar comunidades en las que poder expresarse sin miedo.