El taller ‘Sin Filtros’ alerta sobre la violencia digital contra las mujeres y su efecto silenciador en ‘#MujeresConectadas: Estrategias contra el Cibermachismo’

Taller Sin Filtros, impartido por Cristina Gil y Asiria Álvarez.

Silvia Álamo

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El acoso, los comentarios sobre el físico y la presión por responder a determinados cánones de belleza también son formas de violencia machista. Y en Internet, donde las mujeres tienen cada vez más presencia pública, estas conductas pueden acabar condicionando qué dicen, cómo participan e incluso si deciden seguir haciéndolo. Esta fue una de las cuestiones que centró el taller Sin Filtros, con el que arrancó la cuarta edición de #MujeresConectadas: Estrategias contra el Cibermachismo, celebrada este martes por la tarde en Talleres Palermo, en Las Palmas de Gran Canaria.

La actividad estuvo impartida por Cristina Gil, educadora social y psicóloga sanitaria, y Asiria Álvarez, artista visual, promotora de igualdad y coordinadora técnica del proyecto. Durante el encuentro, ambas compartieron con las personas asistentes distintas situaciones que muestran cómo se manifiesta la violencia contra las mujeres en los entornos digitales.

Gil comenzó poniendo el foco en la importancia de analizar qué contenidos están consumiendo los adolescentes y jóvenes en las redes sociales, donde el acoso hacia las mujeres se ha convertido en una “práctica habitual y normalizada”. Una violencia que, como explicó, no es nueva, sino que “reproduce en el entorno digital comportamientos machistas que ya existían en la vida cotidiana”.

No siempre aparece en forma de insultos directos. Una de las situaciones más habituales, señaló, es la de mujeres que hablan de política, cultura u otros asuntos de interés y reciben comentarios centrados en su aspecto físico. De esta manera, la conversación deja de girar en torno a lo que dicen y pasa a cuestionar su apariencia. Como explicó durante el taller, “el mensaje deja de ser lo importante y se cuestiona a quien lo transmite”.

Por su parte, Asiria Álvarez hizo hincapié en la presión estética que ejercen las redes sociales, especialmente sobre las jóvenes y adolescentes. En estos espacios triunfan modelos de feminidad asociados a mujeres delgadas, atractivas e hipersexualizadas, que se convierten en referentes aspiracionales y alimentan una comparación constante con imágenes que no siempre representan la realidad.

Álvarez insistió en la dificultad de distinguir entre cuerpos reales, imágenes retocadas mediante filtros y mujeres creadas con inteligencia artificial. Estas últimas refuerzan los estereotipos y cánones de belleza inalcanzables. A ello se suma el uso de la inteligencia artificial para generar y comercializar imágenes pornográficas falsas de mujeres mediante técnicas de deepfake, una forma de violencia que vulnera su intimidad y su imagen.

La artista recordó que ajustarse a los cánones de belleza tampoco evita los ataques. Siempre puede encontrarse algún aspecto físico o de comportamiento que sirva como excusa para cuestionar o desacreditar a una mujer. “Siempre habrá algún aspecto de su apariencia o comportamiento que pueda convertirse en motivo de ataque, porque el objetivo no es alcanzar una supuesta perfección, sino mantenerlas sometidas al juicio constante”, señaló. A esto se le añade que muchas veces no existe una persona identificable detrás de los perfiles o contenidos, ni alguien a quien pedir responsabilidades.

Otro de los temas que se abordó fue la existencia de códigos y lenguajes propios en determinados círculos de Internet, donde la misoginia se expresa de formas sutiles, mediante memes, estereotipos y mensajes aparentemente inofensivos. Estas prácticas dificultan la identificación de la violencia y su denuncia. La utilización del humor como herramienta de desprecio, la descalificación de las posiciones políticas, la sexualización, la cosificación y las amenazas forman parte de un repertorio que busca invalidar a las mujeres sin necesidad de recurrir siempre a insultos directos.

A través de diferentes ejemplos de mujeres con presencia pública en redes sociales, entre ellos el caso de Sarah Santaolalla y publicaciones de las propias jornadas, mostraron cómo estos ataques desplazan el debate y convierten la exposición pública de las mujeres en un terreno de hostilidad.

La estrategia es clara: “desgastar y silenciar”, señalaron las expertas. La acumulación de comentarios, ataques y amenazas provoca un importante desgaste psicológico y puede conducir a la autocensura. Frente a esto, las expertas reivindicaron la importancia de los cuidados y de las redes de apoyo. La desconexión, el acompañamiento mutuo y el fortalecimiento de la autoestima son algunas de las herramientas fundamentales para afrontar estas situaciones.

El taller concluyó con una actividad participativa que trasladó a la sala una forma diferente de relacionarse y reconocerse. Las personas asistentes recibieron una tarjeta para escribir un mensaje a una mujer presente, un agradecimiento, una admiración o unas palabras de reconocimiento. Una especie de ‘like’ analógico con el que reivindicar la importancia de construir redes de apoyo y cuidados frente a la hostilidad de los entornos digitales.

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