Manuel González Plata, ‘Bejeque’ en su alto alero

4 de noviembre de 2026 11:07 h (Hora canaria)

0

Manuel González Plata, “Bejeque”, a comienzos de la década de los 80. Fotografía cedida por Jose Ayut.

Manuel González Plata, nuestro querido Manolo Plata, no por capricho adoptó desde joven el sobrenombre Bejeque en consonancia con todo lo que buscaba a través del juego literario. Tanto la planta como la palabra que la designa eran talismanes para su persona y para los poemas o los artículos que iba escribiendo, siempre rebosantes de expresiones cercanas, visiones certeras de la realidad, intuiciones nacidas para conservar los ensueños de hombre de pueblo instruido —instruido el hombre, instruido el pueblo—. La rareza botánica del bejeque nunca dejará de atraer la mirada de quienes saben recrearse en el espectáculo de lo circundante. Incluso a escondidas, camuflado entre tejados, el bejeque conserva todo su poder de fascinación como especie antigua, de raíz enigmática y hojas carnosas, y por eso mismo inspira un sentido de apego: nos conmueve por ser fiel al punto al que se aferra, y también por crecer donde quiere, igual en una huerta que en la techumbre de una casa de paredes desconchadas donde se muda la piel de los espíritus. Pues bien, todo esto podría valernos para una descripción rápida de la vida y la obra de Manuel González Plata. Desde pronto, hace muchos años, mientras se iba ganando un hueco como escritor independiente, Bejeque comprendió que debía proyectar su conciencia sobre las fragilidades del medio inmediato. Es más, se fijó en los resquicios de un mundo cambiante para ofrecer la visión de algo hermoso que venía de muy atrás y que había que salvar como reliquia antes de que las voracidades humanas lo pervirtiesen o lo borrasen por completo.

Sin importarle si se encontraba en la vanguardia o en la retaguardia ante las conquistas de las modas literarias del último cuarto del siglo xx y el primero del xxi, Manolo-poeta-cronista abordaba asuntos banales en apariencia —en apariencia, repito, y acaso por su proximidad a lo cotidiano— pero en el fondo muy serios, diríamos que de largo aliento; y hemos de admitir que lo hacía con encanto, convirtiendo lo difícil en fácil desde el punto de vista formal con un lenguaje lleno de astillas de madera recién cortada. Además recurría a la memoria de los ancestros para encontrar respuestas francas, a veces peliagudas, frente al absurdo de la existencia. Le interesaba preservar la sensatez de la gente de su generación, ciudadanos de a pie con ganas de mejorar las cosas tirando del carro hacia adelante al margen de los bandazos provocados por quienes se empeñan en poner palitos en las ruedas. Aunque actuara por libre, durante décadas Manolo Plata se sintió parte de una comunidad a la que en cierto modo representaba con sus opiniones y sus versos compuestos de un tirón, casi a bote pronto.

Por si esto no bastase, la potencia de su voz física, en cualquier caso diáfana a pesar de que bordeaba una ronquera crónica, venía del pueblo, y por supuesto de la tierra, del aire, del mar… Esa voz resonaba directa, se salía del borde sin perder su camino, llegaba lejos gracias al aire fresco de la sinceridad que la propulsaba hacia nosotros como garantía de hondura. Así fue como, palabra a palabra, palabra sobre palabra, nos convenció a todos de que los valores naturales y antropológicos de la isla trascienden al mismo tiempo que sintetizan el universo entero, tanto el que conocemos como el que obviamos por ignorancia o por temor a descubrir más de lo que nuestras capacidades mentales soportan. En el conjunto de su obra rebulle un compromiso sociopolítico: en prosa o en verso, mientras se centraba en temas menores, Bejeque señalaba con firmeza que las razones más elementales del individuo no deben albergar intereses espurios en contra de la comunidad a la que pertenece. Venía a decirnos con acento refranero que no podemos permitirnos el lujo de dormirnos en los laureles, que la propia condición humana nos ciega ante el peligro de las contradicciones inherentes al ser, y que hay que potenciar el disfrute de la mera contemplación con el espíritu crítico.

           Otra veta, más intimista, era la de los poemas de amor que le dedicó a su esposa, Inés Gutiérrez, cuya compañía constante disfrutaba como un regalo de los dioses. Inés, colmada de bendiciones cálidas, sin duda influyó en su trayectoria: encarnó lo esencial de aquello por lo que tanto luchó, acaso lo más sagrado de una ley de vida que no se podía traicionar nunca, bajo ningún concepto. Los poemas dedicados a Inés muestran una voluntad de estilo abierto al lirismo de los sentimientos primarios, por más que el plan retórico se base en la contención. Este soporte afectivo de la compañera, nada menos que la madre de sus hijos, hacía posible que Manolo siguiese adelante en todo y a pesar de todo, incluso en la cuesta abajo de unos años en que era normal que le fallasen las fuerzas para mantenerse en pie. Ella lo amparaba con su sonrisa desbordada de bondad e inteligencia. Ella lo completaba.

Así, al fin hemos de entender que la desaparición de Manolo, inapelable, y la ya lejana ausencia de Inés crepitan en un mismo fuego y bajo una misma evocación emocionada.

Ambos se la merecen ahora y se la merecerán en adelante mientras tengamos memoria para honrarlos como es debido.

Anelio Rodríguez Concepción

Etiquetas
stats