'Lingua ex musica': algunas disquisiciones
A propósito del IV Congreso Internacional de la Bajada de la Virgen que felizmente celebraremos del 5 al 7 de noviembre de 2026 y cuyo argumento principal gira en torno a las danzas rituales y festivas de la isla de la Palma, quizá sea oportuno hacer algunas reflexiones preliminares en torno al baile, la música y el canto como lenguajes superiores que vinculan al hombre con la trascendencia a la vez que crean lazos de auténtica comunidad.
No cabe duda de que danzas y cánticos han acompañado el culto a las divinidades desde tiempos remotos. Shiva, el Dios hindú de la creación y la destrucción, es conocido como el Rey de la danza. El culto a Dionisio iba acompañado de danza orgiástica. En el Antiguo Testamento se nos dice que “David danzó frente al Señor con todas sus fuerzas” (Samuel II, 6) en su entrada triunfante a Jerusalem acompañado de músicos que tocaban con júbilo inspirados por el allegro compuesto por Yahvé y que le hacen entrar en puro éxtasis gracias a una música que es iluminación. Asimismo, la danza extática de los hasidim entre los judíos es una reminiscencia de estas tradiciones y prácticas bíblicas. Los derviches de la tradición sufí experimentan el trance girando sobre sí mismos y abren su corazón y su alma para ser inundados por el ritmo de la gracia que es luz, sin perder el paso.
Una de las más destacables características de todas estas danzas es que son expresión de una comunión tanto vertical como horizontal dado que al seguir un compás coordinado con los demás danzarines favorecen el sentimiento de fraternidad y de reconciliación. Todo posible conflicto se diluye en el momento del baile y del canto. Además son la materialización de la alegría del Espíritu en todas las culturas por lo que no se trata de algo trivial o carente de relevancia. Donde hay Espíritu hay alegría y en la correspondencia armónica de la danza se puede presentir la sonrisa de Dios o Risus Coeli. Asimismo, la danza es casi siempre alada y vence la gravedad, manteniendo la estabilidad y elevándonos por medio de la gracia.
Si nos trasladamos concretamente al mundo cristiano, la danza en general es un reflejo del dinamismo sagrado que se da en el seno de la Trinidad. Las tres personas divinas ejecutan un movimiento que se llama pericóresis, una coreografía en donde el Padre y el Hijo se otorgan espacio y hay un flujo amoroso continuo entre los dos, amor en marcha o amor en obra que es todo piedad y misericordia. De forma similar, la danza humana o terrenal es ese momento bienaventurado en que acontece exactamente algo similar, es decir, se concede espacio al compañero de baile acordando un paso armónico solidario que implica respeto mutuo y en el que se disuelve todo posible desacuerdo: compenetración y Kairós.
Siguiendo la estela de este hilo argumental, conviene subrayar que –junto a la danza– la música y el ritmo está ya presente en el origen de la vida misma como se constata desde los albores del pensamiento griego. El pitagorismo nace en el siglo vi a.C. como fruto de un fecundo diálogo entre la geometría, la matemática, la astronomía, la música y la filosofía, invitándonos a meditar sobre una secreta sintonía que enhebra todas las cosas, desde el movimiento de las estrellas hasta nuestros propios pensamientos y que se conoce como “la música de las esferas” o “musica universalis”. Se trata de una idea basada en la creencia de que el ágil y aéreo movimiento de los cuerpos celestes sigue proporciones tan perfectas y matemáticas que producen en conjunto una especie de melodía cósmica en términos armónicos inaudible pero sí aprehensible para el oído humano. Sabemos que los egipcios y los sacerdotes de Babilonia –concretamente Pitágoras en Samos– frecuentaban cavernas donde poder conseguir resonancias evocadoras y estaban atentos a la revelación del sonido, sobre todo al eco, a la vibración.
Esta condición pitagórica y mística del firmamento influyó en pensadores como Platón, Boecio, Ibn Arabí, Marsilio Ficino o Johannes Kepler que llegó a traducir numerosos datos astronómicos al lenguaje musical según consta en su libro Harmonices Mundi (1619) viajando a lo largo de los siglos hasta nuestros días y dejando una huella imborrable en filósofos tan lúcidos y clarividentes como la propia María Zambrano. Afirma la pensadora malagueña que la filosofía no debe excluir la realidad del alma y ha de conducirla “desde los infiernos de la dispersión, desde el desgarramiento de las entrañas, hasta el paraíso de la unidad por la vía del logos del número”, en otras palabras, “por los números secretos de la poesía y de la música, de la memoria y la confesión, de la piedad y de la liturgia”.
De forma análoga, el poeta norteamericano Thomas Merton sintió una profunda atracción por la musicalidad del universo, reconociendo que “el silencio de las esferas es la música de un festín de bodas” y que somos parte de una danza general como explicita en su libro New Seeds of Contemplation (1962): “el mundo y el tiempo son la danza del Señor en el vacío (…) estamos invitados a olvidarnos de nosotros mismos, a arrojar a los vientos nuestra horrible solemnidad y a unirnos a la danza general…”. A propósito de Merton, su fiel discípulo Ernesto Cardenal mostró también gran interés por la condición melódica de la propia creación en su libro Cántico cósmico (1989) en el cual explica cómo “al principio era el canto”, “Dios hizo la tierra cantando” y “las cosas no son creadas por cálculo sino por poesía”. El gran místico nicaragüense se asombra de cómo aún pueden escucharse los ecos de ese canto inicial en los cantos de las ballenas o los cuartetos de Beethoven, en el mirlo que es tan musical que pasada la época de cortejo sigue entonando canciones, en el silbido de Romeo frente al balcón de su amada Julieta, e incluso en el inaprehensible sonido de las partículas subatómicas.
Podríamos concluir estas meditaciones reconociendo que el éxito de la visualidad en nuestras sociedades actuales no es más que un fatídico distanciamiento de este mágico lenguaje musical, de este eco del eco primordial, de esta resonancia generadora y regeneradora presente en todas las cosas. Para los judíos en el principio fue el Logos, el Verbo. Pero habría que reconsiderar si en verdad este Logos fue antecedido, si fue el aire, el hervor, el fragor, el viento sibilante, el flujo vibratorio y el concierto de las cosas en la naturaleza, la verdadera raíz de la creación y de todo nombrar, una especie de lengua previa o lingua ex musica.
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