Tarfaya, la puerta del desierto para Canarias

Algo más de 40 minutos en avión y 200 kilómetros separan a Canarias de Tarfaya, las puertas del desierto marroquí para los isleños. La fotógrafa María Álamo lleva 17 años cruzándolas, en compañía de otros grupos (historiadores, biólogos, veterinarios, fotógrafos y otros curiosos), para “buscar la belleza oculta” que hay en sus dunas y “reeducar la mirada” del viajero durante tres días y sus noches.

Para María, la aventura comenzó en 2005, cuando una ruptura amorosa le obligó a buscar alternativas para mirar hacia adelante. Decidió entonces buscar la luz del desierto para sus instantáneas. Tuvo la suerte de dar con una persona que organizaba su primer viaje experimental al sur de Marruecos y poder “ir a llorar al desierto”, bromea. Sin embargo, este tenía “algo mucho mejor” guardado para ella.

La persona que estaba al mando de ese viaje le propuso realizar fotografías para una revista turística informativa. Así se pasaron dos años hasta la llegada de la crisis de 2008. María, “crisis económica incluida”, decidió seguir el sendero sola. “Continué porque creía mucho en la transformación que había hecho en mí el desierto”, relata. En ese momento, empezó todo.

Una vez se dio de alta como agencia de viajes, actualmente Sáhara Cultour, comenzó a organizar aventuras en la zona de Tarfaya. Se agarró a lo que el plan Bolonia permitía y empezó con grupos universitarios. Desde ese entonces hasta ahora, ha logrado crear un equipo local de trabajo de unas 20 personas y han viajado con ella más de 8.000 curiosos.

Turismo consciente

Aunque lo que más llama la atención de estas excursiones son las noches en el desierto bajo el manto estrellado del Sáhara, durante el día se hace un recorrido por “el maravilloso caos” de Tarfaya, se navega por la Laguna de Naila con una barquilla y se visita la torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña, una edificación levantaba en 1496 por el gobernador de Gran Canaria, Alonso Fajardo.

María Álamo busca que todos estos rincones hagan efecto y transformen al viajero, lo que se conoce como turismo consciente, un término en desarrollo, reconocido por la Organización Mundial del Turismo (OMT). “El desierto es un lienzo en blanco: lo que tú escribes es lo que queda”, por ello, la directora de Sáhara Cultour defiende que la gente no va al desierto a “desconectar”, sino a “reconectar” y “reconocerse”.

El próximo está programado para el próximo 13 de julio (hasta el 17) y estará centrado en contar la historia del antiguo protectorado español de Marruecos.

En busca de tiempo

Los vuelos parten de Gran Canaria, pero los viajeros vienen desde distintos puntos de la geografía nacional. María Álamo ha llegado a llevar grupos de incluso 65 personas, la mayor parte residentes canarios que también tienen otras nacionalidades, como venezolanos, ingleses, italianos...

A ninguno de ellos, dice entre risas la organizadora de viajes, les da “el síndrome de Stendhal por la arquitectura que ven”, pero en cierto sentido asegura que la inmensidad del desierto puede producir algo de “vértigo”. Es “inevitable” que no llegue a tu esencia, cuenta.

Al hacer esta afirmación, María Álamo recuerda un proverbio tuareg: “Tú tienes el reloj, yo tengo el tiempo”. Precisamente, este es, promete, el secreto que se esconde al cruzar las puertas que dan al desierto.

Algo más de 40 minutos en avión y 200 kilómetros separan a Canarias de Tarfaya, las puertas del desierto marroquí para los isleños. La fotógrafa María Álamo lleva 17 años cruzándolas, en compañía de otros grupos (historiadores, biólogos, veterinarios, fotógrafos y otros curiosos), para “buscar la belleza oculta” que hay en sus dunas y “reeducar la mirada” del viajero durante tres días y sus noches.

Para María, la aventura comenzó en 2005, cuando una ruptura amorosa le obligó a buscar alternativas para mirar hacia adelante. Decidió entonces buscar la luz del desierto para sus instantáneas. Tuvo la suerte de dar con una persona que organizaba su primer viaje experimental al sur de Marruecos y poder “ir a llorar al desierto”, bromea. Sin embargo, este tenía “algo mucho mejor” guardado para ella.

La persona que estaba al mando de ese viaje le propuso realizar fotografías para una revista turística informativa. Así se pasaron dos años hasta la llegada de la crisis de 2008. María, “crisis económica incluida”, decidió seguir el sendero sola. “Continué porque creía mucho en la transformación que había hecho en mí el desierto”, relata. En ese momento, empezó todo.

Una vez se dio de alta como agencia de viajes, actualmente Sáhara Cultour, comenzó a organizar aventuras en la zona de Tarfaya. Se agarró a lo que el plan Bolonia permitía y empezó con grupos universitarios. Desde ese entonces hasta ahora, ha logrado crear un equipo local de trabajo de unas 20 personas y han viajado con ella más de 8.000 curiosos.

Turismo consciente

Aunque lo que más llama la atención de estas excursiones son las noches en el desierto bajo el manto estrellado del Sáhara, durante el día se hace un recorrido por “el maravilloso caos” de Tarfaya, se navega por la Laguna de Naila con una barquilla y se visita la torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña, una edificación levantaba en 1496 por el gobernador de Gran Canaria, Alonso Fajardo.

María Álamo busca que todos estos rincones hagan efecto y transformen al viajero, lo que se conoce como turismo consciente, un término en desarrollo, reconocido por la Organización Mundial del Turismo (OMT). “El desierto es un lienzo en blanco: lo que tú escribes es lo que queda”, por ello, la directora de Sáhara Cultour defiende que la gente no va al desierto a “desconectar”, sino a “reconectar” y “reconocerse”.

El próximo está programado para el próximo 13 de julio (hasta el 17) y estará centrado en contar la historia del antiguo protectorado español de Marruecos.

En busca de tiempo

Los vuelos parten de Gran Canaria, pero los viajeros vienen desde distintos puntos de la geografía nacional. María Álamo ha llegado a llevar grupos de incluso 65 personas, la mayor parte residentes canarios que también tienen otras nacionalidades, como venezolanos, ingleses, italianos...

A ninguno de ellos, dice entre risas la organizadora de viajes, les da “el síndrome de Stendhal por la arquitectura que ven”, pero en cierto sentido asegura que la inmensidad del desierto puede producir algo de “vértigo”. Es “inevitable” que no llegue a tu esencia, cuenta.

Al hacer esta afirmación, María Álamo recuerda un proverbio tuareg: “Tú tienes el reloj, yo tengo el tiempo”. Precisamente, este es, promete, el secreto que se esconde al cruzar las puertas que dan al desierto.

Algo más de 40 minutos en avión y 200 kilómetros separan a Canarias de Tarfaya, las puertas del desierto marroquí para los isleños. La fotógrafa María Álamo lleva 17 años cruzándolas, en compañía de otros grupos (historiadores, biólogos, veterinarios, fotógrafos y otros curiosos), para “buscar la belleza oculta” que hay en sus dunas y “reeducar la mirada” del viajero durante tres días y sus noches.

Para María, la aventura comenzó en 2005, cuando una ruptura amorosa le obligó a buscar alternativas para mirar hacia adelante. Decidió entonces buscar la luz del desierto para sus instantáneas. Tuvo la suerte de dar con una persona que organizaba su primer viaje experimental al sur de Marruecos y poder “ir a llorar al desierto”, bromea. Sin embargo, este tenía “algo mucho mejor” guardado para ella.