En la trastienda del fervor
Francisco está visiblemente nervioso. “Sí, sí, sí”, contesta cuando se le pregunta si es el guía del trono que tiene a sus espaldas. “Sí, sí, sí”, responde a la petición de hacerle algunas fotos. “Sí, sí, sí”, para todo lo demás. “Es que estamos que vamos a salir ya”. Francisco Manrique de Lara no se puede concentrar en otra cosa que no sea el paso de la Virgen de Los Dolores que tiene que sacar de la Catedral y los hombres que van debajo, empujando. Son los escasos minutos previos al inicio de la procesión de Las Mantillas que se celebra el jueves santo en Las Palmas de Gran Canaria.
Junto a Francisco, cabeza de los Manrique de Lara, patronos de la imagen, camina su hijo. La mayoría de las procesiones son algo de familia. “Antes que él lo sacó su padre, y antes su abuelo y su bisabuelo”, cuenta Elena Rodríguez, viuda de Luis Manrique de Lara y madre del ahora responsable del trono. Luego la explicación se pierde en una letanía heráldica difícil de seguir.
La tradición canaria manda que los descendientes de los colonos del Archipiélago que encargaron y después donaron a la Iglesia las tallas sean quienes se encarguen de cuidarlas. La mayoría de esas imágenes son Patrimonio Cultural de la Isla, explica Carlos Rodríguez, vocal de la Junta de Semana Santa de LPGC y responsable del cuidado del Cristo atado a la Columna, tallado por el escultor canario Luján Pérez y cuyo patronazgo corresponde al Colegio de Abogados de Las Palmas. “Tenemos una buena responsabilidad”, apostilla. Entre ellas, correr con los gastos de su mantenimiento, porque no reciben ningún tipo de financiación ni ayuda, dice.
El trono, que descansa en la parroquia de Santo Domingo, recibe los últimos retoques el día antes de recorrer las calles de Vegueta con la Magna Procesión del viernes santo. A Carlos, previsor, le gusta “tenerlo todo listo” con tiempo. Mientras Sonia limpia a conciencia los fanales y las varillas de plata, Juan Luis, el padre de Carlos, coloca dos baterías bajo la estructura móvil con las que se encenderán las bombillas.
“En prepararlo llevamos casi un mes”, asegura. Hay que descargar la imagen de la hornacina en la que se guarda en la parroquia, montar el trono y colocar las flores, que suelen ser blancas para la virgen y rojas o violetas para Jesús. Este año Carlos coloca “nada exuberante, algo sencillito”, para ajustarse a la crisis, lo que se traduce en un solo ramo de anturios burdeos y algunas ramas de eucalipto para darle “un olor bonito”. El ornamento floral puede costar entre 60 y 100 euros.
Solo en sacar brillo a la plata, Sonia lleva empeñada toda la mañana, desde la madrugada hasta el mediodía. Y a pesar de la paliza, ya está pensando en repetir el año que viene. “Me moriré limpiando el trono”, dice Carlos, de 34 años, que lleva desde los siete haciendo de “mayordomo”. Sonia, para quien es el primer año, asiente. El fervor convertido en sangre es lo que a ambos les corre por las venas, aunque no sean ellos quienes cargan las cuatro toneladas del paso; “solo la imagen ya pesa dos”.
Ante la imagen del atado a la columna descansa el Predicador. Fuera, invadiendo las naves, hay al menos cinco tronos más, acompañados por Chari, Mayca y Olga, que planchan el mantel del altar donde se colocará el monumento para las estaciones. Santo Domingo está tomada por las figuras que aguardan su salida el viernes o las que esperan ser retiradas de sus podios a los altares correspondientes, hasta el próximo encuentro con los fieles en 2012.
Lo mismo ocurre en otras parroquias. En San Francisco los hombres de la familia De Aguilar recogen el paso del Cristo de la Humildad y Paciencia en viernes santo. El notario Ignacio Díaz de Aguilar viene cada año desde Barcelona para procesionar en Las Palmas de Gran Canaria, pero el viaje no da tregua para lidiar con las tareas de preparación. “De eso se encargan en la parroquia”, afirma Ignacio frente a la figura más antigua de la imaginería grancanaria, hecha de millo en el siglo XVI. Queda ya poco para acabar el camino: solo los metros que separan la iglesia de San Agustín de San Francisco. Allí se quedará el Cristo de la Humildad hasta ser desmontado el lunes después del domingo de resurrección. Tras una semana de preparativos, mañana comienza de nuevo el trabajo.