La escritora de la rebelión silenciosa de la mujer de clase media que faltaba por descubrir
El nombre de Marlen Haushofer (Frauenstein, 1920-Viena, 1970) es uno de los secretos mejor guardados de la literatura austríaca. Esta autora, coetánea de Ingeborg Bachmann y admirada por escritoras como su compatriota Elfriede Jelinek, cultivó una obra de alto voltaje literario que disecciona lo que podría llamarse la vida interior de las mujeres con una voz introspectiva profunda que alumbra las zonas de sombra con una precisión y un cincel comparables a Clarice Lispector, Fleur Jaeggy y la Elena Ferrante de las primeras novelas.
Siguiendo el mandato de Virginia Woolf en Un cuarto propio (1929), se metió de lleno en la oscuridad interior de las mujeres de su tiempo y brindó con ello una obra tan personal como política, tan contemplativa como violenta, tan tapada como sublime.
Escribió cinco novelas y otras tantas nouvelles y libros de relatos, además de libros para niños y guiones radiofónicos. Pese a cultivar una literatura muy selecta y exigente, tuvo su reconocimiento en vida con numerosos galardones, entre ellos el Premio Nacional de Literatura austríaco en dos ocasiones, 1953 y 1968. Murió a pocas semanas de cumplir cincuenta años, como consecuencia de un cáncer óseo. Y, como suele suceder, cayó en el olvido y no ha sido hasta tiempo después que ha sido redescubierta y valorada como se merece, lo que incluye su traducción a idiomas como el inglés o el castellano.

En los últimos años, su obra está siendo recuperada: por un lado, Contraseña ha editado dos de sus primeras novelas breves, Un puñado de vida (1955) y Nosotros matamos a Stella (1958), además de una de sus novelas más importantes, La buhardilla (1969), con traducciones de Carmen Gauger y Rosa Marta Gómez Pato; y, por otro, Siruela, que ya la había publicado a principios de este siglo en una mítica colección de tapa dura donde compartía catálogo con Clarice Lispector, Ingeborg Bachmann, Unica Zürn y Madeleine Bourdouxhe, entre otras, relanza ahora su obra maestra, El muro (1963), editada a veces como La pared, con traducción de Genoveva Dieterich.
Complejidad bajo aparente simplicidad
Historias de mujeres, historias minúsculas, vidas sencillas que transcurren en la soledad de una habitación o de un reducto apartado. La autora no necesita desplegar argumentos de gran alcance ni reunir a un nutrido grupo de personajes para crear novelas complejas, de una enorme densidad pese a su aparente simplicidad. En Nosotros matamos a Stella, se adentra en la tirante relación de una mujer casada con una joven a la que acoge en su casa; en Un puñado de vida, una mujer madura que en su juventud abandonó a marido e hijo, regresa a ese viejo hogar sin revelar su identidad; en El muro, un planteamiento de ficción especulativa deja a la protagonista en plena naturaleza, aislada de la civilización.

En realidad, poco importa “de qué van” sus narraciones; en todas ellas se perciben unas constantes, como ocurre siempre con los grandes escritores, que vuelven una y otra vez sobre sus obsesiones aunque en cada ocasión les pongan un barniz distinto, con matices que ensanchan más si cabe su poderoso universo narrativo. Y las inquietudes de Marlen Haushofer se condensan en la soledad de las mujeres, una soledad sobre todo interior, si bien en ocasiones se materializa también de forma física, en la escasez de vínculos de la esposa recluida en el hogar o de la muchacha soltera vulnerable.
Aflicción, represión y lucha interna
La autora radiografía a cierto tipo de mujer: culta, con tribulaciones, con deseos, pero en un contexto sin apenas oportunidades para realizarse en plenitud. Llevan una existencia que no se amolda a su ebullición interna, ese malestar no tiene cómo canalizarse, viven en una constante tensión entre la mujer que son a regañadientes y la mujer que aspiran (pero no pueden) llegar a ser. Es un pulso autodestructivo, que las ahoga y las sume en un estado de aflicción permanente, de represión, de lucha consigo mismas para contener lo que perciben como sus zonas oscuras, allí donde se asoma la temida perturbación.
En su día a día pueden fingir normalidad, se neutralizan con el ambiente, se desempeñan como las mujeres educadas que son. Solo que, por dentro, no se conforman. La relación de subordinación con los hombres es un punto clave, que se trata sin caer en el tópico ni convertirlas en mártires; ellos no son el enemigo, pero ellas tienen una independencia de tipo psicológico que se ve constreñida por la institución del matrimonio, de la familia en general. Parece imposible armonizar ambas vertientes, su sentir íntimo y aquello que los demás esperan de ellas; de ahí que, como la protagonista de Un puñado de vida, elegirse a sí misma implique renunciar a su hijo y a todo lo que había construido hasta entonces.

Lo habitual, con todo, es que se conviertan en mujeres invisibles, que viven su angustia en silencio, solas. “La libertad que se había tomado era incomparablemente más difícil de soportar que el cautiverio”, se dice en Nosotros matamos a Stella, porque atreverse a romper con la inercia, a abandonar, a tomar otro rumbo, es traumático, es más doloroso que permanecer sin asumir riesgos. Y quien lo hace, lo paga; nadie puede quejarse de no estar avisado. Las protagonistas de Marlen Haushofer no se redimen, no alcanzan nada semejante a un “final feliz”, porque el vértigo nunca se va del todo, solo se adormece.
La agonía de sentirse atrapada
Su literatura denuncia la rigidez de los roles de género, la dificultad para las mujeres de salir de ese orden social. Lo hace con sutileza, desde el lenguaje literario, sin discursos ni palabras estridentes, sin necesidad de ensuciarse las manos en el barro para señalar la violencia, porque sabe que la violencia institucional del patriarcado golpea a menudo de manera imperceptible. Su voz, hipnótica, explora la conciencia con una penetración que recuerda a Clarice Lispector, la autora que relató la caída y el renacer de una mujer que no se mueve de la habitación en esa obra maestra que es La pasión según G. H. (1969).
En El muro, se introduce el tema de la relación con la naturaleza, esa naturaleza que, a diferencia del ser humano, se resiste a ser domesticada, que revive una y otra vez en su propio ciclo, con su cualidad de morir y resurgir a un tiempo. La esencia, en cualquier caso, es la misma que en el resto de su obra: la agonía de una protagonista que se siente atrapada, ahogada detrás de un muro (o atada a unas cadenas llamadas lazos familiares). No hace falta desplazarla de un lado a otro; el movimiento está en la mente, que medita y medita, que corroe, que estrecha el círculo alrededor de su conciencia.
Enigmática, dura, corrosiva; Marlen Haushofer es de las que escriben con escalpelo, sin concesiones. Sus novelas revelan la opresión de las mujeres de clase media de su tiempo (de ella misma, casi se podría decir) con una mirada que pone de manifiesto cómo, con frecuencia, el tedio, la desazón, puede intuirse en el gesto más nimio. Es una autora que va más allá de la superficie, que propone una inmersión en la psique de unos personajes de enorme riqueza interior, reflexivas, complejas. En sus libros se entra con inocencia y se sale exhausto, abren la ventana al abismo; pero de eso se trata, de que la experiencia haga mella. No está el mundo para consuelos artificiales; y la literatura, tampoco.
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