El fascinante caso judicial que acabó con el canibalismo en el mar para sobrevivir a los naufragios
¿Es lícito sacrificar la vida de un inocente para que otros puedan salvarse? ¿Pueden invocarse razones utilitaristas o de un supuesto bien común para eliminar los derechos humanos de un individuo? ¿En qué condiciones puede estar justificado el canibalismo? Son algunos de los interrogantes, de los dilemas éticos, que plantea La cena del capitán (Arpa), una crónica del hundimiento del Mignonette, un pequeño velero inglés, donde el capitán y otro marinero asesinaron en 1884 al grumete para sobrevivir con el consumo de su carne a la espera de un rescate. Un rescate, por cierto, que llegó pocos días después del asesinato y que llevó a los dos homicidas ante un tribunal que, por primera vez, acabó con la hasta entonces llamada 'costumbre del mar' que toleraba en ciertos casos esa doctrina del mal menor o de extrema necesidad.
Mitad jurista, mitad periodista, Adam Cohen (Nueva York, 1962) fue editorialista de The New York Times y redactor jefe de Time tras unos años de ejercicio como abogado. Aquí traza un escalofriante relato de aventuras macabras, al tiempo que plantea complejos problemas morales que llegan sin duda hasta nuestros días en campos como la medicina o la automoción. En una entrevista por correo electrónico, Cohen reconoce que ha tenido dos vidas profesionales muy distintas y que ambas se han complementado. “Todo ello, atendiendo siempre a situar las acciones humanas en su contexto histórico”, explica el autor de una obra que ha sido premiada como mejor libro de historia de 2025 por la cadena de librerías norteamericana Barnes&Noble y que acaba de publicarse en España.
Adam Cohen señala que se planteó dos objetivos a la hora de relatar aquel famoso naufragio en el Atlántico Sur en una travesía que se inició en Inglaterra y debía haber concluido en Australia y que cambió la historia del derecho. “En primer lugar”, afirma, “quería contar una historia fascinante de un naufragio, un acto de supervivencia, un apasionante caso judicial, un debate sobre el canibalismo… Pero intenté abordarla como un ensayo histórico que respondiera a la pregunta de por qué sucedió todo esto y por qué aquella sentencia de 1884 acabó con una práctica de siglos en el mar”.

Este jurista y periodista narra aquel trágico episodio de un modo cronológico y con un estilo ágil, pero documental, casi frío. Para conseguir ese propósito el autor neoyorquino se sumergió en la prensa de la época y en los ambientes marineros y jurídicos de la Inglaterra de finales del XIX. Tanto la atmósfera social de una Inglaterra victoriana pero reformista, así como el retrato de los personajes, desde los jueces a los marineros, están reflejados con mucha precisión en las páginas de un libro que, sin ser una novela, se convierte en un relato vibrante donde la realidad supera de nuevo a la ficción. Cohen comenta que siente un gran respeto por la literatura de ficción —“otra manera de contar la verdad de la condición humana”—, pero que siempre se sintió atraído por los hechos: “El intento de entender el mundo en el que realmente vivimos en sus propios términos”.
El pequeño detalle de los derechos individuales
En cualquier caso, la habilidad de Cohen como narrador se plasma en dejar que el lector saque sus propias conclusiones. El dilema ético se presenta en el libro de una manera imparcial sin caer en sesgos ni maniqueísmos. El autor aclara la elección del enfoque: “Cuando se plantea el dilema moral en el bote salvavidas entre los otros tres tripulantes sobre asesinar a un grumete indefenso y enfermo, una mayoría de lectores será capaz de ver ambos lados de la cuestión, dos actitudes contrapuestas entre los miembros de la tripulación. En definitiva, puedes tener una opinión firme al respecto, pero al mismo tiempo pensar que otra gente puede sostener con argumentos la opinión contraria”.
Ahora bien, Cohen se reserva un extenso epílogo para manifestar su opinión sobre aquella sentencia, conocida como el caso Dudley y Stephens, por los apellidos de los dos marineros que fueron condenados a muerte, si bien después fueron indultados por la reina Victoria por la presión popular a favor de esa medida de gracia. Así pues, la sentencia de aquel tribunal británico sentó jurisprudencia en Inglaterra y después en todo el mundo, y rechazó que una necesidad, por extrema que fuera, pudiera justificar el asesinato de un inocente.
“La importancia del caso Dudley y Stephens”, argumenta el autor, “es hoy muy distinta de la que tenía en 1884, cuando supuso la largamente esperada resolución de un notorio caso de canibalismo. Pero en la actualidad aquel proceso se erige como un imponente baluarte jurídico en uno de los polos de un gran debate filosófico. Representa el principio de que los derechos humanos son de vital importancia y que, por tanto, ninguna vida debe ser sacrificada basándose en cálculos utilitaristas”.
En ese epílogo, Cohen arremete contra los intentos recientes de responsables políticos o poderosos empresarios para anteponer supuestos criterios utilitaristas a la hora de discriminar a enfermos por su edad o por su condición o de autorizar las torturas para prevenir atentados terroristas por poner dos ejemplos. “Todavía cobra más vigencia el caso Dudley y Stephens”, opina el escritor, “en el nuevo escenario que se nos abre con la llegada de la inteligencia artificial. Es fácil que por inercia se imponga un enfoque utilitarista: la idea de programar máquinas para lograr el mayor bien para el mayor número de personas resulta tentadora a primera vista. Pero el problema de cualquier cálculo hedonista de este tipo es que pasa por alto la importancia de los derechos individuales”.
Canibalismo sin pudor
Junto a estos debates filosóficos que sobrevuelan una narración que oscila entre el relato de aventuras y el thriller judicial, La cena del capitán aborda el espinoso tabú del canibalismo que poco a poco fue desapareciendo de aquella “costumbre del mar” tras los naufragios. Bien es cierto, tal como se narra en el libro, que desde finales del siglo XIX los buques de vapor fueron sustituyendo a los veleros de tal manera que ya escasearon los hundimientos en alta mar.
No obstante, buena prueba de hasta qué punto estaban tolerados los ejercicios de canibalismo como supervivencia en el mar que Dudley y Stephens confesaron sin pudor, nada más desembarcar en Inglaterra, su asesinato del grumete Parker. De hecho, otros marineros que habían protagonizado gestas de supervivencia en épocas anteriores habían sido aclamados como héroes a su regreso. En ese sentido, la presión de la opinión pública de la época obligó de algún modo a la concesión del indulto a Dudley y Stephens que solo cumplieron una condena de seis meses. El otro navegante del Mignonette, Brooks, ni siquiera fue juzgado ya que se había opuesto al asesinato de Parker aunque consumió más tarde su carne para sobrevivir.
En cualquier caso, Adam Cohen deja claro que aquella histórica sentencia logró que el asesinato previo al canibalismo se considerara un delito. Otra cuestión diferente sería el canibalismo practicado con seres humanos ya fallecidos como en el célebre caso de los jugadores de rugby cuyo avión se estrelló en los Andes en 1972. “La mayoría de la gente”, afirma el jurista y periodista, “siente una repulsión natural ante la idea de comer carne humana, pero creo que la mayoría también estaría de acuerdo en que si la elección es entre comer la carne de alguien que ya está muerto o morir uno mismo el canibalismo estaría justificado”.
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